• alabicin-2.jpg picture by TrianaTubes

    Manuel Benitez Carrasco,
    Nace en Granada el 1 de Diciembre de 1922, en el barrio del Albayzín, en la placeta del Salvador a la que escribió muchas veces

    Fue sin duda uno de los poetas fundamentales de mi adolescencia, su poema “Soleá del amor indiferente”,  llegó a mis manos en un momento  muy oprtuno, el de mi primer desengaño amoroso la leía y releía una y otra vez, se convirtió a patir de entonces en uno de mis poetas “necesarios”

    “¿Rencores?… ¿Por qué rencores?
    No le va a mi señorío
    guardarle rencor a un río
    que fue regando mis flores.
    Tú me diste los mejores
    cristales de tu corriente,
    y no sería decente
    maldecirte por despecho,
    si sé que tienes derecho
    a dar o negar la fuente.
    Debo estarte agradecido
    por tu generosidad;
    tú me diste por bondad
    lo que yo di por cumplido.
    Me brindaste tu latido,
    tu boca nunca besada,
    tu carne nunca estrenada,
    tus ojos siempre empañados
    y los potros alocados
    de tu amor en llamarada.
    Me diste el beso primero
    que es el que más atosiga,
    y me diste la fatiga
    de un cariño verdadero.
    Me diste luna y estero,
    tu corazón sin celaje,
    me diste todo el encaje
    de tu caricia en mi pelo,
    y me regalaste el cielo
    en tus ojos sin paisaje.
    Por eso yo, bien nacido,
    ni te odio ni te aborrezco,
    al contrario, te agradezco
    todo lo que me has querido.
    No me importa si te has ido
    con tu barca hacia otro mar,
    que yo no te puedo odiar
    por esa mala partida,
    ya que odiar es, en la vida,
    un cierto modo de amar.
    Ni te vengas a mi lado
    para pedirme perdón,
    el perdón es la razón
    de volver a lo pasado,
    y lo pasado… acabado,
    que pasó… porque pasó.
    ¡Déjame que viva yo
    sin perdón y sin rencores,
    porque… por más que me llores
    lo nuestro ya se acabó!”
    .

    “Benítez Carrasco inició su carrera literaria colaborando en la revista poética “Colección Vientos del Sur”. Muy joven, en 1943, obtuvo su primer premio de relevancia, el Premio Nacional de Teatro de Escuadra con la obra “Luz de Amanecer”, comenzando desde este momento una trayectoria literaria jalonada de galardones”

    “Como Dios manda”

    Yo me casé por la iglesia,
    me casé como Dios manda:
    un ramito de azar
    mustio sabre la solapa
    santiguando los pecados
    de un hombre que apunta canas.

    Ella vestida de blanco
    ¡pureza certificada!
    Un alfombra hasta la puerta,
    organo, misa, campanas,
    y un anillo de oro
    con una fecha grabada.

    Pero fué lo que Dios quiso
    por esa cosas que pasan
    entre hombres y mujeres
    que nadie puede explicarlas.

    Ella torció su camino
    de la noche a la mañana…
    no sé si fueron razones
    o fué un cariño que abraza;
    pero a nadie…a nadie deseo
    ese tormento que mata.

    La duda entre ceja y ceja
    como un cuchillo clavada,
    viendo irse de las manos
    algo que se nos escapa.

    Nunca le hice reproche
    ni le dije una palabra,
    pero yo lo presentía,
    que el corazón nunca engaña;
    y un día…..nos separamos
    y aquí la historia se acaba.

    Y más solo que la una
    me quedé solo en mi casa
    con un silencio de muerte
    y las puertas empestilladas.

    Lo que pasé, Dios lo sabe,
    hay penas que nunca se acaban.

                         ****

    Un día encontre´a la otra….
    ¡La otra!… esa palabra
    que sin tener filo muerde
    y sin ser cuchillo mata.

    La otra…..una mujer de la calle
    con un corazón de oro
    y una vergüenza en la cara….

    Un cariño recio y hondo
    fuerte como una muralla
    trabajadora y sencilla,
    alegre, risueña, casta;
    leona pa´defenderme
    y una hormiga pa´la casa.

    ¡Y a esa le llaman la otra!
    como una espina que daña…
    ¡y es la que sufre conmigo
    y es la que seca mis lágrimas
    y se funde en mi alegría
    igual que el oro en la fragua!

    ¡Sí…yo me casé por la Iglesia
    me casé como Dios manda…!
    Ella vestida de blanco…
    “pureza cerfifcada…”

    La otra…ni se ha vestido de blanco
    ni le han tocado campanas
    ni le han prendido azahares
    que a ella no le hacen falta
    para ser pura y sencilla
    como una fuente sellada…

    Y aunque la llamen “la otra”
    yo sé que es la mía ¡y basta!
    Pero que nadie la toque,
    nadie diga una palabra
    que pueda ofender su nombre;
    que nadie intente humillarla,
    que me juego de hombre a hombre
    y me mato cara a cara
    con quien sea y donde sea.

    Que si no tiene un anillo
    con una fecha grabada,
    yo le he regalado uno
    con besos limpios, sin mancha,
    y la he vestido de novia
    con rayos de luna blanca…

    Y aunque no es mi SEÑORA
    ni le han tocado campanas
    ni le han prendido azahares
    Me quiere……¡como Dios manda!”

    Comenzó su carrera literaria colaborando en la revista poética “Colección Vientos del Sur”. En 1943, con solo 21 años, obtiene su primer premio de importante, el “Premio Nacional de Teatro de Escuadra” con la obra: “Luz de Amanecer”, empezando entonces  una trayectoria literaria plagada de galardones.

    En 1947, viaja a Madrid donde ya empieza a ganarse la vida con su poesía, recitando en clubs y teatros, de él decía Delgado-Calvo, “la peculiaridad de Benítez Carrasco reside en que “no fue un poeta al uso como los conocemos hoy, que publican sus libros y les llaman para dar conferencias”, sino un “poeta de cartel” que se ganaba la vida recitando su poesía en teatros y clubes de lujo. “Lo que nadie puede discutirle a Benítez Carrasco es que salía a un escenario a recitar sus poesías y triunfaba. Llenaba los escenarios, los abarrotaba”

    “El perro cojo”

    Con una pata colgando,
    despojo de una pedrada,
    pasó el perro por mi lado,
    un perro de pobre casta.
    Uno de esos callejeros,
    pobres de sangre y estampa.
    Nacen en cualquier rincón,
    de perras tristes y flacas,
    destinados a comer
    basuras de plaza en plaza.
    Cuando pequeños, qué finos
    y ágiles son en la infancia,
    baloncitos de peluche,
    tibios borlones de lana,
    los miman, los acurrucan,
    los sacan al sol, les cantan.
    Cuando mayores, al tiempo
    que ven que se fue la gracia,
    los dejan a su ventura,
    mendigos de casa en casa,
    sus hambres por los rincones
    y su sed sobre las charcas.
    Qué tristes ojos que tienen,
    que recóndita mirada
    como si en ella pusieran
    su dolor a media asta.
    Y se mueren de tristeza
    a la sombra de una tapia,
    si es que un lazo no les da
    una muerte anticipada.
    Yo le llamo: psss, psss, psss.
    Todo orejas asustadas,
    todo hociquito curioso,
    todo sed, hambre y nostalgia,
    el perro escucha mi voz,
    olfatea mis palabras
    como esperando o temiendo
    pan, caricias…   o pedradas,
    no en vano lleva marcado
    un mal recuerdo en su pata.
    Lo vuelvo a llamar: psss, psss.
    Dócil a medias avanza
    moviendo el rabo con miedo
    y las orejitas gachas.
    Chasco los dedos; le digo:
    “ven aquí, no te hago nada,
    vamos, vamos, ven aquí”.
    Y adiós la desconfianza.
    Que ya se tiende a mis pies,
    a tiernos aullidos habla,
    ladra para hablar más fuerte,
    salta, gira; gira, salta;
    llora, ríe; ríe, llora;
    lengua, orejas, ojos, patas
    y el rabo es un incansable
    abanico de palabras.
    Es su alegría tan grande
    que más que hablarme, me canta.
    “¿Qué piedra te dejó cojo?
    Sí, sí, sí, malhaya”.
    El perro me entiende; sabe
    que maldigo la pedrada,
    aquella pedrada dura
    que le destrozó la pata
    y él, con el rabo, me dice
    que me agradece la lástima.
    “Pero tú no te preocupes,
    ya no ha de faltarte nada.
    Yo también soy callejero,
    aunque de distintas plazas
    y a patita coja y triste
    voy de jornada en jornada.
    Las piedras que me tiraron
    me dejaron coja el alma.
    Entre basuras de tierra
    tengo mi pan y mi almohada.
    Vamos, pues, perrito mío,
    vamos, anda que te anda,
    con nuestra cojera a cuestas,
    con nuestra tristeza en andas,
    yo por mis calles oscuras,
    tú por tus calles calladas,
    tú la pedrada en el cuerpo,
    yo la pedrada en el alma
    y cuando mueras, amigo,
    yo te enterraré en mi casa
    bajo un letrero: «aquí yace
    un amigo de mi infancia».
    Y en el cielo de los perros,
    pan tierno y carne mechada,
    te regalará San Roque
    una muleta de plata.
    Compañeros, si los hay,
    amigos donde los haya,
    mi perro y yo por la vida:
    pan pobre, rica compaña.
     
     
    Era joven y era viejo;
    por más que yo lo cuidaba,
    el tiempo malo pasado
    lo dejó medio sin alma.
    Y fueron muchas las hambres,
    mucho peso en sus tres patas
    y una mañana, en el huerto,
    debajo de mi ventana,
    lo encontré tendido, frío,
    como una piedra mojada,
    un duro musgo de pelo,
    con el rocío brillaba.
    Ya estaba mi pobre perro
    muerto de las cuatro patas.
    Hacia el cielo de los perros
    se fue, anda que te anda,
    las orejas de relente
    y el hociquillo de escarcha.
    Portero y dueño del cielo
    San Roque en la puerta estaba:
    ortopédico de mimos,
    cirujano de palabras,
    bien surtido de intercambios
    con que curar viejas taras.
    “Para ti…   un rabo de oro;
    para ti…   un ojo de ámbar;
    tú…   tus orejas de nieve;
    tú…   tus colmillos de escarcha.
    Y tú, -mi perro reía-,
    tú…  tu muleta de plata”.
    Ahora ya sé por qué está
    la noche agujereada:
    ¿Estrellas…   luceros…?  No,
    es mi perro cuando anda…
    con la muleta va haciendo
    agujeritos de plata.
    “El toro del soneto”

    “¡Tenerte miedo a tí, tenerte miedo,
    cuando al burlar tu acometida rara
    mientras te ponen la tercera vara
    un verso maletilla salta al ruedo!…

    ¡Rimas al quite! Y clavaré, si puedo,
    dos banderillas sin volver la cara.
    Y. ..rosa en mano.. ¡si ella me ayudara!
    Solo en la plaza y sin temblar me quedo

    Puedes toro pasar. Yo no me quito.
    Catorce pases te daré aunque quedes
    a medio verso para más aprieto.

    Un desplante. Y ya sólo necesito
    un feliz volapié para que ruedes,
    ¡oh toro!, agonizando en mi soneto.”

    “Granada”

    Mexicana para cantar tu canción
    sueño a Granada.
    Para cantar tu canción
    Granada se pondrá un día
    sus ríos como zarcillos
    de menuda platería,
    Taxcos filigranas de la morería.
    Antes de cantar ha de probarse
    la voz en la Alhambra
    con el arroyo y el ruiseñor.
    Como un mariachi lorquiano
    la acompañarán los yunques
    del Sacromonte gitano.
    Puritito corazón el Albaicín
    en sus brazos será el guitarrón
    y tendrá ritmos tristes y sones verdes
    en los verdes violines de los cipreses.
    Y a los hombros el rebozo blanco
    de Sierra Nevada, así mi Granada
    ha de cantarte algún día tu Granada
    “Toros en el campo”

    Cuando un toro perdonado
    regresa a su ganadería
    si el ganadero cantara,
    seguro le cantaría:

    “Yo bien sabía torillo, yo bien sabía,
    que al portarte tan cabal, volverías, volverías.”

    Y si los toros cantaran, seguro
    que aquel torillo le cantaría:

    “No es que el perdón yo pedía
    Al portarme tan cabal
    no es que el perdón yo pedía
    es que pensé que tenía
    muchas vacas que rondar
    en el campo todavía, todavía.”

    “Tus cinco toritos negros”

    Contra mis cinco sentíos,
    tus cinco toritos negros:
    torito negro tus ojos,
    torito negro tu pelo, ..
    torito negro tu boca,
    torito negro tu beso,
    y el más negro de los cinco
    tu cuerpo, torito negro.
     
    Barreras puse a mis ojos,
    tus ojos me las rompieron.
    Barreras puse a mi boca,
    tu boca las hizo leño.
    Puse mi beso en barreras,
    tu beso las prendió fuego.
    Barreras puse a mis manos,
    las hizo sombra tu pelo.
    y puse barreras duras
    de zarzamora a mi cuerpo,
    y saltó sobre las zarzas
    el tuyo, torito negro.
     
    ¡Deja, que no quiero verte!
    ¡Déjame, que no te quiero!
     
    Y luego monté mis ojos
    sobre un caballo de miedo;
     tus ojos me perseguían
    como dos toritos negros.
    y luego metí mis manos
    bajo un embozo de fuego;
    …tu pelo se me enredaba
    igual que un torito negro.
    y luego junté mi boca’
    contra la cal de mi encierro;
    …tu boca estaba acechando
    igual que un torito negro.
    y luego mordí mi almohada
    para contener mi beso;
    tu beso me corneaba
    igual que un torito negro.
    y luego arañé mi carne,
    de tentación y deseo,
    para que no gritara
    que yo te estaba queriendo;
    y tu cuerpo encandilado
    mimbre, luna, bronce y fuego
    se me plantó ante mis ojos
    igual que un torito negro.
     
    ¡Deja, que no quiero verte!
    ¡Déjame, que no te quiero! 
     
    El aire del cuarto estaba
    temblando con tu recuerdo.
    Cien caballos en mis venas,
    al galope por mi cuerpo;
    y yo, jinete sin rienda,
    luchando por contenerlos.
    Cien herreros en mi boca,
    trabajando con mis besos,
    y yo queriendo ser fragua
    para poder deshacerlos.
     
    Cien voces en mi garganta
    gritándome que te quiero,
    y yo, ¡mentira infinita!,
    gritando que no te quiero.
    Salí a por aire al balcón…
    me tropecé con el cielo;
    aquel cielo quieto y hondo,
    verde, blanco, azul y negro,
    igual que el de aquella noche
    de nuestro primer encuentro,
    en que me hirieron al paso
    tus cinco toritos negros.
     
    Y me acordé de aquel aire
    que jugaba con tu pelo
    como un niño a quien le gustan
    los caracolillos negros.
     
    Y me acordé de aquel rayo
    de luna, fino y torero,
    que puso dos banderillas
    de luz en tus ojos negros.
     
    Y de aquel dolor de labios
    que nos quedó de aquel beso,
    y de aquel dolor de brazos,
    y de aquel dolor de huesos
    y de aquella caracola
    de amor, que quedó por dentro
    con un mar de amor dormido;
    ” ¡que te quiero!, ¡que te quiero!”
    y se me escapó la voz… grité:
     ” ¡Te quiero!, ¡Te quiero!”

    Y ya no junté mi boca
    contra la cal de mi encierro,
    y ya no mordí mi almohada
    para contener mi beso,
    y ya no arañé mi carne
    de tentación y deseo.
    Pegué mi boca a tu boca,
    junté mi beso a tu beso,
    y otra vez aquel dolor
    de cintura, brazo y huesos…
    pensando en aquella noche
    de nuestro primer encuentro.
     
    ¡Te quise siempre! ¡Te quise!
    ¡Te quiero siempre! ¡Te quiero!
     
    Aunque no puedo quererte,
    ¡Te quiero!.
    Aunque no debo quererte,
    ¡Te quiero!
    Aunque en cunas de tu casa
    se está meciendo un almendro
    ¡Te quiero!
    Aunque yo tengo dos lirios
    que se me cuelgan del cuello,
    ¡Te quiero!
     
    y aunque ponga mis barreras
    de zarzamora y sarmiento
    para que nunca la salten
    tus cinco toritos negros:
    torito negro tus ojos,
    torito negro tu pelo,
    torito negro tu boca,
    torito negro tu beso,
    y el más negro de los cinco
    tu cuerpo, torito negro.
    ¡Te quise siempre! ¡Te quise!
    ¡Te quiero siempre! ¡Te quiero!

    “Tengo el caballo en la puerta”

    Tengo el caballo a la puerta,
    ¿te quieres venir conmigo?.
    Yo no te obligo.
    Sólo te brindo ocasión
    de darte en mi soledad
    una casa, un corazón
    y un cariño de verdad.

    ¿Qué no quieres…? Allá penas.
    Mientras yo tenga en mis venas
    sangre de piropo y ronda;
    mientras, por mas que se esconda,
    no haya mujer que resista
    este pase de conquista
    de los vuelos de mi capa;
    mientras la flor que se tapa
    con clavel y celosía
    se asome a verme pasar
    pensando en la Vicaría;
    y mientras de par en par
    se abran a mi reclamo
    el corazón donde llamo
    y la boca donde toco…
    a mi se me importa poco
    que quieras o que no quieras
    ser dueña de mi fortuna.
    Hay mucha espiga en las eras
    para pensar sólo en una

    Y mira lo que te digo:
    un día deje la luna
    porque no quiso venir
    conmigo.

    Y no me costó ninguna
    fatiga romper cadenas.
    Con esto quiero decir
    que a ti, que no eres la luna,
    me costará menos pena
    dejarte, si lo prefieres.
    Me sobran a mí mujeres.

    De modo que tú dirás;
    si me das el sí, tendrás
    beso blando, brazo fuerte,
    casa, cariño y corona
    y, si es preciso, mi muerte
    por defender tu persona.

    ¿Qué no quieres…?
    No hay que hablar
    de olvidos ni sufrimientos:
    que tengo yo muchos vientos
    por donde poder volar.
    Y me iré calle adelante,
    sin fatiga y sin desplante,
    con una copla de mayo
    saltando en el corazón
    mientras me acompaña el son
    el paso de mi caballo:

    -Voy a la esquina a cambiar
    por una rosa otra rosa,
    y a ver quien lo va a notar;
    que si una rosa es hermosa…
    la otra… no se queda atrás

    En fin; no quiero hablar más
    de lo que ya no precisa
    más explicación.

    Mi corazón va deprisa
    y no le gusta perder
    tiempo en la conversación,
    mientras se pueda entender
    a besos por los balcones,
    Y, torero sin fracaso,
    pueda torear al paso
    cinturas y corazones.

    Ya lo sabes; junto al río
    tengo un huerto de limones
    Y un arroyito de frío
    que va sembrando canciones.
    Y en la loma
    tengo un blanco caserío
    como una blanca paloma
    que se asoma
    para beber en el río

    Y entre arrayán y romero
    un beso sin estrenar
    que está diciendo “me muero”
    porque no puede aguardar.
    Y creciendo junto a una
    rosita sin jardinero
    tengo la flor de un “te quiero”
    para tu pelo de luna

    Todo esto, junto al río,
    en mi cabaña desierta
    Piénsalo bien, amor mío…
    Tengo el caballo a la puerta.

    “El puente”

    ¡Qué mansa pena me da!
    El puente siempre se queda y el agua siempre se va.

    I

    El río es andar, andar
    hacia lo desconocido;
    ir entre orillas vencido
    y por vencido, llorar.
    El río es pasar, pasar
    y ver todo de pasada;
    nacer en la madrugada
    de un manantial transparente
    y morirse tristemente
    sobre una arena salada.
    El puente es como clavar
    voluntad y fundamento;
    ser piedra en vilo en el viento,
    ver pasar y no pasar.

    El puente es como
    cruzar aguas que van de vencida;
    es darle la despedida
    a la vida y a la muerte
    y quedarse firme y fuerte
    sobre la muerte y la vida.
    Espejo tienen y hechura
    mi espíritu y mi flaqueza,
    en este puente, firmeza,
    y en este río, amargura.

    En esta doble pintura
    mírate, corazón mío,
    para luego alzar con brío
    y llorar amargamente,
    esto que tienes de puente
    y esto que tienes de río.
    II

    ¡Qué mansa pena me da!
    El puente siempre se queda y el agua siempre se va.
    Tristemente para los dos, amor mío,
    en el amor, uno es puente y otro, río.
    Bajo un puente de suspiros agua de nuestro querer;
    el puente sigue tendido, el agua no ha de volver.
    ¿Sabes tú, acaso, amor mío,
    quién de los dos es el puente, quién, el río?
    Si fui yo río, qué pena
    de no ser puente, amor mío;
    si fui yo puente, qué pena de que se me fuera el río.

    Agua del desengaño,
    puente de olvido;
    ya casi ni me acuerdo
    que te he querido.
    Puente de olvido.
    Qué dolor olvidarse
    de haber querido.

    III

    Ruinas de mi claridad,
    derrumbado en mi memoria tengo un puente de cristal.
    Yo era como un agua clara cantando a todo cantar,
    y sin que me diera cuenta pasando a todo pasar.
    El puente de mi inocencia se me iba quedando atrás;
    un día volví los ojos,
    ¡qué pena!, y no lo vi más.

    IV

    Y seguramente,
    y seguramente
    que no lo sabía;
    de haberlo sabido…
    no se hubiera roto el puente.
    Ay… pero este puente…
    ¿pero es que no lo sabía…?
    ¿pero no sabía el puente
    que yo te quería… ?
    y seguramente que no lo sabía;
    de haberlo sabido…
    no se hubiera roto el puente.
    ¡Pero este maldito puente…!
    ¿Pero es que no lo sabía?
    Pero no sabía el puente
    que yo lo quise pasar
    tan sólo por verte;
    y seguramente
    que no lo sabía;
    de haberlo sabido…
    no se hubiera roto el puente.

    V

    ¡Qué miedo me da pensar!
    y mientras se van los ríos
    qué miedo me da pensar
    que hay un gran río que pasa
    pero que nunca se va.
    Dios lo ve desde su puente
    y lo llama: eternidad.
    VI

    Difícil conformidad:
    el puente dice del río:
    ¡quién se pudiera marchar!
    y el río dice del puente:
    ¡quién se pudiera quedar!

    VII

    Agua, paso por la vida;
    piedra, huella de su paso;
    río, terrible fracaso;
    puente, esperanza cumplida.
    En esta doble partida
    procura, corazón mío,
    ganarle al agua con brío
    esto que tienes de puente,
    y que pase buenamente
    esto que tienes de río.
    y aquí termino el cantar
    de los puentes que se quedan,
    de las aguas que se van.

    Marcha a America y en 1955 ya su figura queda ligada a Hispanoamerica.
    A partir de los 70, alterna su residencia con Mexico y Granada en la que murió en 1999.

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    This entry was posted on Martes, diciembre 1st, 2009 at 1:54 and is filed under Poesia. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.
  • 1 Comment

    Take a look at some of the responses we've had to this article.

    1. Posted on diciembre 1st

      Información Bitacoras.com…

      Valora en Bitacoras.com: Manuel Benitez Carrasco, Nace en Granada el 1 de Diciembre de 1922, en el barrio del Albayzín, en la placeta del Salvador a la que escribió muchas veces Fue sin duda uno de los poetas fundamentales de mi adolescencia, su poem…..

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