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Lo voy a dejar con mi novia. Sí, me va a costar porque es inteligente, cariñosa, simpática… pero tiene un defecto que no puedo aguantar: está buenísima. No, con ella me pasa como con los relojes, yo prefiero Continue Reading…
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Vino, sentimiento, guitarra y poesía, hacen los cantares de la patria mía…
Antonio Machado.
Sevilla, se levanta a orillas del Guadalquivir ,sus orígenes la sumergen en lo desconocido. Quizás tres mil años atrás nos situarían en el nacimiento de esta vieja urbe.
Desde Tartessos hasta nuestros días Sevilla ha sido romana, visigoda, musulmana y cristiana, así como un importante punto de confluencia de rutas marítimas y terrestres.
Denominada Híspalis por los romanos e Isbiliya por los musulmanes, conserva importantes y valiosos hermosos de ambas culturas y hacen de ella una de las ciudades más hermosas de España, como lo confirman los miles de turistas que durante todo el año la visitan.
Con el descubrimiento de America, Sevilla se convierte en el puerto de salida y llegada de las naves que viajaban a estas nuevas tierras, alcanzando con ello una importante economía mercantil.
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Escrito por Triana
** Manos **
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Nació en Monesterio, Badajoz, en 1944.
Conoció en 1957 a su maestro Eduardo Acosta, e ingresó en la Escuela de Artes y Oficios de Badajoz, donde estudió hasta 1960, año que ingresó en la Escuela de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría de Sevilla. Continue Reading…
El carruaje se detuvo frente a la villa de los Salvatierra. El cochero abrió la puerta y ofreció su mano a la joven pasajera.
Constanza le sonrió, gesto que fue tomado como una muestra de cortesía, cuando en realidad era la reacción que le habían provocado las palabras de aquel hombre al nombrarle el lugar de su destino: «¡Alabado sea el Señor! Señorita, ya sabe que esas tierras están en el límite del mal…».
Constanza Salvatierra conocía poco acerca de aquel lugar, sólo lo que su difunto padre, Pelayo, solía contarle en las tardes de verano a la hora de la siesta, mientras los dos descansaban tumbados bajo un viejo sauce. Le gustaba evocar los días felices de su infancia, las noches de parranda en su juventud, pero siempre mudaba la expresión al recordar la forma abrupta con la que abandonó su casa. Pelayo discutía constantemente con su padre, Don Rodrigo, pues el viejo hacendado nunca aceptó a la esposa de su hijo. Levantaron una muralla que no supieron franquear con el nacimiento de la nieta, ni a la muerte de la madre de la pequeña, dos años después. Ambos siguieron ahogándose en su orgullo.
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