España. Mis amores

Santo Domingo de Silos, Burgos

septiembre 10, 2008

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Santo Domingo de Silos

Burgos, España

Es el mes de marzo. Los campos de la vieja Castilla empiezan a despertar del letargo invernal y las cigüeñas construyen sus nidos sobre las torres y campanarios que sus antepasados les enseñaron. Un año más, todo se repite con la misma cadencia. Y dentro de la abadía también hay un ritmo que se repite desde hace mil años.

Las últimas nieves del invierno se van retirando y los campos de cereales se visten con el verde de los primeros brotes. Bajo un cielo plomizo, bandadas de aves anuncian ruidosas la llegada inminente de la primavera.

El Monasterio de Silos nace entre los siglos VII al IX, fruto de la actividad de monjes ermitaños y pequeñas comunidades monásticas en esta comarca de Burgos. Pero es en el año 1041 cuando adquiere auténtica carta de naturaleza, con la llegada del abad Santo Domingo, que se hace cargo de él hasta el final de su vida, 32 años después.

A partir de entonces, la Abadía de Silos fue creciendo en importancia y pujanza. Se construyó su célebre claustro románico y edificios colindantes, y llegó a convertirse en epicentro cultural, así como relevante destino de peregrinaje.

La Abadía de Silos nunca tuvo el tamaño, importancia o influencia de otros grandes cenobios, como el de Cluny, Ripoll, Oña o Montecasino, pero sí destacó por su gran devoción hacia Santo Domingo y por el celo en conservar su mayor tesoro: los manuscritos.

Más recientemente, hace unos 25 años, los monjes de Silos realizaron una serie de grabaciones de cantos gregorianos que alcanzaron tal éxito que catapultaron el nombre del Monasterio, incluso más allá de nuestras fronteras.

En los Monasterios el claustro constituye la zona medular, especialmente en aquellos dedicados a la clausura y el retiro. Un espacio para pasear, meditar u orar al aire libre, pero también el lugar donde confluyen las piezas más importantes del conjunto arquitectónico, como la iglesia, la biblioteca, el acceso a las habitaciones, la Sala Capitular…

El segundo elemento en importancia era el Capítulo o Sala Capitular, el lugar desde donde se ejercía el gobierno del Monasterio o se elegía a su abad. También era el sitio donde los monjes eran citados para resolver sus diferencias en presencia del abad y de toda la comunidad. Precisamente de ahí viene la expresión popular «Le han llamado a capítulo».

Si por algo se caracteriza la iconografía del arte románico es por la riqueza en la decoración de los capiteles, y el claustro de Silos, presidido por un enorme ciprés de 30 metros de altura, es una de las expresiones más bellas de esta corriente cultural.

Los maestros carpinteros vistieron su techo con un delicado artesonado policromado, al tiempo que los artesanos canteros cincelaron animales, plantas y escenas de gran belleza en los capiteles, haciendo una obra maestra diferente de cada uno de ellos.

Y en cada esquina extraordinarios bajorrelieves cuentan la genealogía de Cristo, el viaje de Emaús, la Anunciación… Filigranas en la piedra que contrastan con la austeridad del resto del edificio, como exigía el arte románico.

En este Monasterio se cultivó la cultura como en ningún otro, creándose una escuela monástica de artes y oficios que aún hoy perdura. En aquellos siglos en los que la gente era iletrada, la escultura y el relieve en piedra de las paredes de los edificios religiosos eran los únicos «libros» que el pueblo campesino sabía leer. De ahí la importancia que tenían los trabajos de cantería.

Silos, en la época medieval, adquirió además gran renombre por los trabajos de esmalte que realizaba el entonces considerado como mejor orfebre del mundo conocido: el célebre Maestro de Silos, al que se debe el Frontal de Silos, una pieza de cobre esmaltado de casi dos metros en la que puede verse a Cristo con sus Apóstoles. Esta pieza, labrada para cubrir el sepulcro de Santo Domingo de Silos, está considerada como uno de los esmaltes más bellos del mundo.

A partir de aquellos siglos de la alta Edad Media y posteriores, los Monasterios vivieron su máximo esplendor, gozaron de gran poder e influencia política y llegaron a acumular grandes riquezas.

Entonces se creía que el ser enterrado dentro de un Monasterio garantizaba un lugar en el reino de los cielos. Así pues, las familias poderosas, reyes y nobles trataban de asegurar su enterramiento dentro de conventos y monasterios (y lo más cerca posible del altar), donando a las órdenes religiosas importantísimos bienes, heredades, tierras y herencias. Todo era poco con tal de conseguir un buen sitio donde ser enterrados.

La elección del lugar de sepultura, las misas, las intercesiones y bulas o las oraciones -a veces a perpetuidad- por el alma del difunto tenían un precio muy alto y suponían un negocio muy lucrativo para los monasterios. Así, Santo Domingo de Silos también se hizo con un importante patrimonio en bienes materiales y tierras.

Otro de los lugares eminentes de un monasterio era la cámara del tesoro, donde se guardaba el dinero de las ofrendas, los códices más valiosos y, sobre todo, las escrituras de propiedad de todos aquellos bienes que recibía. Hoy, en Silos existe un museo donde pueden verse hermosas piezas de orfebrería y hasta un antiquísimo tímpano de la iglesia primigenia.

Una de las piezas que más llama mi atención es un relicario exquisitamente esmaltado. Como su nombre indica, servía para guardar reliquias, y en aquella época los huesos de los santos causaban furor.

Los monasterios competían por tener las mejores reliquias y de esa forma conseguir más visitas de fieles, peregrinos y nobles. A mayor número de visitantes, mayor era la cantidad de óbolos y donativos que recibía el monasterio para sus arcas.

Debió ser entonces cuando se acuñó una frase que oí dentro de la Abadía: «La caridad cuesta dinero», y no sin razón, porque muchas de las ofrendas recibidas se gastaban en cobijar y alimentar gratuitamente a todo el que por allí pasaba.

Dentro del Monasterio parece que el tiempo se detuvo nadie sabe cuándo. Sin embargo, los días pasan imperceptiblemente.

Desde la ventana de mi celda veo el sol que se oculta tras las colinas del valle.

Suena de nuevo esa campanilla que anuncia por todas las estancias que el oficio de Vísperas va a comenzar. Me dirijo hacia el lugar de reunión, y por el camino veo aparecer por diferentes puertas siluetas silenciosas que van en mi misma dirección. Son los monjes que van a orar. Me siento con ellos en la sillería del Coro.

«Deus, in auditorium meum intende…» Comienza la oración, y el canto gregoriano se alza mansamente hacia las estrellas. Una sensación de paz me invade al tiempo que cierro los ojos.

Y oigo una voz en mi interior que me pregunta quedamente, a mí, que he viajado a las tierras más remotas, si no me falta el más extraordinario de los viajes, el que me llevará a conocer el lugar más recóndito: mi propio yo.

Extramuros, estas tierras castellanas son ricas en hierbas y plantas medicinales, y los monjes de Santo Domingo de Silos conocían sus secretos curativos. Entre ellos cabe destacar a Fray Isidoro Caracha, considerado uno de los mejores boticarios de la época.

En un rincón del claustro todavía se puede ver la antigua farmacia monacal con sus frascos, alambiques, hierbas, patas y astas de animales, así como todo un arsenal de libros con fórmulas para elaborar pócimas y ungüentos balsámicos.

No se sabe cuánto de química y cuánto de alquimia se practicó en este lugar, ya que los monjes -los grandes expertos en botánica y farmacología de la época- consideraban que el ejercicio de estas ciencias eran la mejor forma de orar a Dios. Por eso no es de extrañar que surgieran tantos clérigos botánicos.

Resulta curioso que las obras de Paracelso, prohibidas por la Inquisición, eran los libros más buscados y apreciados por los boticarios, así que es de suponer que muchas bibliotecas monásticas tuvieron copias clandestinas de las obras de este gran médico naturista que pensaba que si Dios había creado la enfermedad, también habría dispuesto el remedio, siendo labor del alquimista su hallazgo.

Y hablando de libros, otra de las zonas imprescindibles de un monasterio es su «scriptorium» y biblioteca, el lugar donde los monjes copiaban y guardaban los manuscritos. Esta labor contribuyó no sólo a preservar la cultura clásica, sino a transmitirla hasta nuestros días.

En la Edad Media, la lectura y escritura (siempre en latín) eran patrimonio exclusivo del clero, que se afanaba en conservar y poseer en sus estancias todo el conocimiento de la época.

La imprenta no existía, de ahí que los monjes copistas trabajaran a destajo confeccionando letra a letra códices de salmos, cantorales, manuscritos iluminados, hagiografías, Libros de Horas, Beatos, mapas y todo aquello que llegara al Monasterio.

Pero antes de empezar a escribir había que hacer el libro, ardua tarea que consistía en curtir, estirar, cortar y preparar pieles de oveja o carnero. Para un libro de dimensiones normales en la época (unas 300 páginas), eran necesarias las pieles de 70 animales.

Una vez construido el libro, se encuadernaba con madera y se dibujaban en las páginas las líneas paralelas, para que los monjes escribieran recto. Mientras, otros monjes preparaban las tintas naturales y pinturas con los que se iluminarían (ilustrarían) los textos.

La Abadía de Silos llegó a hacerse con un importante archivo de alrededor de 200 libros. Posteriormente, a mediados del siglo XVIII, la mayor parte de sus códices fueron vendidos en Madrid para conseguir algo de dinero con el que sufragar la restauración del antiguo monasterio y su claustro, prácticamente en ruinas.

Por fortuna, en 1880 llegaron a Silos los monjes de la Abadía de Ligugé (Francia) y se hicieron cargo de toda la restauración, así como de recuperar la mayoría de ejemplares de la legendaria biblioteca.

Pero no todos los libros pudieron ser recuperados. Ejemplares como la Biblia de Mazarino -el primer libro impreso en el mundo-, las Etimologías de San Isidoro -terminado de escribir en 1072 y una de las joyas silenses por su extraordinaria decoración- o el Liber Comicvs -libro sobre la antigua liturgia hispánica del que se dice que contiene notas marginales escritas de puño y letra del propio San Benito- fueron subastados y comprados por la Biblioteca Nacional de París.

Muy cerca, atravesando el cañón del río Mataviejas, hay un pueblo, Hacinas, que tiene unos robles fosilizados de… ¡120 millones de años de antigüedad!

 

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No Comments

  • Reply nico septiembre 20, 2008 at 8:04 pm

    ENHORABUENA, UN ARTICULO MUY BUENO

  • Reply Triana septiembre 20, 2008 at 11:03 pm

    Gracias Nico.

    Un abrazo.

  • Reply Wedding Speech Jokes abril 29, 2009 at 5:06 pm

    Another victory for the wonder of wordpress!

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