Cuentos

Émile Zola: El paraíso de los gatos

abril 2, 2025


El pasado no es más que el cementerio de nuestras ilusiones.
EZ

Mi recuerdo al escritor naturalista francés en el aniversario de su nacimiento.

«El paraíso de los gatos»

Una tía me legó un gato de Angora que es ciertamente el animal más estúpido que haya conocido. He aquí lo que mi gato me explicó, una tarde de invierno, frente a las brasas calientes.

1
A la sazón yo contaba dos años, y era con toda seguridad el gato más gordo y más ingenuo que haya existido. A esta tierna edad ostentaba aún la vanidad de un animal que desprecia el calor del hogar. ¡Pero cuán agradecido debía de estar a la Providencia por haberme depositado en casa de su tía! La pobre mujer me adoraba. Tenía en el fondo de un armario un verdadero dormitorio, colchón de pluma y colcha triple. La comida valía tanto como la cama; ni pan, ni sopa, sólo carne, buena carne fresca.

Pues bien, entre todas estas comodidades, sólo tenía un deseo, un sueño, deslizarme por la ventana entreabierta y escaparme por los tejados. Las caricias me parecían pueriles, la suavidad de mi cama me producía náuseas, y estaba tan gordo que sentía asco de mí mismo. Y me aburría durante todo el día a causa de mi felicidad.

Debo confesarle que, estirando el cuello, había visto desde la ventana el tejado de enfrente. Aquel día, cuatro gatos se peleaban allí, con el pelo erizado, la cola en alto, rodando sobre la pizarra azul, al sol del mediodía, con exclamaciones de alegría. Nunca había contemplado un espectáculo tan extraordinario. Desde entonces, mi convencimiento fue total. La verdadera felicidad se encontraba sobre aquel tejado, tras la ventana que cerraban tan cuidadosamente. Me lo confirmaba el hecho de que así es como cierran las puertas de los armarios tras las que esconden la carne.

Demoraba el proyecto de huir. En la vida tenía que existir algo más que la carne fresca. Aquello consistía, sin duda, en lo desconocido, el ideal. Un día se olvidaron de cerrar la ventana de la cocina. Salté sobre un pequeño tejado que había debajo.

2
¡Qué hermosos eran los tejados! Los bordeaban anchos canalones que exhalaban deliciosos aromas. Recorrí voluptuosamente estos canalones, donde mis patas se hundían en un barro ligero, de tibieza y suavidad infinitas. Me parecía andar sobre terciopelo. Y hacía mucho calor al sol, un calor que fundía mi grasa. No le ocultaré que todo mi cuerpo temblaba. Mi alegría estaba también teñida de miedo. Recuerdo sobre todo una terrible emoción que estuvo a punto de hacerme caer de cabeza sobre el asfalto. Tres gatos, que procedían de la techumbre de una casa, se dirigieron hacia mí, maullando espantosamente. Y como yo desfallecía, me trataron de gordinflón, me dijeron que maullaban para reírse. Empecé a maullar con ellos. Era agradable. Los tipos no tenían mi estúpida grasa. Se burlaban de mí cuando yo resbalaba como una bola sobre las placas de zinc, recalentadas por el sol de mediodía. Un viejo gato callejero de la banda me adoptó especialmente como amigo. Se ofreció a dirigir mi educación, cosa que acepté con agradecimiento.

¡Ah, qué lejos quedaban los menudos de su tía! Bebí de los canalones un líquido mucho más dulce de lo que nunca me había parecido la leche de su tía. Todo me pareció bueno y hermoso. Pasó una gata, una encantadora gata cuya visión me llenó de una emoción desconocida. Sólo mis sueños me habían hablado hasta entonces de esas exquisitas criaturas cuya espina dorsal muestra una flexibilidad adorable. Nos precipitamos al encuentro de la recién llegada. Me adelanté a los demás, iba a cortejar a la encantadora gata cuando uno de mis camaradas me mordió cruelmente en el cuello. Lancé un grito de dolor.

—Bah —me dijo mi amigo viejo, apartándome—, ya verá usted muchas otras.

3
Al cabo de una hora de paseo, sentí un apetito feroz.

—¿Qué se come en los tejados? —pregunté a mi amigo, el viejo vagabundo.

—Lo que se encuentra —me contestó doctamente.

Esta respuesta me azoró, ya que por mucho que buscaba no encontraba nada. Finalmente divisé en una buhardilla a una joven obrera que preparaba su comida. Sobre la mesa, bajo la ventana, reposaba una hermosa costilla, de un rojo apetitoso.

—Esto es lo que me conviene —pensé con toda ingenuidad.

Y salté sobre la mesa, tomando la costilla. Pero la obrera, al verme, me asestó un terrible escobazo en la espina dorsal. Solté la carne, y escapé lanzando una blasfemia espantosa.

—¿Eres de pueblo o qué? —me dijo el gato—. La carne que está sobre las mesas está hecha para ser deseada de lejos. Hay que buscar en los canalones.

Nunca pude entender que la carne de las cocinas no perteneciese a los gatos. Mi barriga empezaba a hacerme serios reproches. Mi amigo acabó de desesperarme al decir que teníamos que esperar hasta la noche. Entonces bajaríamos a la calle y buscaríamos en los cubos de basura. ¡Esperar hasta la noche! Lo decía tranquilamente, con aire de filósofo curtido. Por mi parte, me sentía desfallecer sólo con pensar en un ayuno tan prolongado.

4
La noche llegó lentamente, una noche de niebla que me heló. Pronto empezó a llover, una lluvia fina, penetrante, azotada por bruscas ráfagas de viento. Descendimos por el ventanal de una escalera. ¡Qué fea me pareció la calle! Había desaparecido aquel calor tan agradable; el ancho sol, los tejados blancos de luz donde te podías repantingar deliciosamente. La grasa del asfalto hacía que mis patas resbalasen. Recordé con amargura mi colcha triple y mi colchón de pluma.

Apenas habíamos llegado a la calle cuando mi amigo, el viejo vagabundo, se puso a temblar. Se redujo tanto como pudo, y corrió con audacia a lo largo de las casas, diciéndome que lo siguiera con rapidez. Cuando encontró una puerta cochera, se refugió a toda prisa, dejando escapar un suspiro de alivio. Al interrogarlo acerca de aquella fuga:

—¿Ha visto aquel hombre que llevaba un canasto y un gancho? —me preguntó.

—Sí.

—Pues bien, si nos hubiera visto nos habría matado y comido asados.

—¡Asados! —exclamé—. ¿Pero entonces la calle no es nuestra? ¡En vez de comer, nos comen!

5
Entre tanto habían sacado la basura delante de las puertas. Hurgué los montones con desesperación. Encontré dos o tres huesos escuálidos, que habían sido arrojados a las cenizas. Entonces comprendí cuán suculentos eran los menudos de su tía. Mi amigo, el viejo gato, rascaba artísticamente la basura. Me hizo correr hasta la mañana, explorando cada adoquín, sin apresurarse en absoluto. Durante casi diez horas estuve sometido a la lluvia, todos mis miembros tiritaban. ¡Maldita calle, maldita libertad, cómo añoraba mi cárcel! Al llegar el día, el viejo gato, al ver que yo vacilaba:

—¿Ya tiene usted bastante? —me preguntó con aire extraño— ¿Quiere volver a casa?

—Ciertamente, pero ¿cómo encontrarla?

—Venga. Esta mañana, al verlo salir, me di cuenta de que un gato gordo como usted no estaba hecho para las ásperas alegrías de la libertad. Conozco su domicilio, voy a acompañarlo hasta la puerta.

Aquel digno gato decía esto con sencillez. Cuando hubimos llegado:

—Adiós —me dijo, sin exteriorizar la menor emoción.

—No —grité yo—, no nos separaremos así. Vendrá usted conmigo. Compartiremos la cama y la carne. Mi dueña es una buena mujer…

Él no me dejó acabar.

—Cállese —dijo bruscamente—, usted es tonto. Me moriría en su cálido hogar. Su vida holgada es buena para los gatos bastardos. Los gatos libres nunca comprarían su colchón de pluma y sus menudos al precio de una cárcel… Adiós.

Y volvió a subir a los tejados. Vi su gran silueta delgada estremecerse de placer con las caricias del sol naciente.

Cuando volví, su tía tomó el sacudidor y me administró un castigo que recibí con profunda alegría. Saboreé intensamente la voluptuosidad de tener calor y de ser castigado. Mientras ella me pegaba, yo imaginaba con delicia la carne que me iba a dar después.

—Ya lo ve usted —concluyó mi gato, estirándose frente al hogar— la verdadera felicidad, el paraíso, mi querido dueño, consiste en ser encerrado y castigado en una habitación donde haya carne. Me refiero a los gatos.

Émile Zola

De: Nuevos cuentos a Ninon – El paraíso de los gatos, 1874
Traducción: Mónica Maragall

Cuento original en francés:

«Le paradis des chats»

I
Une tante m’a légué un chat d’Angora qui est bien la bête la plus stupide que je connaisse. Voici ce que mon chat m’a conté, un soir d’hiver, devant les cendres chaudes.
J’avais alors deux ans, et j’étais bien le chat le plus gras et le plus naïf qu’on pût voir. À cet âge tendre, je montrais encore toute la présomption d’un animal qui dédaigne les douceurs du foyer. Et pourtant que de remercîments je devais à la Providence pour m’avoir placé chez votre tante ! La brave femme m’adorait. J’avais, au fond d’une armoire, une véritable chambre à coucher, coussin de plume en triple couverture. La nourriture valait le coucher ; jamais de pain, jamais de soupe, rien que de la viande, de la bonne viande saignante.

Eh bien! au milieu de ces douceurs, je n’avais qu’un désir, qu’un rêve, me glisser par la fenêtre entr’ouverte et me sauver sur les toits. Les caresses me semblaient fades, la mollesse de mon lit me donnait des nausées, j’étais gras à m’en écœurer moi-même. Et je m’ennuyais tout le long de la journée à être heureux.

Il faut vous dire qu’en allongeant le cou, j’avais vu de la fenêtre le toit d’en face. Quatre chats, ce jour-là, s’y battaient, le poil hérissé, la queue haute, se roulant sur les ardoises bleues, au grand soleil, avec des jurements de joie. Jamais je n’avais contemplé un spectacle si extraordinaire. Dès lors, mes croyances furent fixées. Le véritable bonheur était sur ce toit, derrière cette fenêtre qu’on fermait si soigneusement. Je me donnais pour preuve qu’on fermait ainsi les portes des armoires, derrière lesquelles on cachait la viande.

J’arrêtai le projet de m’enfuir. Il devait y avoir dans la vie autre chose que de la chair saignante. C’était là l’inconnu, l’idéal. Un jour, on oublia de pousser la fenêtre de la cuisine. Je sautai sur un petit toit qui se trouvait au-dessous.

II
Que les toits étaient beaux ! De larges gouttières les bordaient, exhalant des senteurs délicieuses. Je suivis voluptueusement ces gouttières, où mes pattes enfonçaient dans une boue fine, qui avait une tiédeur et une douceur infinies. Il me semblait que je marchais sur du velours. Et il faisait une bonne chaleur au soleil, une chaleur qui fondait ma graisse.

Je ne vous cacherai pas que je tremblais de tous mes membres. Il y avait de l’épouvante dans ma joie. Je me souviens surtout d’une terrible émotion qui faillit me faire culbuter sur les pavés. Trois chats qui roulèrent du faîte d’une maison, vinrent à moi en miaulant affreusement. Et comme je défaillais, ils me traitèrent de grosse bête, ils me dirent qu’ils miaulaient pour rire. Je me mis à miauler avec eux. C’était charmant. Les gaillards n’avaient pas ma stupide graisse. Ils se moquaient de moi, lorsque je glissais comme une boule sur les plaques de zinc, chauffées par le grand soleil. Un vieux matou de la bande me prit particulièrement en amitié. Il m’offrit de faire mon éducation, ce que j’acceptai avec reconnaissance.

Ah! que le mou de votre tante était loin : je bus aux gouttières, et jamais lait sucré ne m’avait semblé si doux. Tout me parut bon et beau. Une chatte passa, une ravissante chatte, dont la vue m’emplit d’une émotion inconnue. Mes rêves seuls m’avaient jusque-là montré ces créatures exquises dont l’échine a d’adorables souplesses. Nous nous nous précipitâmes à la rencontre de la nouvelle venue, mes trois compagnons et moi. Je devançai les autres, j’allais faire mon compliment à la ravissante chatte, lorsqu’un de mes camarades me mordit cruellement au cou. Je poussai un cri de douleur.

— Bah ! me dit le vieux matou en m’entraînant, vous en verrez bien d’autres.

III
Au bout d’une heure de promenade, je me sentis un appétit féroce.

— Qu’est-ce qu’on mange sur les toits ? demandai-je à mon ami le matou.

— Ce qu’on trouve, me répondit-il doctement.

Cette réponse m’embarrassa, car j’avais beau chercher, je ne trouvais rien. J’aperçus enfin, dans une mansarde, une jeune ouvrière qui préparait son déjeuner. Sur la table, au-dessous de la fenêtre, s’étalait une belle côtelette, d’un rouge appétissant.

— Voilà mon affaire, pensai-je en toute naïveté.

Et je sautai sur la table, où je pris la côtelette. Mais l’ouvrière m’ayant aperçu, m’asséna sur l’échine un terrible coup de balai. Je lâchai la viande, je m’enfuis, en jetant un juron effroyable.

— Vous sortez donc de votre village ? me dit le matou. La viande qui est sur les tables, est faite pour être désirée de loin. C’est dans les gouttières qu’il faut chercher.

Jamais je ne pus comprendre que la viande des cuisines n’appartînt pas aux chats. Mon ventre commençait à se fâcher sérieusement. Le matou acheva de me désespérer en me disant qu’il fallait attendre la nuit. Alors nous descendrions dans la rue, nous fouillerions les tas d’ordures. Attendre la nuit ! Il disait cela tranquillement, en philosophe endurci. Moi, je me sentais défaillir, à la seule pensée de ce jeûne prolongé.

IV
La nuit vint lentement, une nuit de brouillard qui me glaça. La pluie tomba bientôt, mince, pénétrante, fouettée par des souffles brusques de vent. Nous descendîmes par la baie vitrée d’un escalier. Que la rue me parut laide ! Ce n’était plus cette bonne chaleur, ce large soleil, ces toits blancs de lumière où l’on se vautrait si délicieusement. Mes pattes glissaient sur le pavé gras. Je me souvins avec amertume de ma triple couverture et de mon coussin de plume.

À peine étions-nous dans la rue, que mon ami le matou se mit à trembler. Il se fit petit, petit, et fila sournoisement le long des maisons, en me disant de le suivre au plus vite. Dès qu’il rencontra une porte cochère, il s’y réfugia à la hâte, en laissant échapper un ronronnement de satisfaction. Comme je l’interrogeais sur cette fuite :

— Avez-vous vu cet homme qui avait une hotte et un crochet? Me demanda-t-il.

— Oui.

— Eh bien ! s’il nous avait aperçus, il nous aurait assommés et mangés à la broche!

— Mangés à la broche ! m’écriai-je. Mais la rue n’est donc pas à nou ? On ne mange pas, et l’on est mangé !

V
Cependant, on avait vidé les ordures devant les portes. Je fouillai les tas avec désespoir. Je rencontrai deux ou trois os maigres qui avaient traîné dans les cendres. C’est alors que je compris combien le mou frais est succulent. Mon ami le matou grattait les ordures en artiste. Il me fit courir jusqu’au matin, visitant chaque pavé, ne se pressant point. Pendant près de dix heures je reçus la pluie, je grelottai de tous mes membres. Maudite rue, maudite liberté, et comme je regrettai ma prison!

Au jour, le matou, voyant que je chancelais :

— Vous en avez assez ? me demanda-t-il d’un air étrange.

— Oh ! oui, répondis-je.

— Vous voulez rentrer chez vous ?

— Certes, mais comment retrouver la maison ?

— Venez. Ce matin, en vous voyant sortir, j’ai compris qu’un chat gras comme vous n’était pas fait pour les joies âpres de la liberté. Je connais votre demeure, je vais vous mettre à votre porte.

Il disait cela simplement, ce digne matou. Lorsque nous fûmes arrivés :

— Adieu, me dit-il, sans témoigner la moindre émotion.

— Non, m’écriai-je, nous ne nous quitterons pas ainsi. Vous allez venir avec moi. Nous partagerons le même lit et la même viande. Ma maîtresse est une brave femme…

Il ne me laissa pas achever.

— Taisez-vous, dit-il brusquement, vous êtes un sot. Je mourrais dans vos tiédeurs molles. Votre vie plantureuse est bonne pour les chats bâtards. Les chats libres n’achèteront jamais au prix d’une prison votre mou et votre coussin de plume… Adieu.

Et il remonta sur ses toits. Je vis sa grande silhouette maigre frissonner d’aise aux caresses du soleil levant.

Quand je rentrai, votre tante prit le martinet et m’administra une correction que je reçus avec une joie profonde. Je goûtai largement la volupté d’avoir chaud et d’être battu. Pendant qu’elle me frappait, je songeais avec délices à la viande qu’elle allait me donner ensuite.

VI

Voyez-vous, – a conclu mon chat, en s’allongeant devant la braise, – le véritable bonheur, le paradis, mon cher maître, c’est d’être enfermé et battu dans une pièce où il y a de la viande.

Je parle pour les chats.

Émile Zola

De: Nouveaux contes à NinonLe paradis des chats, 1874

Émile Zola nació en París, Francia, el 2 de abril de 1840.
Escritor, Novelista, Periodista y Dramaturgo, está considerado como el padre y mayor representante del naturalismo literario y un contribuyente importante al desarrollo del naturalismo teatral.
Es uno de los novelistas franceses más populares y uno de los más publicados, traducidos y comentados en todo el mundo.
Dejó una huella indeleble en el mundo literario francés. Sus novelas han sido adaptadas numerosas veces para el cine y la televisión.
Fue una figura importante en la liberalización política de Francia y en la exoneración del oficial del ejército acusado falsamente y convicto Alfred Dreyfus, que está encapsulada en su famosa pieza de opinión titulada «¡J’accuse…!», que le costó el exilio de su país.
Fue candidato al primer y segundo Premio Nobel de Literatura en 1901 y 1902.
Su vida y obra han sido objeto de numerosos estudios históricos.
Murió en París, el 29 de septiembre de 1902. Sus restos descansan desde 1908 en el Panteon de París

También de Émile Zola en este blog:

«Émile Zola: El paraíso de los gatos»: AQUÍ

«Émile Zola: Sus mejores frases»: AQUÍ

«Émile Zola: Una jaula de fieras»: AQUÍ 

«Émile Zola: El ayuno»: AQUÍ

Bibliografía:

1864 Contes à Ninon (Cuentos a Ninon) Cuento
1865 La Confession de Claude (La confesión de Claudio) Cuento
1867 Les Mystères de Marseille Novela
1868 Thérèse Raquin (Teresa Raquin) Novela
1871 La Fortune des Rougon (La fortuna de los Rougon) Novela
1871 La Curée (La jauría) Novela
1873 Le Ventre de Paris (El vientre de París) Novela
1874 La Conquête de Plassans (La conquista de Plassans) Novela
1875 La Faute de l’Abbé Mouret (La caída del abate Mouret) Novela
1876 Son Excellence Eugène Rougon (Su Excelencia Eugène Rougon) Novela
1877 L’Assommoir (La taberna) Novela
1877 L’Attaque du moulin Cuento
1880 L’Inondation (La inundación) Novela
1880 Nana Novela
1883 Au Bonheur des Dames (El paraíso de las damas) Novela
1884 La Joie de vivre (La alegría de vivir) Novela
1885 Germinal (Germinal) Novela
1886 L’Œuvre (La obra) Novela
1887 La Terre (La tierra) Novela
1888 Le Rêve (El sueño) Novela
1890 La Bête humaine (La bestia humana) Novela
1891 L’Argent (El dinero) Novela
1892 La Débâcle (El desastre) Novela
1893 Le Docteur Pascal (El doctor Pascal) Novela
1894 Lourdes Novela
1896 Rome (Roma) Novela
1898 Paris (París) Novela
1899 Fécondité (Fecundidad) Novela
1901 Travail (Trabajo) Novela
1903 Vérité (Verdad) Póstumo
– Justice (solo notas preparatorias) –
1898 Messidor Poesía
1901 L’Ouragan Poesía
1861 Perrette Teatro
1874 Les Héritiers Rabourdin Teatro
1878 Le Bouton de rose Teatro
1880 La novela experimental Ensayo
1881 La escuela naturalista Ensayo
1881 El naturalismo en el teatro Ensayo

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