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    Posted on noviembre 30th, 2009

    Written by Triana

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    Escritores britanicos

     

     OW.jpg picture by TrianaAmigos

      Oscar Wilde

    Oscar Fingal O’Flahertie Wills, nació el 16 de octubre de 1854, en Dublín, Irlanda, que entonces formaba parte del Reino Unido.
    Murió el 30 de noviembre de 1900, en París.

    Está considerado como uno de los dramaturgos más importantes del “Londres victoriano tardío”, siendo además,  una celebridad de la época debido a su gran ingenio, sin embargo su reputación se vio arruinada tras ser condenado a dos años de trabajos forzados tras un juicio en el que se le acusó de “indecencia grave” por una comisión inquisitoria de actos homosexuales”.

     Hasta los nueve años su educación fue en casa, ingresando en 1864 en la Portora Royal School de Enniskillen, en el condado de Fermanagh (Irlanda),estudiando en ella  hasta 1871. A lo largo de esta etapa murió su hermana Isola. Esta muerte prematura inspiró a Wilde a escribir su poema:

     ”Requiescat”

    “Pisa ligeramente, ella está cerca,
    bajo la nieve;
    habla suavemente, ella puede oír crecer las margaritas.

    Toda su brillante cabellera dorada
    está empapada por la herrumbre;
    ella, que era joven y bella,
    se ha convertido en polvo.

    Semejante al lirio, blanca como la nieve,
    apenas sabía
    que era mujer,
    tan dulcemente había crecido.

    Las tablas del ataúd y una pesada losa
    se apoyan sobre su pecho;
    mi solitario corazón está afligido;
    ella descansa en paz.

    Silencio, silencio, ella no puede oír
    la lira o el soneto;
    toda mi vida está enterrada aquí,
    amontonad tierra sobre ella”.

    Traducido por: Julio Gomez de la Serna.

    Oscar Wilde recibió una gran influencia de John Ruskin y Walter Pater, escritores que defendían “la importancia central del arte en la vida”
    El mismo reflexionó irónicamente sobre este punto de vista en “El retrato de Dorian Gray” en el que escribía:”Todo arte es más bien inútil”

    Adquirió renombre especialmente por el papel que desempeñó en los movimientos estéticos y decadentes, comenzando  a llevar el pelo largo y a desdeñar abiertamente los deportes llamados “masculinos”, así como decorando su cuarto del College con plumas de pavo real, lilas, girasoles, porcelana erótica y  objetos de arte. Su comportamiento excéntrico frente a la norma masculina le costó que lo arrojaran  al río Cherwell además de que le destrozaran su cuarto (que aún se conservan como salas para estudiantes del College). Este culto se difundió en algunos segmentos de la sociedad hasta el punto  que “las actitudes lánguidas, las vestimentas exageradas y el esteticismo en general se convirtieron en una pose reconocida”.

    En 1884, contrae matrimonio con Constance Lloyd, hija de un rico abogado de Dublín, con la que tiene dos hijos: Ciryl y Vyvyan y desde entonces vive en su famosa casa de Tite Street, en el elegante barrio de Chelsea.

    “En 1895, en la cima de su carrera, se convirtió en la figura central del más sonado proceso judicial del siglo, que consiguió escandalizar a la clase media de la Inglaterra victoriana, Wilde, que había mantenido una íntima amistad con Lord Alfred Douglas (conocido como Bosie). Al enterarse el padre de éste, el marqués de Queensberry, le dejó una nota a Wilde en el club que frecuentaba: “Para Oscar Wilde, ostentoso somdomita [SIC]“. El escritor, animado por Bosie, denunció al marqués por calumnias, esgrimiendo la “amoralidad” del arte como defensa. Sin embargo, Óscar Wilde terminó siendo denunciado. Condenado a dos años de trabajos forzados en el juicio celebrado en mayo de 1895, salió de la prisión arruinado material y espiritualmente. Su peripecia en prisión fue descrita en dos obras: De Profundis, escrita a principios de 1897. Está, una extensa carta llena de resentimiento dirigida a Lord Alfred Douglas al final de su estancia en prisión, y The Ballad of Reading Gaol, poema donde el ahorcamiento de un compañero sirve como excusa para describir íntimos sentimientos sobre el mundo carcelario.

    Balada de la cárcel de Reading

    A la memoria de C. T. W.
    antiguo soldado de la Guardia Real de Caballería.
    Muerto en el Presidio de Reading, Berkshire, 7 de julio de 1896:

    I

    No vistió su chaqueta escarlata
        porque el vino y la sangre ya son rojos,
    y sangre y vino había en sus manos
        cuando lo hallaron con la muerta,
    la pobre que él amó
        y a quien en su lecho asesinara.

    Caminó entre los jueces
        vistiendo el gris raído
    con gorra en la cabeza
        y paso alegre y leve.
    Pero jamás vi a nadie que mirara el día
        con igual ansiedad.

    Jamás vi a nadie que mirara
        con ojos tan ansiosos
    la pequeña tienda azul
        que los presos llaman cielo,
    y a cada nube fugitiva
        que cruzaba con velamen de plata.

    Confinado en otros patios con otras almas
        en pena me preguntaba
    si había hecho algo grande
        o algo insignificante,
    cuando una voz me susurró al oído
        «ese hombre va a la horca».

    ¡Cristo! Los muros de la prisión
        de pronto parecían tambalearse
    y sobre mi cabeza era el cielo
        un casco de quemante acero.
    Y aunque era yo un alma en pena,
        mi pena sentir no podía.

    Supe qué pensamiento perseguido
        su paso apresuraba; supe por qué
    miraba el día brillante
        con ojos tan ansiosos.
    Había matado aquello que él amaba
        y tenía que morir.

                                   * * *

    Y sin embargo, cada hombre mata lo que ama.
        Que todos oigan esto:
    unos lo hacen con mirada torva
        otros con la palabra halagadora;
    el cobarde lo hace con un beso,
        con la espada el valiente.

    Matan algunos el amor de joven
        y otros cuando viejos;
    estrangulan algunos con manos de lujuria,
        otros con manos de oro:
    el más amable usa el puñal
        para que el frío llegue antes.

    Aman algunos poco tiempo, largamente otros.
        Hay quienes compran y también quienes venden.
    El acto es cometido a veces en el llanto
        y otras sin un suspiro.
    Pues todos matan lo que aman;
        pero no todos mueren.

    No muere una muerte de vergüenza
        un día de desgracia oscura;
    ni nudo al cuello en la garganta lleva
        ni paño sobre el rostro;
    ni caen los pies primero por el piso
        al espacio vacío.

                              * * *

    No se sienta con hombres silenciosos
        que lo vigilan noche y día,
    que lo vigilan cuando busca el llanto
        y también cuando busca la plegaria.
    Que lo vigilan; no sea que él mismo robe
        de la prisión la presa.

    No se despierta al alba para ver
        formas temibles en tropel por la celda:
    el aterido Capellán en su túnica blanca,
        el Alguacil adusto en su tristeza,
    el Director en esplendente traje negro
        y el amarillo rostro del Desastre.

    No se apresura en prisa lamentable
        a vestir el ropaje del convicto,
    y un Doctor mordaz se regodea
        notando el tic nervioso de cada pose nueva;
    y en la mano un reloj cuyos tictacs
        son como horribles golpes de martillo.

    No conoce la sed brutal que lija la garganta
        antes de que el verdugo
    se deslice con guantes de jardín
        por la puerta acolchada,
    y lo ate con tres correas para apagar por siempre
        la sed de la garganta.

    No baja la cabeza para oír
        la lectura del oficio mortuorio,
    mientras el temor de su alma
        le dice que no está muerto;
    ni se cruza con su propio ataúd
        al acercarse al cobertizo horrible.

    Ni mira fijamente el aire
        por un techo de vidrio;
    ni reza con labios de arcilla
        porque termine su agonía;
    ni siente en su mejilla vacilante
        el beso de Caifás.

     II
    Seis semanas nuestro soldado dio vueltas
        por el patio, vistiendo el gris raído,
    con gorra en la cabeza
        y paso alegre y leve.
    Pero jamás vi a nadie que mirara
        el día con igual ansiedad.

    Jamás vi a nadie que mirara
        con ojos tan ansiosos
    la azul tienda pequeña
        que llaman los presos cielo
    y a cada nube arrastrando
        sus enredados vellones.

    No retorció las manos como lo hacen
        los necios que se atreven a alentar
    a la Esperanza retadora
        en la misma cueva oscura de la Desesperación:
    Miró hacia el sol solamente
        y bebió el aire matinal.

    No retorció las manos ni lloró
        ni miró furtivamente o languideció;
    sino bebió el aire como si allí encontrara
        saludable calmante;
    la boca abierta bebió el sol
        como si fuera vino!

    Y yo y todas esas almas en pena
        que caminaban en el otro patio
    olvidamos si nosotros mismos
        habíamos hecho algo grande o algo insignificante,
    y contemplamos con asombro torpe
        al hombre al que iban a colgar.

    Pues era extraño verlo así pasar
        con paso tan alegre y leve,
    y extraño era verlo contemplar
        con tal ansiedad el día.
    Y pensar era también extraño
        en esa deuda que pagar tenía.
                                * * *

    El olmo, el roble tienen bellas hojas
        que brotan en la primavera:
    pero era horrible ver el árbol del cadalso
        con la raíz mordida por las víboras,
    y, verde o seco, debe morir un hombre
        antes de dar su fruto.

    El lugar más exaltado es ese trono de gracia
        al que aspira todo el mundo.
    ¿Pero quién se erguiría en correa de cáñamo
        en el alto patíbulo y echaría
    a través de collar asesino
        su última mirada al cielo?

    Dulce es bailar al ritmo de violines
        cuando la vida y el amor son justos;
    y extraño y delicado
        al ritmo de laúdes y de flautas;
    mas no hay dulzura cuando un ágil pie
        baila en e aire.

    Así, con curiosos ojos y aprehensión oscura
        lo observamos día a día,
    preguntándonos, si cada uno de nosotros
        terminaría de manera igual,
    pues nadie puede decir en qué Infierno rojo
        su alma ciega extraviarse podría.

    Por fin, el hombre muerto
        cesó de caminar entre los Jueces,
    y supe que estaba de pie
        en el negro redil del acusado
    y su rostro jamás vería otra vez
        en bienestar o desastre.

    Cual barcos condenados que en la tormenta se cruzan
        nuestras rutas se habían encontrado:
    no hicimos gesto alguno, no dijimos palabra,
        y no había palabra que decir;
    pues no nos encontramos en la noche sagrada
        sino en día de vergüenza.

    Un muro de prisión nos envolvía
        y éramos dos parias;
    nos arrojara el mundo de su corazón
    y Dios de su cuidado:
    la trampa de hierro nos había atrapado,
        aquella que el Pecado siempre espera.
     

    III

    En el Patio de los Deudores
        son duras las piedras, húmedo el alto muro,
    y cuando tomaba el aire
        bajo el cielo plomizo
    a cada lado un guardia caminaba
        para que el hombre no muriera.

    A veces se sentaba con esos que guardaban
        su angustia día y noche;
    con quienes lo guardaban al llorar
        y al arrodillarse para el rezo.
    Con quienes lo guardaban, no sea que robara
        la presa del patíbulo.

    El Director era inflexible en aplicar
        las disposiciones de la Ley;
    el Doctor afirmó que la muerte
        era un acto científico;
    y dos veces al día lo visitaba el Capellán
        y dejaba su pequeño folleto.

    Y dos veces al día fumaba su pipa
        y bebía su cuarto de cerveza;
    su alma en actitud resuelta
        no dejaba escondrijo para el miedo.
    A menudo decía estar contento
        de que el día del verdugo se acercara.

    Pero por qué decía cosa tan extraña
        ningún guardián osaba preguntar;
    pues quien asume
        la misión de guardián
    debe sellar sus labios y transformar
        en máscara su rostro.

    De lo contrario, podría conmoverse,
        podría tratar de dar consuelo:
    ¿Y qué podría lograr la Piedad Humana
        acorralada en un Hoyo de Asesinos?
    ¿Qué palabra de gracia en tal lugar
        podría ayudar el alma de un hermano?
                                         * * *

    Cabizbajos por el ruedo
        hicimos el Desfile de los Locos.
    Nada nos importaba: sabíamos bien
        que éramos la Brigada del Diablo,
    y con cabeza rapada y pies de plomo
        nos prestamos a la alegre mascarada.

    Desgarramos la cuerda alquitranada
        con uñas romas, sangrantes;
    frotamos las puertas, fregamos los pisos
        y pulimos los barrotes brillantes;
    y madero tras madero el tablón jabonamos
        entre el estruendo de los cubos.

    Cosimos los sacos, rompimos las piedras
        y trabajó el taladro polvoriento:
    golpeamos las latas y gritamos los himnos,
        y sudamos en el molino,
    mas en el corazón de cada hombre
        quieto yacía el terror.

    Y se hallaba tan quieto que cada día
        se arrastraba cual ola sofocada por algas;
    y olvidamos nuestro destino amargo
        que espera por igual a pillo o necio,
    hasta que una vez, volviendo del trabajo con andar pesado
        pasamos junto a una tumba abierta.

    Con bostezo feroz el amarillo pozo
        a bocanadas parecía pedir algo viviente
    y aun el barro mismo clamaba por la sangre
        al ruedo de sediento asfalto.
    Sabíamos que antes que cierto alba aclarara
        un preso habría de ser colgado.

    Y entramos con el alma absorta
        en Muerte y Sueño y Hado.
    El verdugo con su valijita
        arrastraba los pies en la penumbra;
    yo temblaba, a tientas en camino
        hacia mi tumba numerada.
                              * * *
    Esa noche los vacíos corredores
        se llenaban de formas del Temor,
    y por toda la ciudad de hierro
        había pasos furtivos que no oíamos
    y a través de las barras que esconden las estrellas
        parecían asomarse caras blancas.

    Yacía como quien soñase
        en prados placenteros.
    Los guardias en custodia de su sueño
        no podían comprender
    que alguien durmiera ese sueño dulce
        tan cerca de un verdugo.

    Pero no hay sueño cuando debe haber llanto
        en quien nunca ha llorado.
    Y nosotros -el necio, el pillo, el impostor-,
        quedamos en vigilia interminable,
    y en cada seso en manos del dolor
        el terror de otro hombre se insinuaba.

    ¡Ay, es algo tan terrible
        sentir la culpa de otro!
    La Espada del Pecado penetraba
        hasta su empuñadura envenenada
    y nuestras lágrimas eran de plomo derretido
        pues la sangre no habíamos nosotros derramado.

    Los guardias con calzado de felpa se acercaban
        a cada puerta cerrada con candado
    y atisbaban con ojos consternados
        grises figuras en el suelo,
    preguntándose por qué se arrodillaban a rezar
        quienes jamás antes rezaran.

    ¡Rezamos toda la noche arrodillados,
        insensatos dolientes de un cadáver!
    Las agitadas plumas de medianoche
        agitaron las plumas funerarias.
    Y como el vino amargo de la esponja
        era el sabor del arrepentimiento.
                                     * * *

    El gallo gris cantó, cantó el gallo rojo
        mas el día no llegó:
    formas torcidas del Terror se agazaparon
        por los rincones donde yacíamos
    y cada espíritu maligno que vaga por la noche
        se nos aparecía.

    Pasaban deslizándose, ligeros
        cual viajeros en velo neblinoso;
    se mofaban de la luna bailando
        un rigodón de vueltas y pasos delicados,
    y con ritmo formal y gracia repugnante
        los fantasmas acudían a su cita.

    Con mueca consternada los miramos pasar,
        esbeltas sombras tomadas de la mano;
    giraron y giraron en grupos fantasmales
        y bailaron allí la lenta zarabanda:
    ¡Condenados grotescos hicieron arabescos
        como el viento en la arena!

    Y con piruetas como de marionetas
        sus pasos afilados tropezaron;
    llenaron los oídos con las flautas del Miedo
        en esa horrible mascarada,
    y a toda voz cantaron mucho tiempo
        pues cantaban para despertar los muertos.

    «¡Oh!», cantaban, «¡ancho es el mundo
        pero cojean las extremidades aherrojadas!
    Y tirar los dados una vez o dos veces,
        es juego caballeresco
    pero no gana jamás quien con el Pecado juega
        en la secreta Casa de la Vergüenza.»

    No eran cosas de aire esas bufonadas
        que con tal júbilo retozaban
    para hombres con vidas en grilletes,
        cuyos pies jamás serían libres.
    ¡Ah! ¡Por las heridas de Cristo! Eran algo viviente
        y algo horrible de ver

    Girando y girando devanaron el vals,
        dieron vueltas algunos en parejas sonrientes;
    con el paso afectado de un viajante,
        algunos se acercaron con sigilo al peldaño
    y con burla sutil y mirar de malicioso servilismo
        todos ayudaron a decir nuestras preces.

    Comenzó su lamento el viento matinal
        pero la noche continuó;
    en su enorme telar la red de la tristeza
        se extendió hasta que cada hebra fue hilada:
    y al rezar, nuestro miedo creció
        ante la justicia del sol.

    Vagó con su lamento el viento
        por los muros llorosos de la cárcel.
    Hasta que como rueda de acero giratorio
        sentimos los minutos que avanzaban a rastras:
    ¡oh, viento clamoroso! ¿Qué habíamos hecho
        para merecer tal alguacil?

    Al fin pude ver los barrotes sombreados
        cual enrejado que forjado en plomo
    se moviese por el muro blanqueado
        frente a mi camastro de tablas
    y supe que en un lugar del mundo
        era roja el alba horrible de Dios.

    Limpiamos nuestras celdas a las seis,
        todo era calmo a las siete,
    pero el susurro y el vaivén del viento
        colmaba la prisión:
    con su aliento helado el señor de la Muerte
        había entrado a matar.

    Y no pasó en purpúreo esplendor
        ni montó corcel de blanco lunar.
    Tres yardas de cuerda y un tablón
        es lo que la horca necesita:
    y así con cuerda de vergüenza el Heraldo llegó
        a perpetrar la acción secreta.

    Éramos como hombres que a través de un pantano
        de inmunda oscuridad a tientas van.
    No osamos murmurar una plegaria
        ni tampoco alentamos nuestra angustia,
    algo muerto se encontraba en nosotros
        y eso muerto era la Esperanza.

    La justicia del hombre inexorable avanza
        y no habrá de apartarse:
    mata al débil, mata al fuerte
        en mortífera zancada:
    ¡mata con taco de hierro
        el monstruoso parricida!

    Esperamos que sonaran las ocho.
        Con la lengua hinchada por la sed
    pues el octavo golpe era el Destino
        que hace a un hombre maldito.
    Y usará el Destino un nudo corredizo
        para el hombre mejor y para el peor.

    Nada teníamos que hacer,
        sólo esperar que la señal llegara.
    Así como piedras en valle solitario
        mudos e inmóviles quedamos;
    pero cada corazón latía agitado e intenso,
        cual tambor de un demente.

    En súbita conmoción el reloj de la prisión
        golpeó el aire estremecido
    y de toda la cárcel una queja se elevó
        de impotente desespero.
    Como el gemido que oyen pantanos asustados
        de algún leproso en su cueva.

    Y como quien ve algo horrible
        en el cristal de un sueño,
    vimos la soga de cáñamo grasiento
        que montaba la viga ennegrecida
    y escuchamos el rezo que el nudo del verdugo estrangulara
        hasta que fuera un grito.

    Y toda la aflicción lo conmoviera tanto
        que soltó un grito amargo;
    y los locos pesares, los sudores sangrientos
        nadie los conocía como yo:
    quien vive más de una vida
        muere más de una muerte.
    IV

    No hay capilla esos días
        cuando cuelgan a un hombre:
    el corazón del Capellán está demasiado enfermo
        o su rostro demasiado macilento,
    o hay algo escrito en sus ojos
        que nadie debería ver.

    Así, nos tuvieron encerrados hasta casi el mediodía
        y sonaron entonces. las campanas.
    Los guardias con llaves tintineantes
        abrieron cada celda atenta,
    con estrépito bajamos la escalera de hierro
        dejando cada uno su separado Infierno.

    Salimos al dulce aire de Dios
        mas no del modo acostumbrado,
    pues este rostro estaba blanco de miedo
        y aquél estaba gris;
    jamás hombres tristes vi mirar el día .
        con ansiedad igual.

    Jamás hombres tristes vi
        que miraran con ojos tan ansiosos
    la azul tienda pequeña
        que los presos llamamos cielo
    y cada nube indiferente que pasaba
        en libertad tan feliz.

    Pero algunos de nosotros
        que íbamos cabizbajos bien sabíamos
    que habríamos elegido la muerte
        si hubiéramos podido.
    Mató él algo viviente,
        ellos mataron lo que estaba muerto.

    Pues quien peca una segunda vez
        despierta un alma muerta al dolor,
    sácala de su mortaja manchada
        y hace que sangre otra vez,
    la hace sangrar a borbotones
        ¡y hace que sangre en vano!
                        * * *

    Como mono o payaso en atuendo monstruoso
        y con flechas torcidas adornados
    dimos vuelta tras vuelta silenciosos
        por el asfalto resbaladizo del patio.
    Silenciosos marchamos vuelta tras vuelta
        y nadie pronunció palabra.

    Marchamos silenciosos
        y en cada mente vacía
    el recuerdo de algo horrible
        pasó como un vendaval
    y el Horror acechaba a cada hombre
        y detrás el Terror se arrastraba sigiloso.
          

                                    ***

    Los guardias se pavoneaban en idas y venidas
        cuidando sus rebaños de brutos;
    llevaban uniformes impecables
        o vestían los trajes de Domingo;
    sabíamos dónde habían estado:
        la cal viva manchaba sus zapatos.

    Pues donde ancha sepultura antes se abriera
        no quedaba más tumba.
    Sólo un tramo de arena y barro
        junto al horrible muro
    y un cúmulo de cal ardiente
        como su paño mortuorio.

    Pues tiene una mortaja ese desafortunado
        como muy pocos pueden reclamar:
    en lo profundo, bajo el patio de una prisión,
        desnudo, para mayor vergüenza,
    yace con los pies aherrojados
        envuelto en una sábana de llamas.

    Y todo el tiempo la cal ardiente
        devora carne y hueso,
    devora frágiles huesos en la noche
        y carne blanda de día;
    alterna carne con hueso;
        pero siempre devora el corazón.
    * * * * *
    Tres largos años estarán sin sembrar,
        sin plantar o cultivar allí;
    y por tres largos años el lugar infeliz
        será estéril, baldío,
    y mirará el cielo perplejo,
        con mirar sin reproche.

    Piensan que el corazón de un asesino infectaría
        cada semilla inocente que plantaran.
    ¡No es verdad! La tierra bondadosa de Dios
        es más generosa que lo que los hombres imaginan;
    la rosa roja florecería más roja
        y más blanca la blanca.

    ¡De su boca saldría una rosa muy roja
        y de su corazón una muy blanca!
    Pues, ¿quién puede decir de qué extraña manera
        Cristo saca a la luz Su voluntad
    desde que el cayado estéril que portó el peregrino
        floreciera a la vista del gran Papa?

    Pero ni a la nívea rosa blanca ni a la roja
        es permitido florecer en el aire de la prisión;
    pedazos de loza, guijarros, pedernal
        es lo que aquí nos dan:
    pues sabido es que las flores pueden restañar
        del desaliento al común de las gentes.

    Por eso, jamás la rosa roja ni la blanca
        caerá pétalo a pétalo
    en ese barro, esa arena
        junto al horrible muro de la cárcel,
    para decir a quienes dan pesadamente vuelta por el patio
        que el Hijo de Dios murió por todos.
    * * * * *
    Y, sin embargo, aunque el horrible muro
        lo cerca por cada lado
    y un espíritu no puede caminar de noche
        cuando se halla aherrojado,
    y puede sólo llorar cuando yace
        en tierra no consagrada,

    está en paz -este hombre desgraciado-,
        en paz, o pronto lo estará:
    nada hay que ya pueda enloquecerle,
        ni camina el Terror a mediodía
    porque la tierra oscura en que yace
        no tiene ni Sol ni Luna.

    Como a bestia lo colgaron;
        ni hubo siquiera un réquiem
    que tal vez trajera paz
        a su alma sobrecogida.
    Apresuradamente lo sacaron
        y lo escondieron en un hoyo.

    Los guardias lo desnudaron,
        lo entregaron a las moscas:
    se mofaron de la garganta grana e inflamada,
        y de los ojos que miraban rígidos.
    Entre risotadas le echaron el sudario
        en el que yace el convicto.

    El Capellán no se arrodilló a rezar
        junto a su tumba deshonrada:
    ni la marcó con esa Cruz bendita
        que Cristo dio a los pecadores,
    pero era el hombre de aquéllos
        por quienes Cristo descendiera.

    Pero todo está bien; solamente ha llegado
        hasta el límite que la vida ha fijado
    y lágrimas extrañas llenarán para él
        esa urna de piedad tanto tiempo destrozada.
    Quienes por él están desconsolados serán parias
        y los parias jamás hallan consuelo.
    V

    No sé si son Leyes justas
        o Leyes equivocadas;
    sabemos quienes estamos en la cárcel
        que el muro es muy poderoso,
    y que cada jornada es como un año
        de interminables días.

    Pero hay algo que sé; sé que toda Ley
        que los hombres han concebido para el Hombre,
    desde que el primero quitara la vida al hermano
        y así el triste mundo comenzara,
    desecha el trigo y la paja retiene
        con los aventadores más perversos.

    Y esto también sé -y sabio sería
        que todos lo supiéramos-
    que cada prisión que los hombres erigen
        está construida con ladrillos de vergüenza
    y cercada con rejas no sea que Cristo pueda ver
        cómo los hombre mutilan a sus hermanos.

    Con barrotes ocultan la luna clemente
        y ciegan el sol bienhechor:
    y bien hacen escondiendo tal Infierno
        pues allí se cometen tales actos
    que ni Hijo de Dios ni hijo de hombre
        jamás debería contemplar.
     

    * * * * *

    Los actos más viles, cual hierbas venenosas
        crecen lozanos en el aire de la prisión.
    Sólo aquello que en el hombre es bueno
        allí se arruina y se marchita:
    la pálida angustia guarda el pesado portal
        y el guardián es la desesperación.

    Hambrean al niño aterrado
        hasta que llora noche y día;
    azotan al débil y flagelan al necio;
        se mofan del viejo ceniciento
    y algunos enloquecen, y todos se malogran
        y nadie puede pronunciar palabra.

    Cada celda angosta que habitamos
        es una oscura letrina maloliente
    y cada apertura que cierran las barras
        es fétido aliento de Muerte viviente;
    y todo, menos la lascivia, se reduce a polvo
        en la máquina Humana.

    El agua salobre que bebemos
        lleva una baba nauseabunda
    el pan amargo que en las balanzas pesan
        está lleno de cal
    y el sueño no se acuesta jamás, camina
        con ojos desorbitados y llora al Tiempo.
    * * * * *

    Pero aunque el Hambre magro y la verde Sed
        luchan como víbora con áspid,
    poco nos interesa la pitanza carcelaria;
        porque aquello que enfría y mata por completo
    es que cada piedra levantada de día
        se torna en corazón de noche.

    Con la medianoche siempre en el corazón
        y el crepúsculo en la celda
    damos vuelta el manubrio o desgarramos la cuerda
        cada uno en su Infierno separado.
    Y es más terrible el silencio
        que el estrépito de cínica campana.

    Jamás se acerca voz humana
        para decir una palabra amable:
    y el ojo que por la puerta espía
        es duro, sin misericordia.
    De todos olvidados nos pudrirnos
        con cuerpo y alma mancillados.

    De tal modo herrumbramos la cadena de la Vida,
        solitaria, degradada,
    Y algunos hombres maldicen y otros lloran;
        los hay que no profieren lamento.
    Pero la eterna Ley de Dios es bondadosa
        y rompe también el corazón de piedra.
    * * * * *
    Y todo corazón que se destruye
        en la celda o en el patio de la prisión
    es igual que esa caja destruida
        que rindió sus tesoros al Señor
    y que llenó la casa impura del leproso
        con la fragancia del nardo más preciado.

    ¡Oh! Felices son los corazones que se rompen
        y ganan la paz que da el perdón.
    ¿De qué otro modo puede el hombre ordenar su vida
        y purificar su alma del Pecado?
    ¿Cómo si no por destrozado corazón
        puede Cristo Señor hallar su ingreso?
    * * * * *

    Y aquél de la inflamada y púrpura garganta,
        el de los ojos desorbitadas
    aguarda las manos sagradas
        que llevaron Ladrón al Paraíso.
    Y un destrozado corazón contrito
        el Señor no habrá de despreciar.

    El hombre que vestido de rojo lee la Ley
        otorgóle tres semanas de vida,
    tres semanas cortas solamente para restañar
        su alma de todas sus contiendas
    y limpiar de cada mancha de sangre
        la mano que sostuvo el puñal.

    Y con lágrimas de sangre limpió la mano
        que sostuvo el acero,
    pues tan sólo la sangre sangre limpia
        y tan sólo las lágrimas restañan;
    y aquella roja sangre que fuera de Caín
        tornóse en níveo sello de Jesús.

     VI

    “En la Cárcel de Reading, junto a la ciudad de Reading
        se encuentra un pozo de vergüenza
    en el que yace un desgraciado
        por dientes de fuego devorado.
    Yace en mortaja llameante
        y está su tumba sin nombre.

    Y allí, hasta que Cristo llame a los muertos,
        que en silencio descanse.
    No es necesario gastar lágrimas necias
        o entregarse a suspiros profundos:
    el hombre había matado lo que amaba
        y tenía que morir.

    Y todos matan lo que aman,
        que todos oigan esto;
    algunos lo hacen con mirada torva
        otros con la palabra halagadora,
    el cobarde lo hace con un beso,
        ¡con la espada el valiente!”

    Oscar Wilde.
    Traducción de:  E. Caracciolo Trejo
    Oscar Wilde, Poemas 2oo1 “Ediciones Colección de poesía RÍO NUEVO/XXVI”
    Barcelona, España
     

    En 1898, muere su esposa.
    Desengañado de la sociedad inglesa, en mayo de 1897 Oscar abandona definitivamente la cárcel. Pasó el resto de su vida en París, y se traslada ese mismo día a un pueblito costero al norte de este país, viviendo bajo el nombre falso de Sebastian Melmoth. Allí, y de la mano de un sacerdote irlandés de la Iglesia de San José se convirtió al catolicismo, fe en la que murió”
    El “Hotel d’Alsace”, en el que murió en el 13, rue de Beaux Arts en París, ha sido reemplazado por L’Hotel, un hotel en el se que puede alojarse en la habitación de Wilde, la número 16.
    En 1908, se publica la primera edición completa de las obras de Oscar Wilde.

     El ruiseñor y la rosa

    “- Ha dicho que bailaría conmigo si le llevaba unas rosas rojas -se lamentaba el joven estudiante-, pero no hay en todo mi jardín una sola rosa roja.

    Desde su nido de la encina oyole el ruiseñor. Miró por entre las hojas asombrado.

    -¡No hay una sola rosa roja en todo mi jardín! -gritaba el estudiante.

    Y sus bellos ojos se llenaban de lágrimas.

    -¡Ah, de qué cosa más insignificante depende la felicidad! He leído todo cuanto han escrito los sabios; poseo todos los secretos de la filosofía y tengo que ver mi vida destrozada por falta de una rosa roja.

    -He aquí por fin el verdadero enamorado -dijo el ruiseñor-. Le he cantado todas las noches, aun sin conocerle; todas las noches repito su historia a las estrellas, y ahora le veo. Su cabellera es oscura como la flor del jacinto y sus labios rojos como la rosa que desea; pero la pasión ha tornado su rostro pálido como el marfil y la pena le ha marcado en la frente con su sello.

    -El príncipe da un baile mañana por la noche -murmuraba el joven estudiante-, y mi adorada asistirá a la fiesta. Si le llevo una rosa roja, bailará conmigo hasta el amanecer. Si le llevo una rosa roja, la tendré en mis brazos. Reclinará su cabeza sobre mi hombro y su mano estrechará la mía. Pero no hay rosas rojas en mi jardín. Por lo tanto, tendré que estar solo y no me hará caso ninguno. No se fiará en mí para nada y mi corazón se desgarrará.

    -He aquí el verdadero enamorado -dijo el ruiseñor-. Sufre todo lo que yo canto: todo lo que es alegría para mí, para él es pena. Realmente el amor es una cosa maravillosa: es más precioso que las esmeraldas y más caro que los finos ópalos. Perlas y granates no pueden pagarle porque no se halla expuesto en el mercado. No puede uno comprarlo al vendedor, ni pesarlo en una balanza para adquirirlo a peso de oro.

    -Los músicos estarán en su estrado -decía el joven estudiante-. Tocarán sus instrumentos de cuerdas y mi adorada bailará a los sones del arpa y del violín. Bailará tan vaporosamente que su pie no tocará el suelo, y los cortesanos con sus alegres atavíos la rodearán solícitos; pero conmigo no bailará porque no tengo rosas rojas que darle.

    Y dejándose caer sobre el césped, hundía su cara en sus manos y lloraba.

    -¿Por qué lloras? -preguntaba una lagartija verde correteando cerca de él con su cola levantada.

    -Sí, ¿por qué? -decía una mariposa que revoloteaba persiguiendo un rayo de sol.

    -Eso es, ¿por qué? -murmuró una margarita a su vecina, con una dulce vocecilla.

    -Llora por una rosa roja.

    -¿Por una rosa roja? ¡Qué ridiculez!

    Y la lagartija, que era algo cínica, se echó a reír con todas sus ganas.

    Pero el ruiseñor, que comprendía el secreto de la pena del estudiante, permaneció silencioso en la encina, reflexionando en el misterio del amor.

    De pronto desplegó sus alas oscuras y emprendió el vuelo.

    Pasó por el bosque como una sombra, y como una sombra atravesó el jardín.

    En el centro del parterre se levantaba un hermoso rosal, y al verle voló hacia él y se posó sobre una ramita.

    -Dame una rosa roja -le gritó- y te cantaré mis canciones más dulces.

    Pero el rosal sacudió su cabeza.

    -Mis rosas son blancas -contestó-, blancas como la espuma del mar, más blancas que la nieve en la montaña. Pero ve en busca del hermano mío que crece alrededor del viejo reloj de sol y quizá él te dé lo que pides.

    Entonces el ruiseñor voló al rosal que crecía en torno del viejo reloj de sol.

    -Dame una rosa roja -le gritó- y te cantaré mis canciones más dulces.

    Pero el rosal sacudió su cabeza.

    -Mis rosas son amarillas -respondió-, tan amarillas como los cabellos de las sirenas que se sientan sobre un tronco de árbol, más amarillas que el narciso que florece en los prados, antes de que llegue el segador con su hoz. Pero ve en busca de mi hermano, el que crece debajo de la ventana del estudiante y quizá él te dé lo que pides.

    Entonces el ruiseñor voló al rosal que crecía debajo de la ventana del estudiante.

    -Dame una rosa roja -le gritó- y te cantaré mis canciones más dulces.

    Pero el arbusto sacudió su cabeza.

    -Mis rosas son rojas -respondió-, tan rojas como las patas de las palomas, más rojas que los grandes abanicos de coral que el océano mece en sus abismos; pero el invierno ha helado mis venas, las heladas han marchitado mis botones, el huracán ha partido mis ramas, y no tendré ya rosas en todo este año.

    -No necesito más que una rosa roja -gritó el ruiseñor-, una sola rosa roja. ¿No hay ningún medio para que yo la consiga?

    -Hay un medio -respondió el rosal-, pero es tan terrible que no me atrevo a decírtelo.

    -Dímelo -contestó el ruiseñor-. No soy asustadizo.

    -Si necesitas una rosa roja -dijo el rosal-, tienes que hacerla con notas de música, al claro de luna, y teñirla con la sangre de tu propio corazón. Cantarás para mí, con el pecho apoyado en mis espinas. Cantarás para mí durante toda la noche y las espinas te atravesarán el corazón: la sangre de tu vida correrá por mis venas y se convertirá en sangre mía.

    -La muerte es un buen precio por una rosa roja -replicó el ruiseñor- y todo el mundo ama la vida. Es grato posarse en el bosque verdeante y mirar al sol en su carro de oro y a la luna en su carro de perlas. Dulce es el olor de los nobles espinos. Dulces son las campanillas que se esconden en el valle y los brezos que cubren la colina. Sin embargo, el amor es mejor que la vida. ¿Y qué es el corazón de un pájaro comparado con el de un hombre?

    Entonces desplegó sus alas oscuras y emprendió el vuelo. Pasó por el jardín como una sombra y como una sombra cruzó el bosque.

    El joven estudiante permanecía tendido sobre el césped, allí donde el ruiseñor le dejó, y las lágrimas no se habían secado aún en sus bellos ojos.

    -Sed feliz -le gritó el ruiseñor-, sed feliz; tendréis vuestra rosa roja. La crearé con notas de música al claro de luna y la teñiré con la sangre de mi propio corazón. Lo único que os pido en cambio es que seáis un verdadero enamorado, porque el amor es más sabio que la filosofía, aunque ésta lo sea. Y más fuerte que el poder, aunque éste también lo sea. Sus alas son color de fuego y su cuerpo color de llama; sus labios son dulces como la miel y su aliento es como el incienso.

    El estudiante levantó los ojos del césped y prestó atención; pero no pudo comprender lo que le decía el ruiseñor, pues únicamente sabía las cosas que están escritas en los libros.

    Pero la encina lo comprendió y se puso triste, porque amaba mucho al ruiseñorcito que había construido el nido en sus ramas.

    -Cántame la última canción -murmuró-. ¡Me quedaré tan triste cuando te vayas!

    Entonces el ruiseñor cantó para la encina; y su voz era como el agua reidora de una fuente argentina.

    Al terminar su canción, el estudiante se levantó, sacando al mismo tiempo su cuadernito de notas y su lápiz de bolsillo.

    -El ruiseñor -se decía paseándose por la alameda-, el ruiseñor posee una belleza innegable, ¿pero siente? Me temo que no. Después de todo, es como muchos artistas, todo estilo sin nada de sinceridad. No se sacrifica por los demás. No piensa más que en la música y en el arte; como todo el mundo sabe, es egoísta. Ciertamente, no puede negarse que su voz tiene notas muy bellas. ¡Qué lástima que todo eso no tenga sentido alguno, que no persiga ningún fin práctico!

    Y volviendo a su habitación se acostó sobre su jergoncito y se puso a pensar en su adorada.

    Al poco rato se durmió.

    Y cuando la luna brillaba en los cielos, el ruiseñor voló al rosal y colocó su pecho contra las espinas.

    Y toda la noche cantó con el pecho apoyado sobre las espinas; y la fría luna de cristal se detuvo y estuvo escuchando toda la noche.

    Cantó durante toda la noche y las espinas penetraron cada vez más en su pecho y la sangre de su vida fluía de su pecho.

    Al principio cantó el nacimiento del amor en el corazón de un joven y de una muchacha; y sobre la rama más alta del rosal floreció una rosa maravillosa, pétalo tras pétalo, canción tras canción.

    Primero era pálida como la bruma que flota sobre el río, pálida como los pies de la mañana y argentada como las alas de la aurora.

    La rosa que florecía sobre la rama más alta del rosal, parecía la sombra de una rosa en un espejo de plata, la sombra de la rosa en un lago.

    Pero el rosal gritó al ruiseñor que se apretase más contra las espinas.

    -Apriétate más, pequeño ruiseñor -le decía-, o llegará el día antes de que la rosa esté terminada. Entonces el ruiseñor se apretó más contra las espinas y su canto fluyó más sonoro, porque cantaba el nacimiento de la pasión en el alma de un hombre y de una virgen.

    Y un delicado rubor apareció sobre los pétalos de la rosa, lo mismo que enrojece la cara de un enamorado que besa los labios de su prometida.

    Pero las espinas no habían llegado aún al corazón del ruiseñor; por eso el corazón de la rosa seguía blanco; porque sólo la sangre de un ruiseñor puede colorear el corazón de una rosa.

    Y el rosal gritó al ruiseñor que se apretase más contra las espinas.

    -Apriétate más, pequeño ruiseñor -le decía-, o llegará el día antes de que la rosa esté terminada. Entonces el ruiseñor se apretó aún más contra las espinas, y las espinas tocaron su corazón y él sintió en su interior un cruel tormento de dolor.

    Cuanto más acerbo era su dolor, más impetuoso salía su canto, porque cantaba el amor sublimizado por la muerte, el amor que no acaba en la tumba.

    Y la rosa maravillosa enrojeció como las rosas de Bengala. Purpúreo era el color de los pétalos y purpúreo como un rubí era su corazón.

    Pero la voz del ruiseñor desfalleció. Sus breves alas empezaron a batir y una nube se extendió sobre sus ojos.

    Su canto se fue debilitando cada vez más. Sintió que algo se ahogaba en la garganta.

    Entonces su canto tuvo un último fulgor. La blanca luna le oyó y olvidándose de la aurora se detuvo en el cielo.

    La rosa roja le oyó; tembló toda ella de arrobamiento y abrió sus pétalos al aire frío de la mañana. El eco le condujo hacia su caverna purpúrea de las colinas, despertando de sus sueños a los rebaños dormidos.

    El canto flotó entre los cañaverales del río, que llevaron su mensaje al mar.

    -Mira, mira -gritó el rosal-, ya está terminada la rosa.

    Pero el ruiseñor no respondió: yacía muerto sobre las altas hierbas, con el corazón traspasado de espinas.

    A mediodía el estudiante abrió su ventana y miró hacia afuera.

    -¡Qué extraña buena suerte! -exclamó-. ¡He aquí una rosa roja! No he visto una rosa semejante en toda mi vida. Es tan bella, que estoy seguro de que debe tener en latín un nombre enrevesado.

    E inclinándose, la cogió.

    En seguida se puso el sombrero y corrió a casa del profesor con su rosa en la mano.

    La hija del profesor estaba sentada a la puerta. Devanaba seda azul sobre un carrete, con un perrito echado a sus pies.

    -Dijisteis que bailaríais conmigo si os traía una rosa roja -le dijo el estudiante-. He aquí la rosa más roja del mundo. Esta noche la prenderéis cerca de vuestro corazón, y cuando bailemos juntos, ella os dirá lo mucho que os amo.

    Pero la joven frunció las cejas.

    -Temo que esta rosa no se armonice bien con mi vestido -respondió-. Además, el sobrino del chambelán me ha enviado varias joyas de verdad y ya se sabe que las joyas cuestan más que las flores.

    -¡Oh, a fe mía que sois una ingrata! -dijo el estudiante lleno de cólera.

    Y tiró la rosa al arroyo. Un pesado carro la aplastó.

    -¡Ingrato! -dijo la joven-. Os diré que os portáis como un grosero, y después de todo, ¿qué sois? Un simple estudiante. ¡Bah! No creo que podáis tener nunca hebillas de plata en los zapatos como las del sobrino del chambelán.

    Y levantándose de su silla, se metió en su casa. -¡Qué bobería es el amor! -se decía el estudiante a su regreso-. No es ni la mitad de útil que la Lógica, porque no puede probar nada; habla siempre de cosas que no sucederán y hace creer a la gente cosas que no son ciertas. Realmente, no es nada práctico, y como en nuestra época todo estriba en ser práctico, voy a volver a la filosofía y al estudio de la metafísica.

    Y dicho esto, el estudiante, una vez en su habitación, abrió un gran libro polvoriento y se puso a leer.”

    Oscar Wilde

     

     

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