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    Garcilaso.jpg picture by TrianaTubes

                   «Así paso la vida, acrecentando
                   materia de dolor a mis sentidos».

    Garcilaso de la Vega. Nació en Toledo en 1503 ( Esta fecha varía según los biografos 1501-1503)
    Murió en Niza el 14 de Octubre de 1503.

    Nació en el seno de una familia noble y siguió desde su juventud la bandera de Carlos V como caballero de la Orden de Alcántara, destacándose en el ejercito del emperador por su gran valentía y bríos en el campo de batalla, participando en casi todos los grandes hechos de armas del citado rey.

       No obstante cayo en desgracia en Nápoles al proteger a un sobrino suyo que pretendía la mano de una dama de mayor rango que el suyo, por lo que fue desterrado a una de las islas del Danubio (Schut) a la que después cantó con gran belleza. Recuperó más tarde la confianza del rey ya que poco después le acompañó en una expedición al Piamonte italiano.
      Derrotados los galos y cuando ya se retiraban, eran perseguidos por el emperador, ordenando en esta operación tomar una torre en Muy (La Provenza) que defendían heroicamente cincuenta franceses, Garcilaso accedió a ella de los primeros, fue herido de una pedrada en la cabeza cayendo. Fue trasladado a Niza pero no pudo sobrevivir a las heridas, muriendo; tenia 33 años, era 1536.
      El emperador hizo pasar a cuchillo a los cincuenta franceses que estaba en la torre.

       Aunque su vida fue corta, no lo fue su obra, escrita entre 1526 y 1535  y antes de morir ya ostentaba el titulo de “Príncipe de los poetas castellanos”.

      Su obra es conocida en todo el mundo y con tal autoridad que hasta el mismo Cervantes, tan poco dado a los elogios y reconocimientos lo consideraba una de las glorias de las letras españolas.

      Es el primero de los poetas lirico castellanos, inaugurando el Renacimiento literario hispanico, cultivando el género bucólico,  del cual llegando  a una altura que por nadie ha sido alcanzado.

    Soneto I

    “Cuando me paro a contemplar mi estado
    y a ver los pasos por dó me ha traído,
    hallo, según por do anduve perdido,
    que a mayor mal pudiera haber llegado;

    mas cuando del camino estoy olvidado,
    a tanto mal no sé por dó he venido:
    sé que me acabo, y mas he yo sentido
    ver acabar conmigo mi cuidado.

    Yo acabaré, que me entregué sin arte
    a quien sabrá perderme y acabarme,
    si quisiere, y aun sabrá querello:

    que pues mi voluntad puede matarme,
    la suya, que no es tanto de mi parte,
    pudiendo, ¿qué hará sino hacello?

    II

    En fin, a vuestras manos he venido,
    do sé que he de morir tan apretado,
    que aun aliviar con quejas mi cuidado,
    como remedio, me es ya defendido;

    mi vida no sé en qué se ha sostenido,
    si no es en haber sido yo guardado
    para que sólo en mí fuese probado
    cuanto corta una espada en un rendido.

    Mis lágrimas han sido derramadas
    donde la sequedad y la aspereza
    dieron mal fruto dellas y mi suerte:

    ¡basten las que por vos tengo lloradas;
    no os venguéis más de mí con mi flaqueza;
    allá os vengad, señora, con mi muerte!

    III

    La mar en medio y tierras he dejado
    de cuanto bien, cuitado, yo tenía;
    y yéndome alejando cada día,
    gentes, costumbres, lenguas he pasado.

    Ya de volver estoy desconfiado;
    pienso remedios en mi fantasía;
    y el que más cierto espero es aquel día
    que acabará la vida y el cuidado.

    De cualquier mal pudiera socorrerme
    con veros yo, señora, o esperallo,
    si esperallo pudiera sin perdello;

    mas no de veros ya para valerme,
    si no es morir, ningún remedio hallo,
    y si éste lo es, tampoco podré habello.

    IV

    Un rato se levanta mi esperanza:
    mas, cansada de haberse levantado,
    torna a caer, que deja, mal mi grado,
    libre el lugar a la desconfianza.

    ¿Quién sufrirá tan áspera mudanza
    del bien al mal? ¡Oh corazón cansado!
    Esfuerza en la miseria de tu estado;
    que tras fortuna suele haber bonanza.

    Yo mesmo emprenderé a fuerza de brazos
    romper un monte, que otro no rompiera,
    de mil inconvenientes muy espeso.

    Muerte, prisión no pueden, ni embarazos,
    quitarme de ir a veros, como quiera,
    desnudo espirtu o hombre en carne y hueso.

    V

    Escrito está en mi alma vuestro gesto,
    y cuanto yo escribir de vos deseo;
    vos sola lo escribisteis, yo lo leo
    tan solo, que aun de vos me guardo en esto.

    En esto estoy y estaré siempre puesto;
    que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,
    de tanto bien lo que no entiendo creo,
    tomando ya la fe por presupuesto.

    Yo no nací sino para quereros;
    mi alma os ha cortado a su medida;
    por hábito del alma mismo os quiero.

    Cuando tengo confieso yo deberos;
    por vos nací, por vos tengo la vida,
    por vos he de morir, y por vos muero.

    VI

    Por ásperos caminos he llegado
    a parte que de miedo no me muevo;
    y si a mudarme a dar un paso pruebo,
    y allí por los cabellos soy tornado.

    Mas tal estoy, que con la muerte al lado
    busco de mi vivir consejo nuevo;
    y conozco el mejor y el peor apruebo,
    o por costumbre mala o por mi hado.

    Por otra parte, el breve tiempo mío,
    y el errado proceso de mis años,
    en su primer principio y en su medio,

    mi inclinación, con quien ya no porfío,
    la cierta muerte, fin de tantos daños,
    me hacen descuidar de mi remedio.

    VII

    No pierda más quien ha tanto perdido,
    bástate, amor, lo que ha por mí pasado;
    válgame agora jamás haber probado
    a defenderme de lo que has querido.

    Tu templo y sus paredes he vestido
    de mis mojadas ropas y adornado,
    como acontece a quien ha ya escapado
    libre de la tormenta en que se vido.

    Yo había jurado nunca más meterme,
    a poder mío y mi consentimiento,
    en otro tal peligro, como vano.

    Mas del que viene no podré valerme;
    y en esto no voy contra el juramento;
    que ni es como los otros ni en mi mano.

    VIII

    De aquella vista buena y excelente
    salen espirtus vivos y encendidos,
    y siendo por mis ojos recibidos,
    me pasan hasta donde el mal se siente.

    Entránse en el camino fácilmente,
    con los míos, de tal calor movidos,
    salen fuera de mí como perdidos,
    llamados de aquel bien que está presente.

    Ausente, en la memoria la imagino;
    mis espirtus, pensando que la vían,
    se mueven y se encienden sin medida;

    mas no hallando fácil el camino,
    que los suyos entrando derretían,
    revientan por salir do no hay salida.

    IX

    Señora mía, si yo de vos ausente
    en esta vida turo y no me muero,
    paréceme que ofendo a lo que os quiero,
    y al bien de que gozaba en ser presente;

    tras éste luego siento otro accidente,
    que es ver que si de vida desespero,
    yo pierdo cuanto bien bien de vos espero;
    y ansí ando en lo que siento diferente.

    En esta diferencia mis sentidos
    están, en vuestra ausencia y en porfía,
    no sé ya que hacerme en tal tamaño.

    Nunca entre sí los veo sino reñidos;
    de tal arte pelean noche y día,
    que sólo se conciertan en mi daño.

    X

    ¡Oh dulces prendas, por mí mal halladas,
    dulces y alegres cuando Dios quería,
    Juntas estáis en la memoria mía,
    y con ella en mi muerte conjuradas!

    ¿Quién me dijera, cuando las pasadas
    horas que en tanto bien por vos me vía,
    que me habiáis de ser en algún día
    con tan grave dolor representadas?

    Pues en una hora junto me llevastes
    todo el bien que por términos me distes,
    lleváme junto el mal que me dejastes;

    si no, sospecharé que me pusistes
    en tantos bienes, porque deseastes
    verme morir entre memorias tristes.

    XI

    Hermosas ninfas, que, en el río metidas,
    contentas habitáis en las moradas
    de relucientes piedras fabricadas
    y en columnas de vidrio sostenidas;
    agora estéis labrando embebecidas
    o tejiendo las telas delicadas,
    agora unas con otras apartadas
    contándoos los amores y las vidas:

    dejad un rato la labor, alzando
    vuestras rubias cabezas a mirarme,
    y no os detendréis mucho según ando,

    que o no podréis de lástima escucharme,
    o convertido en agua aquí llorando,
    podréis allá despacio consolarme.

    XII

    Si para refrenar este deseo
    loco, imposible, vano, temeroso,
    y guarecer de un mal tan peligroso,
    que es darme a entender yo lo que no creo.

    No me aprovecha verme cual me veo,
    o muy aventurado o muy medroso,
    en tanta confusión que nunca oso
    fiar el mal de mí que lo poseo,

    ¿qué me ha de aprovechar ver la pintura
    de aquél que con las alas derretidas
    cayendo, fama y nombre al mar ha dado,

    y la del que su fuego y su locura
    llora entre aquellas plantas conocidas
    apenas en el agua resfrïado?
    XIII

    A Dafne ya los brazos le crecían,
    y en luengos ramos vueltos se mostraba;
    en verdes hojas vi que se tornaban
    los cabellos que el oro escurecían.

    De áspera corteza se cubrían
    los tiernos miembros, que aún bullendo estaban:
    los blancos pies en tierra se hincaban,
    y en torcidas raíces se volvían.

    Aquel que fue la causa de tal daño,
    a fuerza de llorar, crecer hacía
    este árbol que con lágrimas regaba.

    ¡Oh miserable estado! ¡oh mal tamaño!
    ¡Que con llorarla crezca cada día
    la causa y la razón porque lloraba!

    XIV

    Como la tierna madre, que el doliente
    hijo le está con lágrimas pidiendo
    alguna cosa, de la cual comiendo,
    sabe que ha de doblarse el mal que siente.

    Y aquel piadoso amor no le consiente
    que considere el daño que, haciendo
    lo que le pide hace, va corriendo
    y aplaca el llanto y dobla el accidente,

    así a mi enfermo y loco pensamiento,
    que en su daño os me pide, yo querría
    quitarle este mortal mantenimiento.

    Mas pídemele y llora cada día
    tanto que cuanto quiere le consiento,
    olvidando su muerte, y aun la mía.

    XV

    Si quejas y lamentos pueden tanto,
    que enfrenaron el curso de los ríos,
    y en los diversos montes y sombríos
    los árboles movieron con su canto;

    si convertieron a escuchar su llanto
    los fieros tigres, y peñascos fríos;
    si, en fin, con menos casos que los míos
    bajaron a los reinos del espanto,

    ¿por qué no ablandará mi trabajosa
    vida, en miseria y lágrimas pasada,
    un corazón conmigo endurecido?

    Con más piedad debría ser escuchada
    la voz del que se llora por perdido
    que la del que perdió y llora otra cosa.

    XVI

    No las francesas armas odïosas,
    en contra puestas del airado pecho,
    ni en los guardados muros con pertecho
    los tiros y saetas ponzoñosas;

    no las escaramuzas peligrosas,
    ni aquel fiero rüido contrahecho
    de aquel que para Júpiter fue hecho,
    por manos de Vulcano artificiosas,

    pudieron, aunque más yo me ofrecía
    a los peligros de la dura guerra,
    quitar una hora sola de mi hado.

    Mas infición del aire en sólo un día
    me quitó el mundo, y me ha en ti sepultado,
    Parténope, tan lejos de mi tierra.
    XVII

    Pensando que el camino iba derecho,
    vine a parar en tanta desventura,
    que imaginar no puedo, aún con locura,
    algo de que esté un rato satisfecho.

    El ancho campo me parece estrecho,
    la noche clara para mí es escura;
    la dulce compañía, amarga y dura,
    y duro campo de batalla el lecho.

    Del sueño, si hay alguno, aquella parte
    sola, que es imagen de la muerte,
    se aviene con el alma fatigada.

    En fin que como quiera estoy de arte,
    que juzgo ya por hora menos fuerte,
    aunque en ella me vi, la que es pasada.
    XVIII

    Si a vuestra voluntad yo soy de cera,
    y por sol tengo sólo vuestra vista,
    la cual a quien no inflama o no conquista
    con su mirar, es de sentido fuera;

    ¿de do viene una cosa, que, si fuera
    menos veces de mí probada y vista,
    según parece que a razón resista,
    a mi sentido mismo no creyera?

    Y es que yo soy de lejos inflamado
    de vuestra ardiente vista y encendido
    tanto, que en vida me sostengo apenas;

    mas si de cerca soy acometido
    de vuestros ojos, luego siento helado
    cuajárseme la sangre por las venas.

    XIX

    Julio, después que me partí llorando
    de quien jamás mi pensamiento parte,
    y dejé de mi alma aquella parte
    que al cuerpo vida y fuerza estaba dando,

    de mi bien a mí mismo voy tomando
    estrecha cuenta, y siento de tal arte
    faltarme todo el bien, que temo en parte
    que ha de faltarme el aire sospirando;

    y con este temor mi lengua prueba
    a razonar con vos, oh dulce amigo,
    del amarga memoria de aquel día

    en que yo comencé como testigo
    a poder dar, del alma vuestra, nueva
    y a saberla de vos del alma mía.

    XX

    Con tal fuerza y vigor son concertados
    para mi perdición los duros vientos,
    que cortaron mis tiernos pensamientos
    luego que sobre mí fueron mostrados.

    El mal es que me quedan los cuidados
    en salvo destos acontecimientos,
    que son duros, y tienen fundamientos
    en todos mis sentidos bien echados.

    Aunque por otra parte no me duelo,
    ya que el bien me dejó con su partida,
    del grave mal que en mí está de contino;

    antes con él me abrazo y me consuelo;
    porque en proceso de tan dura vida
    ataje la largueza del camino.

     Égloga I

    El dulce lamentar de dos pastores,
    Salicio juntamente y Nemoroso,
    he de contar, sus quejas imitando;
    cuyas ovejas al cantar sabroso
    estaban muy atentas, los amores,                  
    (de pacer olvidadas) escuchando.
    Tú, que ganaste obrando
    un nombre en todo el mundo
    y un grado sin segundo,
    agora estés atento sólo y dado                   
    el ínclito gobierno del estado
    Albano; agora vuelto a la otra parte,
    resplandeciente, armado,
    representando en tierra el fiero Marte;
                                                    
      agora de cuidados enojosos
    y de negocios libre, por ventura
    andes a caza, el monte fatigando
    en ardiente jinete, que apresura
    el curso tras los ciervos temerosos,
    que en vano su morir van dilatando;               
    espera, que en tornando
    a ser restituido
    al ocio ya perdido,
    luego verás ejercitar mi pluma
    por la infinita innumerable suma                  
    de tus virtudes y famosas obras,
    antes que me consuma,
    faltando a ti, que a todo el mondo sobras.

      En tanto que este tiempo que adivino
    viene a sacarme de la deuda un día,
    que se debe a tu fama y a tu gloria
    (que es deuda general, no sólo mía,
    mas de cualquier ingenio peregrino
    que celebra lo digno de memoria),
    el árbol de victoria,
    que ciñe estrechamente
    tu gloriosa frente,
    dé lugar a la hiedra que se planta
    debajo de tu sombra, y se levanta
    poco a poco, arrimada a tus loores;
    y en cuanto esto se canta,
    escucha tú el cantar de mis pastores.
     
      Saliendo de las ondas encendido,
    rayaba de los montes al altura
    el sol, cuando Salicio, recostado
    al pie de un alta haya en la verdura,
    por donde un agua clara con sonido
    atravesaba el fresco y verde prado,
    él, con canto acordado
    al rumor que sonaba,
    del agua que pasaba,
    se quejaba tan dulce y blandamente
    como si no estuviera de allí ausente
    la que de su dolor culpa tenía;
    y así, como presente,
    razonando con ella, le decía:

    Salicio:

      ¡Oh más dura que mármol a mis quejas,
    y al encendido fuego en que me quemo
    más helada que nieve, Galatea!,
    estoy muriendo, y aún la vida temo;  
    témola con razón, pues tú me dejas,
    que no hay, sin ti, el vivir para qué sea.
    Vergüenza he que me vea
    ninguno en tal estado,
    de ti desamparado,
    y de mí mismo yo me corro agora.
    ¿De un alma te desdeñas ser señora,
    donde siempre moraste, no pudiendo
    de ella salir un hora?
    Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

      El sol tiende los rayos de su lumbre
    por montes y por valles, despertando
    las aves y animales y la gente:
    cuál por el aire claro va volando,
    cuál por el verde valle o alta cumbre
    paciendo va segura y libremente,
    cuál con el sol presente
    va de nuevo al oficio,
    y al usado ejercicio
    do su natura o menester le inclina,
    siempre está en llanto esta ánima mezquina,
    cuando la sombra el mondo va cubriendo,
    o la luz se avecina.
    Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

      ¿Y tú, de esta mi vida ya olvidada,           
    sin mostrar un pequeño sentimiento
    de que por ti Salicio triste muera,
    dejas llevar (¡desconocida!) al viento
    el amor y la fe que ser guardada
    eternamente sólo a mí debiera?
    ¡Oh Dios!, ¿por qué siquiera,
    (pues ves desde tu altura
    esta falsa perjura
    causar la muerte de un estrecho amigo)
    no recibe del cielo algún castigo?              
    Si en pago del amor yo estoy muriendo,
    ¿qué hará el enemigo?
    Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

      Por ti el silencio de la selva umbrosa,
    por ti la esquividad y apartamiento
    del solitario monte me agradaba;
    por ti la verde hierba, el fresco viento,
    el blanco lirio y colorada rosa
    y dulce primavera deseaba.
    ¡Ay, cuánto me engañaba!
    ¡Ay, cuán diferente era
    y cuán de otra manera
    lo que en tu falso pecho se escondía!
    Bien claro con su voz me lo decía
    la siniestra corneja, repitiendo
    la desventura mía.
    Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

      ¡Cuántas veces, durmiendo en la floresta,
    (reputándolo yo por desvarío)
    vi mi mal entre sueños, desdichado!
    Soñaba que en el tiempo del estío
    llevaba, por pasar allí la sienta,
    a beber en el Tajo mi ganado;
    y después de llegado,
    sin saber de cuál arte,
    por desusada parte
    y por nuevo camino el agua se iba;
    ardiendo yo con la calor estiva,
    el curso enajenado iba siguiendo
    del agua fugitiva.
    Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

      Tu dulce habla ¿en cúya oreja suena?
    Tus claros ojos ¿a quién los volviste?
    ¿Por quién tan sin respeto me trocaste?
    Tu quebrantada fe ¿dó la pusiste?
    ¿Cuál es el cuello que, como en cadena,
    de tus hermosos brazos anudaste?
    No hay corazón que baste,
    aunque fuese de piedra,
    viendo mi amada hiedra,
    de mí arrancada, en otro muro asida,
    y mi parra en otro olmo entretejida,
    que no se esté con llanto deshaciendo
    hasta acabar la vida.
    Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

      ¿Qué no se esperará de aquí adelante,
    por difícil que sea y por incierto?
    O ¿qué discordia no será juntada?,
    y juntamente ¿qué tendrá por cierto,
    o qué de hoy más no temerá el amante,        
    siendo a todo materia por ti dada?
    Cuando tú enajenada
    de mi cuidado fuiste,
    notable causa diste,
    y ejemplo a todos cuantos cubre el cielo,      
    que el más seguro tema con recelo
    perder lo que estuviere poseyendo.
    Salid fuera sin duelo,
    salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

      Materia diste al mundo de esperanza
    de alcanzar lo imposible y no pensado,
    y de hacer juntar lo diferente,
    dando a quien diste el corazón malvado,
    quitándolo de mí con tal mudanza
    que siempre sonará de gente en gente.
    La cordera paciente
    con el lobo hambriento
    hará su ayuntamiento,
    y con las simples aves sin ruido
    harán las bravas sierpes ya su nido;        
    que mayor diferencia comprendo
    de ti al que has escogido.
    Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

      Siempre de nueva leche en el verano
    y en el invierno abundo; en mi majada
    la manteca y el queso está sobrado;
    de mi cantar, pues, yo te vi agradada
    tanto que no pudiera el mantuano
    Títiro ser de ti más alabado.
    No soy, pues, bien mirado,
    tan disforme ni feo;
    que aún agora me veo
    en esta agua que corre clara y pura,
    y cierto no trocara mi figura
    con ese que de mí se está riendo;           
    ¡trocara mi ventura!
    Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

      ¿Cómo te vine en tanto menosprecio?
    ¿Cómo te fui tan presto aborrecible?
    ¿Cómo te faltó en mí el conocimiento?          
    Si no tuvieras condición terrible,
    siempre fuera tenido de ti en precio,
    y no viera de ti este apartamiento.
    ¿No sabes que sin cuento
    buscan en el estío
    mis ovejas el frío
    de la sierra de Cuenca, y el gobierno
    del abrigado Estremo en el invierno?
    Mas ¡qué vale el tener, si derritiendo
    me estoy en llanto eterno!
    Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

      Con mi llorar las piedras enternecen
    su natural dureza y la quebrantan;
    los árboles parece que se inclinan:
    las aves que me escuchan, cuando cantan,
    con diferente voz se condolecen,
    y mi morir cantando me adivinan.
    Las fieras, que reclinan
    su cuerpo fatigado,
    dejan el sosegado
    sueño por escuchar mi llanto triste.
    Tú sola contra mí te endureciste,
    los ojos aún siquiera no volviendo
    a lo que tú hiciste.
    Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
     
      Mas ya que a socorrerme aquí no vienes,
    no dejes el lugar que tanto amaste,
    que bien podrás venir de mí segura;
    yo dejaré el lugar do me dejaste;
    ven, si por sólo esto te detienes;
    ves aquí un prado lleno de verdura,
    ves aquí una espesura,
    ves aquí una agua clara,
    en otro tiempo cara,
    a quien de ti con lágrimas me quejo.
    Quizá aquí hallarás (pues yo me alejo)
    al que todo mi bien quitarme puede;
    que pues el bien le dejo,
    no es mucho que el lugar también le quede.

      Aquí dio fin a su cantar Salicio,
    y suspirando en el postrero acento,
    soltó de llanto una profunda vena.
    Queriendo el monte al grave sentimiento
    de aquel dolor en algo ser propicio,
    con la pesada voz retumba y suena.
    La blanca Filomena,
    casi como dolida
    y a compasión movida,
    dulcemente responde al son lloroso.
    Lo que cantó tras esto Nemoroso
    decidlo vos Piérides, que tanto
    no puedo yo, ni oso,
    que siento enflaquecer mi débil canto.

    Nemoroso:

      Corrientes aguas, puras, cristalinas,
    árboles que os estáis mirando en ellas,
    verde prado, de fresca sombra lleno,
    aves que aquí sembráis vuestras querellas,
    hiedra que por los árboles caminas,
    torciendo el paso por su verde seno:
    yo me vi tan ajeno
    del grave mal que siento,
    que de puro contento
    con vuestra soledad me recreaba,
    donde con dulce sueño reposaba,
    o con el pensamiento discurría
    por donde no hallaba
    sino memorias llenas de alegría.

      Y en este mismo valle, donde agora
    me entristezco y me canso, en el reposo
    estuve ya contento y descansado.
    ¡Oh bien caduco, vano y presuroso!
    Acuérdome, durmiendo aquí alguna hora,
    que despertando, a Elisa vi a mi lado.
    ¡Oh miserable hado!
    ¡Oh tela delicada,
    antes de tiempo dada
    a los agudos filos de la muerte!
    Más convenible fuera aquesta suerte
    a los cansados años de mi vida,
    que es más que el hierro fuerte,
    pues no la ha quebrantado tu partida.

      ¿Dó están agora aquellos claros ojos
    que llevaban tras sí, como colgada,
    mi ánima doquier que ellos se volvían?
    ¿Dó está la blanca mano delicada,
    llena de vencimientos y despojos
    que de mí mis sentidos le ofrecían?
    Los cabellos que vían
    con gran desprecio al oro,
    como a menor tesoro,
    ¿adónde están?  ¿Adónde el blando pecho?
    ¿Dó la columna que el dorado techo
    con presunción graciosa sostenía?
    Aquesto todo agora ya se encierra,
    por desventura mía,
    en la fría, desierta y dura tierra.

      ¿Quién me dijera, Elisa, vida mía,
    cuando en aqueste valle al fresco viento
    andábamos cogiendo tiernas flores,
    que había de ver con largo apartamiento    
    venir el triste y solitario día
    que diese amargo fin a mis amores?
    El cielo en mis dolores
    cargó la mano tanto,
    que a sempiterno llanto
    y a triste soledad me ha condenado;
    y lo que siento más es verme atado
    a la pesada vida y enojosa,
    solo, desamparado,
    ciego, sin lumbre, en cárcel tenebrosa.     

      Después que nos dejaste, nunca pace
    en hartura el ganado ya, ni acude
    el campo al labrador con mano llena.
    No hay bien que en mal no se convierta y mude:
    la mala hierba al trigo ahoga, y nace
    en lugar suyo la infelice avena;
    la tierra, que de buena
    gana nos producía
    flores con que solía
    quitar en sólo vellas mil enojos,
    produce agora en cambio estos abrojos,
    ya de rigor de espinas intratable;
    yo hago con mis ojos
    crecer, llorando, el fruto miserable.

      Como al partir del sol la sombra crece,     
    y en cayendo su rayo se levanta
    la negra escuridad que el mundo cubre,
    de do viene el temor que nos espanta,
    y la medrosa forma en que se ofrece
    aquello que la noche nos encubre,
    hasta que el sol descubre
    su luz pura y hermosa:
    tal es la tenebrosa
    noche de tu partir, en que he quedado
    de sombra y de temor atormentado,            
    hasta que muerte el tiempo determine
    que a ver el deseado
    sol de tu clara vista me encamine.

      Cual suele el ruiseñor con triste canto
    quejarse, entre las hojas escondido,           
    del duro labrador, que cautamente
    le despojó su caro y dulce nido
    de los tiernos hijuelos, entre tanto
    que del amado ramo estaba ausente,
    y aquel dolor que siente
    con diferencia tanta
    por la dulce garganta
    despide, y a su canto el aire suena,
    y la callada noche no refrena
    su lamentable oficio y sus querellas,
    trayendo de su pena
    al cielo por testigo y las estrellas;

      desta manera suelto yo la rienda
    a mi dolor, y así me quejo en vano
    de la dureza de la muerte airada.
    Ella en mi corazón metió la mano,
    y de allí me llevó mi dulce prenda,
    que aquél era su nido y su morada.
    ¡Ay muerte arrebatada!
    Por ti me estoy quejando
    al cielo y enojando
    con importuno llanto al mundo todo:
    tan desigual dolor no sufre modo.
    No me podrán quitar el dolorido
    sentir, si ya del todo
    primero no me quitan el sentido.

      Una parte guardé de tus cabellos,
    Elisa, envueltos en un blanco paño,
    que nunca de mi seno se me apartan;
    descójolos, y de un dolor tamaño          
    enternecerme siento, que sobre ellos
    nunca mis ojos de llorar se hartan.
    Sin que de allí se partan,
    con sospiros calientes,
    más que la llama ardientes,
    los enjugo del llanto, y de consuno
    casi los paso y cuento uno a uno;
    juntándolos, con un cordón los ato.
    Tras esto el importuno
    dolor me deja descansar un rato.

      Mas luego a la memoria se me ofrece
    aquella noche tenebrosa, escura,
    que siempre aflige esta ánima mezquina
    con la memoria de mi desventura
    Verte presente agora me parece
    en aquel duro trance de Lucina,
    y aquella voz divina,
    con cuyo son y acentos
    a los airados vientos
    pudieras amansar, que agora es muda.
    Me parece que oigo que a la cruda,
    inexorable diosa demandabas
    en aquel paso ayuda;
    y tú, rústica diosa, ¿dónde estabas?

      ¿Ibate tanto en perseguir las fieras?
    ¿Ibate tanto en un pastor dormido?
    ¿Cosa pudo bastar a tal crüeza,
    que, conmovida a compasión, oído
    a los votos y lágrimas no dieras,
    por no ver hecha tierra tal belleza,
    o no ver la tristeza
    en que tu Nemoroso
    queda, que su reposo
    era seguir tu oficio, persiguiendo
    las fieras por los monte, y ofreciendo
    a tus sagradas aras los despojos?
    ¿Y tú, ingrata, riendo
    dejas morir mi bien ante los ojos?

      Divina Elisa, pues agora el cielo
    con inmortales pies pisas y mides, 
    y su mudanza ves, estando queda,
    ¿por qué de mí te olvidas y no pides
    que se apresure el tiempo en que este velo
    rompa del cuerpo, y verme libre pueda,
    y en la tercera rueda,   
    contigo mano a mano,
    busquemos otro llano,
    busquemos otros montes y otros ríos,
    otros valles floridos y sombríos,
    do descansar y siempre pueda verte    
    ante los ojos míos,
    sin miedo y sobresalto de perderte?

     

      Nunca pusieran fin al triste lloro
    los pastores, ni fueran acabadas
    las canciones que sólo el monte oía,
    si mirando las nubes coloradas,
    al tramontar del sol bordadas de oro,
    no vieran que era ya pasado el día,
    la sombra se veía
    venir corriendo apriesa
    ya por la falda espesa
    del altísimo monte, y recordando
    ambos como de sueño, y acabando
    el fugitivo sol, de luz escaso,
    su ganado llevando,
    se fueran recogiendo paso a paso.”

    Garcilaso de la Vega

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    This entry was posted on Miércoles, octubre 14th, 2009 at 3:04 and is filed under Poesia. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.
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    1. Posted on octubre 14th

      Información Bitacoras.com…

      Valora en Bitacoras.com:                  «Así paso la vida, acrecentando                materia de dolor a mis sentidos». Garcilaso de la Vega. Nació en Toledo en 1503 ( Esta fecha varía según los biografos 1501-1503) Murió en Niza el 14 de Octubre …..

    2. [...] This post was mentioned on Twitter by Trianarts, Eme Eme. Eme Eme said: "En tanto que de rosa y azucena…" RT @Trianarts: Garcilaso de la Vega. Murió el 14 de Octubre de 1535 http://bit.ly/YbicR [...]

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