Manuel Machado. Sevilla 29 de Agosto de 1874-Madrid, 19 de Enero de 1947.
Hermano de Antonio Machado fue uno de los más destacados representantes del modernismo español y de trayectorias paralelas.
Al igual que Antonio heredó de su padre el amor por el “autentico carácter popular andaluz” y junto a él y a su familia nació y vio transcurrir su infancia en el Palacio de Dueñas en unas habitaciones que tenían alquiladas a la Casa Ducal de Alba, y aunque en algunas biografías se sostiene que su padre era administrador de dicha casa ducal, no se ha podido demostrar. Cuando tenía 9 años se traslada con toda su familia a Madrid, dado que el abuelo paterno ha conseguido una cátedra en la Universidad Central.
Allí se licenciarían los hermanos en Filosofía y letras y muy esporádicamente volvieron a Sevilla, aunque Andalucía siempre un referente vivo y nostálgico, dado el profundo amor hacía la tierra que les vio nacer.
De la biografía de los Machado, hay numerosas entradas en toda la red, por lo que para honrar su memoria en el aniversario de su nacimiento nada mejor que recordar algunos de sus versos.
“Cantares”.
Vino, sentimiento, guitarra y poesía
hacen los cantares de la patria mía.
Cantares…
Quien dice cantares dice Andalucía.
A la sombra fresca de la vieja parra,
un mozo moreno rasguea la guitarra…
Cantares…
Algo que acaricia y algo que desgarra.
La prima que canta y el bordón que llora…
Y el tiempo callado se va hora tras hora.
Cantares…
Son dejos fatales de la raza mora.
No importa la vida, que ya está perdida,
y, después de todo, ¿qué es eso, la vida?…
Cantares…
Cantando la pena, la pena se olvida.
Madre, pena, suerte, pena, madre, muerte,
ojos negros, negros, y negra la suerte…
Cantares…
En ellos el alma del alma se vierte.
Cantares. Cantares de la patria mía,
quien dice cantares dice Andalucía.
Cantares…
No tiene más notas la guitarra mía.
“Retrato”.
Esta es mi cara y ésta es mi alma: leed.
Unos ojos de hastío y una boca de sed…
Lo demás, nada… Vida… Cosas… Lo que se sabe…
Calaveradas, amoríos… Nada grave,
Un poco de locura, un algo de poesía,
una gota del vino de la melancolía…
¿Vicios? Todos. Ninguno… Jugador, no lo he sido;
ni gozo lo ganado, ni siento lo perdido.
Bebo, por no negar mi tierra de Sevilla,
media docena de cañas de manzanilla.
Las mujeres… -sin ser un tenorio, ¡eso no!-,
tengo una que me quiere y otra a quien quiero yo.
Me acuso de no amar sino muy vagamente
una porción de cosas que encantan a la gente…
La agilidad, el tino, la gracia, la destreza,
más que la voluntad, la fuerza, la grandeza…
Mi elegancia es buscada, rebuscada. Prefiero,
a olor helénico y puro, lo “chic” y lo torero.
Un destello de sol y una risa oportuna
amo más que las languideces de la luna
Medio gitano y medio parisién -dice el vulgo-,
Con Montmartre y con la Macarena comulgo…
Y antes que un tal poeta, mi deseo primero
hubiera sido ser un buen banderillero.
Es tarde… Voy de prisa por la vida. Y mi risa
es alegre, aunque no niego que llevo prisa.
“Cante Hondo”.
todos nos han cantado
en una noche de juerga
coplas que nos han matado…
Corazón, calla tu pena;
a todos nos han cantado
en una noche de juerga.
Malagueñas, soleares
y seguiriyas gitanas…
Historias de mis pesares
y de tus horitas malas.
Malagueñas, soleares
y seguiriyas gitanas…
Es el saber popular,
que encierra todo el saber:
que es saber sufrir, amar,
morirse y aborrecer.
Es el saber popular,
que encierra todo el saber.
“Soleariyas”
Llorando, llorando,
nochecita oscura, por aquel camino
la andaba buscando.
Conmigo no vengas…
Que la suerte mía por malitos pasos,
gitana me lleva.
¡Mare del Rosario,
cómo yo guardaba el pelito suyo
en un relicario!
¡Qué le voy a hacer…!
Yo te he querío porque te he querío
y te he olvidao porque te olvidé.
Toíto se acaba:
la salú, la alegría, el dinero
y la buena cara.
Yo no sé olvidar…
Yo no sé más que quererte hoy mucho
y mañana más.
Esta agüita fresca…
¡Cómo la tengo en los propios labios
y no puó beberla!
Perdona por Dios…
que otra gitana se llevó las llaves
de mi corazón.
¡Qué gustiyo grande
que las cositas qu tú y yo sabemos
no las sepa nadie!
Eres como el sol:
cuando tú vienes se hace de día
en mi corazón.
No temo a la muerte,
serrana del alma, por perder la vía,
sino por perderte.
Siéntate a mi vera…,
dame la mano, hermanita mía,
cuéntame tus penas.
Tiene mi chiquilla
los ojitos negros más negros y grandes
que he visto en mi vida.
Que no quieres verme…
De día y de noche, dormía y despierta,
me tienes presente.
“La Lola”
“La Lola se va a los Puertos.
La Isla se queda sola”.
Y esta Lola, ¿quién será,
que así se ausenta, dejando
la Isla de San Fernando
tan sola cuando se va…?
Sevillanas,
chuflas, tientos, marianas,
tarantas, tonás, livianas…
Peteneras,
soleares, soleariyas,
polos, cañas, seguiriyas,
martinetes, carceleras…
Serranas, cartageneras.
Malagueñas, granadinas.
Todo el cante de Levante,
todo el cante de las minas,
todo el cante…
que cantó tía Salvaora,
la Trini, la Coquinera,
la Pastora…,
y el Fillo, y el Lebrijano,
y Curro Pabla, su hermano,
Proita, Moya, Ramoncillo,
Tobalo -inventor del polo-,
Silverio, Chacón, Manolo
Torres, Juanelo, Maoliyo…
Ni una ni uno
-cantaora o cantaor-,
llenando toda la lista,
desde Diego el Picaor
a Tomás el Papelista
(ni los vivos ni los muertos),
cantó una copla mejor
que la Lola…
Esa que se va a los Puertos
y la Isla se queda sola.
“La toná de la fragua”.
(Seguiriyas gitanas)
Mi pena es mu mala,
porque es una pena que yo no quisiera
que se me quitara.
Vino como vienen,
sin saber de dónde,
el agua a los mares, las flores a mayo,
los vientos al bosque.
Vino, y se ha quedado
en mi corazón,
como el amargo en la corteza verde
del verde limón.
Como las raíces
de la enredadera,
se va alimentando la pena en mi pecho
con sangre e mis venas.
Yo no sé por dónde,
ni por dónde no,
se me ha liao esta soguita al cuerpo
sin saberlo yo.
Pensamiento mío,
¿adónde te vas?
No vayas a casa de quien tú solías,
que no pués entrar.
A pasar fatigas
estoy ya tan hecho
que las alegrías se me vuelven penas
dentro de mi pecho.
Mare de mi alma,
la vía yo diera
por pasar esta noche de luna
con mi compañera.
A la vera tuya
no puedo volver…
¡Cómo por unas palabritas locas
se pierde un querer!
Yo voy como un ciego
por esos caminos.
Siempre pensando en la penita negra
que llevo conmigo.
Ya se han acabado
los tiempos alegres.
Las florecitas que hay en tu ventana
para mí no huelen.
Desde que te fuiste,
serrana, y no vuelves,
no sé qué dolores son estos que tengo,
ni dónde me duelen.
Esta cadenita,
mare, que yo llevo,
con los añitos que pasan, que pasan,
va criando hierro.
Los bienes son males,
los males son bienes…
Las mis alegrías, ¡cómo se me han vuelto
fatigas de muerte!
Toíta la tierra
la andaré cien veces,
y volveré a andarla pasito a pasito,
hasta que la encuentre.
Se quebró el jarrito
pintao del querer.
¡Cómo plateros ni artistas joyeros
lo puen componer!
La prueba del frío,
la prueba del fuego…
¡Cómo ha salido mi corasonsiyo
del mejor acero!
Yo corté una rosa
llenita de espinas…
Como las rosas espinitas tienen,
son las más bonitas.
El cristal se rompe
del calor al frío,
como se ha roto de alegría y pena
mi corasonsiyo.
Yo sentí el crujío
del cristalito fino que se rompe
del calor al frío.
Maresita’r Carmen,
guiarme los pasos,
pa que me aparte de la mala senda
que vengo pisando.
Las que se publican
no son grandes penas.
Las que se callan y se llevan dentro
son las verdaderas.
Rosita y mosquetas,
claveles y nardos,
en sus andares la mi compañera
los va derramando.
Negra está la noche,
sin luna ni estrellas…
A mí me alumbraban los ojitos garzos
de mi compañera.
La persona tuya
es lo que yo quiero.
Tenerte en mis brazos, mirarme en tus ojos
y comerte a besos.
En los caracoles,
mare, de tu pelo,
se me ha enredado el alma, y la vida,
y el entendimiento.
Horas de alegría
son las que se van…
Que las de pena se quedan y duran
una eternidad.
Cuéntame tus penas,
te diré las mías…
Verás cómo al rato de que estemos juntos
todas se te olvidan.
Estando contigo,
que vengan fatigas…
Puñalaítas me dieran de muerte,
no las sentiría.
La quiero, la quiero,
¿qué le voy a hacer?…
Para apartarla de mi pensamiento
no tengo poder.
¡Vaya un amaguito
tan dulce que tienen
los ojos azules que tanto me gustan…,
que tanto me ofenden!
Sin verte de día,
serrana, no vivo…
Y luego, a la noche, me quitas el sueño,
o sueño contigo.
Compañera mía,
tan grande es mi pena
que el sol, cuando sale, con tanta alegría
no me la consuela.
¡Mírame, gitana,
mírame, por Dios!
Con la limosna de tus ojos negros
me alimento yo.
“Castilla”.
El ciego sol se estrella
en las duras aristas de las armas,
llaga de luz los petos y espaldares
y flamea en las puntas de las lanzas.
El ciego sol, la sed y la fatiga
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.
Cerrado está el mesón a piedra y lodo.
Nadie responde… Al pomo de la espada
y al cuento de las picas el postigo
va a ceder ¡Quema el sol, el aire abrasa!
A los terribles golpes
de eco ronco, una voz pura, de plata
y de cristal, responde… Hay una niña
muy débil y muy blanca
en el umbral. Es toda
ojos azules, y en los ojos. lágrimas.
Oro pálido nimba
su carita curiosa y asustada.
“Buen Cid, pasad. El rey nos dará muerte,
arruinará la casa
y sembrará de sal el pobre campo
que mi padre trabaja…
Idos. El cielo os colme de venturas…
¡En nuestro mal, oh Cid, no ganáis nada!”
Calla la niña y llora sin gemido…
Un sollozo infantil cruza la escuadra
de feroces guerreros,
y una voz inflexible grita: “¡En marcha!”
El ciego sol, la sed y la fatiga…
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.
“Adelfos”
A Miguel de Unamuno
Yo soy como las gentes que a mi tierra vinieron
—soy de la raza mora, vieja amiga del Sol—,
que todo lo ganaron y todo lo perdieron.
Tengo el alma de nardo del árabe español.
Mi voluntad se ha muerto una noche de luna
en que era muy hermoso no pensar ni querer…
Mi ideal es tenderme, sin ilusión ninguna…
De cuando en cuando, un beso y un nombre de mujer.
En mi alma, hermana de la tarde, no hay contornos…;
y la rosa simbólica de mi única pasión
es una flor que nace en tierras ignoradas
y que no tiene aroma, ni forma, ni color.
Besos ¡pero no darlos! Gloria…. ¡la que me deben!
¡Que todo como un aura se venga para mí!
¡Que las olas me traigan y las olas me lleven,
y que jamás me obliguen el camino a elegir!
¡Ambición! No la tengo. ¡Amor! No lo he sentido.
No ardí nunca en un fuego de fe ni gratitud.
Un vago afán de arte tuve… Ya lo he perdido.
Ni el vicio me seduce ni adoro la virtud.
De mi alta aristocracia dudar jamás se pudo.
No se ganan, se heredan, elegancia y blasón…
Pero el lema de casa, el mote del escudo,
es una nube vaga que eclipsa un vano sol.
Nada os pido. Ni os amo ni os odio. Con dejarme,
lo que hago por vosotros, hacer podéis por mí…
¡Que la vida se tome la pena de matarme,
ya que yo no me tomo la pena de vivir! …
Mi voluntad se ha muerto una noche de luna
en que era muy hermoso no pensar ni querer…
De cuando en cuando un beso, sin ilusión ninguna.
¡El beso generoso que no he de devolver!
“Ars moriendi”
I
Morir es… Una flor hay, en el sueño
—que, al despertar, no está ya en nuestras manos—,
de aromas y colores imposibles…
Y un día sin aurora la cortamos.
II
Dichoso es el que olvida
el porqué del viaje
y, en la estrella, en la flor, en el celaje,
deja su alma prendida.
III
Y yo había dicho: «¡Vive!»
Es decir: ama y besa,
escucha, mira, toca,
embriágate y sueña…
Y ahora suspiro: «¡Muérete!»
Es decir: calla, ciega,
abstente, para, olvida,
resígnate… y espera.
IV
Era un agua que se secó,
un aroma que se esfumó,
una lumbre que se apagó…
Y ya es sólo la aridez,
la insipidez,
la hez…
V
La Vida se aparece como un sueño
en nuestra infancia… Luego despertamos
a verla, y caminamos
el encanto buscándole risueño
que primero soñamos;
… y, como no lo hallamos,
buscándolo seguimos,
hasta que para siempre nos dormimos.
VI
¡Y Ella viene siempre! Desde que nacemos,
su paso, lejano o próximo, huella
el mismo sendero por donde corremos
hasta dar con Ella.
VII
Lleno estoy de sospechas de verdades
que no me sirven ya para la vida,
pero que me preparan dulcemente
a bien morir…
VIII
Mi pensamiento, como un sol ardiente,
ha cegado mi espíritu y secado
mi corazón …
IX
El cuerpo joven, pero el alma helada,
sé que voy a morir, porque no amo
ya nada.






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