
[…] Entornar la mirada
hasta ver lo impensable, es crear.
DJJ
«Concepción del poema»
I
Las palabras, como los más bellos cuerpos desnudos
rodeados de flores y de muerte, huyen despavoridas de sus santuarios, de sus inciertos mausoleos de agua
como si el sueño hubiera descubierto que se trata
no de otra cosa que de objetivaciones disfrazadas,
de diminutos y radiantes dioses a cuya sombra yace
su propia falsedad.
El pasado es un sueño, pues, y las palabras
a las que invoco ahora, noches de incertidumbre y llanto, días
desposeídos del placer de su más alta música, de su frío disfraz.
Llenas de heroísmo y vileza
buscan en las tinieblas luz; la suficiente claridad
en las sombras de un mundo en el que la ceremonia de la confusión
deberá resultar imprevisible. Tratase, pues, ante todo, de un paraíso
lleno de una agradable imaginería, a veces hasta de la más bella precisión.
He ahí que la vileza misma de la palabra
como medio convencional de dar nombre y destino -nunca origen-
sea su propia salvación; su única gloria.
Un dios falso en su altar es la palabra
de la que, sin embargo, el creador no puede -debido a la emoción que en su reino respira-
desvelar el misterio de su mundo. Tan sólo, le ha sido concedida la dura y bella posibilidad
de captarlo y mostrarlo: la difícil belleza
de aprehender el disfraz con el que las palabras viven.
A estas, aparentemente lógicas limitaciones, añádanse las serenas
palabras de Wolfin: «No todo es posible en cualquier época».
Así la libertad se hallará limitada por la Historia.
Giotto es la imagen del capitalismo florentino.
«El estudio del hombre se convierte en el máximo centro de interés»: Masaccio.
¿No formó el mármol el pensamiento de los griegos?
Bajo el cuerpo desnudo de la noche
una mano piadosa, una lejana voz desposeída
de su brillante y prestigioso trono
enciende las figuras inmóviles del séquito, ensilla los caballos, ordena a sus esclavos y a sus
siervos
que recorran el bosque en el que las palabras arden. El halcón en el hombro
y en jauría los ciervos. Bajo la nieve de las escalinatas, rodeadas de rosas y jazmines, se
desvanecen
las palabras ardiendo.
Veo en el bajorrelieve, junto a la entrada de palacio,
unas imágenes que suceden a otras, cuerpos de piedra consumiéndose, viejas palabras
como flores o gestos que hoy son dichas, buscadas,
llenas de realidad y sumisión. Los vocablos galopan como potros el bosque;
su destino es misterio; su resplandor o su silencio
el sueño de un dios falso herido por las sombras.
Mi vida, una palabra, una palabra solo
verdadera y tenaz, enredada a la muerte.
II
Así el poema busca la realidad
por vagos aunque sugestivos procedimientos literarios, que
no son sino la sorprendente
y no menos paradójica experiencia del hombre: el simple itinerario de su aniquilamiento.
Varios signos de
relativa eficacia, tensan la palabra y la oscurecen, la dejan suspendida como si se tratara
de una figura de guiñol.
Repetición de fórmulas, acumulación de imágenes
sobre cuyos hombros viene
a posarse la Historia. La oscuridad es instintiva, y es de su sueño del que nace
la realidad: He aquí el Barroco; infinidad de cuerpos que, tras el cristal de la memoria,
permiten vagamente
que contemplemos nuestra imagen.
Así el poema es nuestra liberación
siempre que del enfrentamiento entre el objeto y el lenguaje
queden aniquilados los fantasmas
cuyos ojos desnudos incendian la palabra, iluminan su voz
como si fuera un bosque en el que
detrás de su espesura, se perpetuara siempre el mismo crimen.
Es así que el poema
nace del odio; del amor como odio; del odio mismo
como forma de amar.
No es un espejo, pues; ni es detrás de ese espejo
donde nos abrazamos a la luz o a la nada. Es falsa esta manera
de anunciar nuestra ruina. La música
de una forma desnuda, yace tras el cristal y, es necesario, para podernos contemplar en ella
no sólo su existencia sino que, al mismo tiempo, nuestra mirada y el cristal del que
hablamos,
construyan ese espejo.
¿Cómo, si no,
acabar derrotado, ahora, tras la terminación de este poema?
III
No es la posesión ni el ocio quienes
hacen que la vida sea digna
de ser vivida.
No son conceptos de prestigio,
en su más honda y fría concepción medieval,
los inseguros planteamientos que, ahora, podrían incidir
en la composición de este poema. Sin embargo, según los humillantes
y honorables rasgos de la Antigüedad, el poeta es excelso
intérprete de mitos, es profeta y vidente, su trabajo es misterio
y su palabra, impersonal y lúcida, es adivinación
y mágica locura.
No basta
con nombrar a la rosa. Deben ser ofrecidos sus pétalos de forma
que el vocablo y las letras que lo componen ardan bajo la ira
de un diminuto dios que olfatea su muerte.
Dibujar en el agua una flor; descomponerla luego
arrojando una piedra, u otra flor, al estanque donde vivió su imagen.
Destruir y crear. He aquí
dos palabras, dos bellos gestos que
nos producen placer. ¿No surge el arte
de las más dolorosas y turbias experiencias
de la razón? Construir un paisaje
con las ruinas de otro, y con la sombra de un vocablo
iluminar la vida.
He atravesado así
el santuario en el que las palabras son destino
y origen, tiempo sobre el que razas primitivas
transcribieron su historia. Signos, trazos helados, cuyo llanto es eterno.
Fríos
restos ornamentales, inseguro silencio,
voces conscientes de su finalidad, cuyo rumor es canto.
Lejos de la función mágica
con que la imagen fuera concebida al principio,
nos entristecen hoy sus lejanos colores porque, en ningún momento, las frías huellas
de la belleza como especulación
es lo que contemplamos. Un bello juego
que la mano del hombre convirtió en magia más tarde. Sólo así pudo el arte
poseer una forma: féretro o jardín donde reposa
su efímero esplendor. Palabras dibujadas
como halcones heridos, como sueños
que la luz del otoño aniquilara. Formas
que no fueron pensadas como ornamentación y, sin embargo, mediante joyas y amenazas
-Miguel Ángel, Rafael…-, crearon en la bóveda
una lejana historia
herida de belleza. Belleza herida por la belleza misma.
Las flores,
cuyo séquito nos repite su imagen infinita, lloran sobre la alfombra
y el tapiz de palacio: Su presencia es el arte.
IV
Acaso este poema me devuelva, mordidas
sus flaquezas, y no sea lo sutil que debiera
ni tan astuto como indican
los más lúcidos manuales sobre el comportamiento
de la expresión. En la fina moldura
que los vocablos tienen para unirse con otros, hállase disfrazada
la verdad del poema.
Así
una caótica enumeración de palabras mortuorias
ofrecerían el aroma
que en la muerte se ignora.
Es así que
tanto la muerte como la belleza, son conceptos
amablemente desprestigiados por su inexactitud.
La magia
no envilece a las cosas: las consagra
en su altar misterioso
donde el tiempo no existe.
Diego Jesús Jiménez
De: Bajorrelieve
Premio Juan Ramón Jiménez 1990
Editorial Diputación Provincial de Huelva
ISBN 13: 9788486842239
Diego Jesús Jiménez Galindo nació en Madrid, el 24 de diciembre de 1942.
Poeta, pintor y periodista, encuadrado entre la generación del 50′ y los Novísimos, sin embargo su obra se independiza de estos modelos. Posee un cierto carácter visionario, aunque legible, que algunos críticos han definido como neorrománticismo cívico.
En la década de 1970 fundó la colección de poesía Alfa de la Editora Nacional, de la que fue despedido en 1977 a causa de su defensa de las libertades durante la transición democrática.
Después de una intensa militancia política, a partir de 1982 se dedicó en exclusiva a la pintura y a la poesía.
Obtuvo entre otros muchos galardones:
El Premio Adonáis, por La ciudad, en 1964.
El Premio Iberoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez en su edición de 1990.
El Premio Fray Luis de León de Poesía y el Premio Nacional de Poesía en 1997 por Itinerario para náufragos.
Como pintor realizó su primera exposición pública en junio de 1991 en la galería Kreisler de Madrid.
Murió en Madrid, el 13 de septiembre de 2009.
También de Diego Jesús Jiménez en este blog:
«Diego Jesús Jiménez: Concepción del poema»: AQUÍ
«Diego Jesús Jiménez: Se ha plantado el invierno…»: AQUÍ
«Diego Jesús Jiménez: La música serena»: AQUÍ
«Diego Jesús Jiménez: Arcángel de ceniza»: AQUÍ
«Diego Jesús Jiménez: Nunca lo olvides…»: AQUÍ
«Diego Jesús Jiménez: Homenaje a Federico García Lorca»: AQUÍ
«Diego Jesús Jiménez: Es una vida…»: AQUÍ
«Diego Jesús Jiménez: Poética»: AQUÍ
«Diego Jesús Jiménez: Abre sus ventanas el aire…»: AQUÍ
«Diego Jesús Jiménez: El lingüista»: AQUÍ
«Diego Jesús Jiménez: Fiesta en la oscuridad»: AQUÍ
«Diego Jesús Jiménez: Oficio de verano»: AQUÍ
«Diego Jesús Jiménez: Ronda de las piedras»: AQUÍ
«Diego Jesús Jiménez: Río Escabas»: AQUÍ
«Diego Jesús Jiménez: El silencio»: AQUÍ
«Diego Jesús Jiménez: Jaula»: AQUÍ
«Diego Jesús Jiménez: El demonio»: AQUÍ
«Diego Jesús Jiménez: 11 de marzo»: AQUÍ
«Diego Jesús Jiménez: Ronda del hombre II»: AQUÍ
«Diego Jesús Jiménez: El temblor del silencio»: AQUÍ
«Diego Jesús Jiménez: Sé que hago mal…»: AQUÍ
«Diego Jesús Jiménez: Escombros de la luz»: AQUÍ
«Diego Jesús Jiménez: El demonio»: AQUÍ
«Diego Jesús Jiménez: Ronda del hombre (I)»: AQUÍ
«Diego Jesús Jiménez: Color solo»: AQUÍ
«Diego Jesús Jiménez: Espacio para un sueño»: AQUÍ
«Diego Jesús Jiménez: Ronda de la noche (I)»: AQUÍ
«Diego Jesús Jiménez: La casa»: AQUÍ
«Diego Jesús Jiménez: Ángel de la oscuridad»: AQUÍ
«Diego Jesús Jiménez: Coro de Ánimas»: AQUÍ
Bibliografía poética:
Grito con carne y lluvia, Cuenca, Imp. Minerva – 1961. Premio del Club Internacional de Poesía de Jerez de la Frontera, Cádiz.
Ámbitos de entonces, Palencia, Rocamador, 1963. Finalista del premio «Eduardo Alonso» – 1973
La valija, Bilbao, Alrededor de la mesa – 1963
La ciudad, M., Col. Adonais – 1965 (Premio Adonais 1964) – Reeditado en 2015 por Bartleby Editores
Coro de ánimas, M., Biblioteca Nueva, 1968 (Premio Nacional de Literatura)
Fiesta en la oscuridad, M. Dagur – 1976. Premio Bienal de Zamora
Sangre en el bajorrelieve, Premio Internacional El Olivo de Jaén – 1979
Bajorrelieve, Huelva, Diputación – 1990 (Premio Juan Ramón Jiménez 1990)
Poesía (1960-1990) – 1990
Interminable imagen – 1995, Premio de Poesía de Villafranca del Bierzo
Itinerario para náufragos, – Visor, 1996 – Premio Internacional de Poesía Jaime Gil de Biedma de 1996, Premio de la Crítica 1997, y Premio Nacional de Literatura 1997

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