Gracias Maribel por permitirme robarte otro de tus magnificos micros.

“Simposio”

Hace ya tiempo que aquí nadie cree en los milagros —dijo Dios dirigiéndose a la corte celestial—, el mundo está perdiendo la fe, tenemos que hacer algo.
—¿Y por qué no les mandamos un terremoto para que espabilen? —preguntó un ángel rubio con pecas.
—¿Otro? Ya llevamos veinte este año y lo único que hemos conseguido es que el cielo se nos llene de almas, casi no cabemos.
Un angelito negro con las alas sucias levantó la mano.
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“Me desprendo del abrazo, salgo a la calle. En el cielo, ya clareando, se dibuja, finita, la luna. La luna tiene dos noches de edad. Yo, una.”

“Los nadies”

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadie con salir
de pobres,
que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a
cántaros la buena suerte;
pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca.
Ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los
nadie la llamen,
aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie
derecho,
o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadie: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadie: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre,
muriendo la vida, jodidos, rejodidos.
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“La verdad requiere demasiada imaginación.”
Heiner Müller

“Textosueño” (Traumtext)

Camino llevando a mi hija de dos años en un cesto de bambú que cargo a las espaldas, a lo largo de una estrecho cinturón de concreto, sin barandilla, junto a un inmenso depósito de agua que está a mi izquierda o a mi derecha, según el sentido de mi recorrido (es lo único que puedo escoger), lo bordea un muro también de concreto, tan alto que es imposible de escalar. El muro carece de grietas y salientes, no hay forma de salir de la cavidad, no me explico cómo he llegado hasta aquí con la niña a cuestas, si el corredor es tan estrecho que rozo el muro con el hombro derecho o el izquierdo, si el paso me vuelve inseguro por el miedo que da el agua, si no se divisa el fondo. A cada cambio de sentido ignoro cuantas vueltas sin rumbo he dado ya en un sentido y en el otro. Cuando clavo las uñas en el concreto para mantener el equilibrio contra las oscilaciones del cesto de bambú en la que mi hija se agita, mi mirada se detiene en una cortina de niebla que encierra la cavidad y oculta el mundo exterior. Por qué no me detengo, en vez de cansarme las piernas. Por qué no me siento y me tiendo a dormir un poco, con el cesto encima del pecho. Con el sueño, mi respiración se acompasaría, mi pecho subiría y bajaría y acunaría a la niña hasta que durmiera.

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Los antiguos amigos de este blog, conoceis algunos de Antonio Serrano Cueto, “robados” de su magnifico blog “El baile de los silenos”. Hace mucho tiempo que no volvía a las andadas; hoy no me he podido resistir, este es uno de los incluidos en su magnifica recopilación “Zona de incertidumbre”, que os recomiendo, os va a gustar.

Un abrazo Antonio.

“El Afilador”

El último afilador de la historia viaja escoltado por una gran bandada de aves negras. Nadie hasta la fecha ha sobrevivido para contar el porqué de este aéreo y funesto cortejo. Por el camino polvoriento de pueblos y aldeas, o por la carretera asfaltada que penetra hasta el corazón de las ciudades, aparece de repente subido en su vieja motocicleta. El afilador elige espacios abiertos y amplios solares para facilitar la concurrencia total de los vecinos, pone en marcha el motor que hace girar la piedra amoladera y sopla la tramposa siringa. De las chozas, casas, alquerías, tiendas, talleres y hospitales salen personas de toda edad y condición, portando en las manos cuchillos, navajas, tijeras, machetes, hachas, cinceles y bisturíes. Cuando el afilador termina la faena, abandona el lugar y enfila hacia el próximo destino, mientras los buitres ennegrecen el cielo esperando a que la música surta su efecto.

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