Fotografia, Poesia

Vivir en el Alcázar de Sevilla, vecinos de la Giralda

junio 21, 2010

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«Vivir en el Alcázar de Sevilla, vecinos de la Giralda»

Si vivir en Sevilla, es un lujo, tener tu casa edificada sobre las murallas del Real Alcázar, amanecer viendo a la Giralda desde tu ventana a escasos metros, es «mucho» … hoy os enseño las vistas desde la azotea de la casa que es de unos buenos amigos mios… juzgad.

«El Alcázar de Sevilla»

Romance I

Magnifico es el Alcázar
Con que se ilustra Sevilla,
Deliciosos sus jardines,
Su excelsa portada rica.
De maderos entallados
En mil labores prolijas,
Se levanta el frontispicio
De resaltadas cornisas;
Y hay en ellas un letrero
Donde, con letras antiguas,
Don Pedro hizo estos palacios
Esculpido se divisa.
Mal dicen en sus salones
Las modernas fruslerías;
Mal en sus soberbios patios
Gente sin barba y ropilla.
¡Cuántas apacibles tardes,
En la grata compañía
De chistosos sevillanos
Y de sevillanas lindas,
Recorrí aquellos verjeles,
En cuya entrada se miran
Gigantes de arrayán hechos
Con actitudes distintas!
Las adelfas y naranjos
Forman calles extendidas,
Y un oscuro laberinto
Que a los hurtos de amor brinda.
Hay en tierra surtidores
Escondidos; se inprovisan,
Saltando entre los mosaicos
De pintadas piedrecillas.
Y a los forasteros mojan,
Con algazara y con risa
De los que, ya escarmentados,
El chasco pesado evitan.
* * *

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En las tardes del estío,
Cuando al ocaso declina
El sol entre leves nubes,
Que de oro y grana matiza;
Aquel trasparente cielo
Con ráfagas purpurinas,
Cortado por un celaje
Que el céfiro manso riza;
Aquella atmósfera ardiente
En que fuego se respira,
¡Qué languidez dan al cuerpo!
¡Qué temple al alma divina!
De los baños, tan famosos
Por quien los gozó, la vista,
La del soberbio edificio,
Obra gótica y morisca,
Tétrico en partes, en partes
Alegre, y en el que indican
Los dominios diferentes,
Ya reparos, ya ruinas;
Con recuerdos y memorias
De las edades antiguas
Y de los modernos años,
Embargan la fantasía.
El azahar y los jazmines,
Que si los ojos hechizan,
Embalsaman el ambiente
Con los aromas que espiran;
De las fuentes el mumurio,
La, lejana gritería,
Que de la ciudad, del río,
De la alameda, contigua
De Trina y de la puente
Confusa llega perdida,
Con el son de las campanas
Que en la alta Giralda vibran,
Forman un todo encantado,
Que nunca jamás se olvida,
Y que, al recordarlo, siempre
Mi alma, y corazón palpitan.
* * *
Muchas de1iciosas noches,
Cuando aun ardiente latía
Mi ya helado pecho, alegres,
De concurrencia escogida,
Vi aquellos salones llenas,
Y a la juventud, cuadrillas
O contradanzas bailando
Al son de orquestas festivas.
En !as doradas techumbres
Los pasos, la charla y risas
De las parejas gallardas,
Por amor tal vez unidas,
Con el son de los violines
Confundidos se extendían,
Acordes ecos hallando
Por las esmaltadas cimbrias.
Mas ¡ay! aquellos pensiles
No he pisado un solo día,
Sin ver (¡sueños de mi mente!)
La sombra, de la Padilla,
Lanzando un hondo gemido,
Cruzar leve ante mi vista,
Como un vapor, como un humo,
Que entre los árboles gira;
Ni entré en aquellos salones,
Sin figurárseme erguida,
Del fundador la fantasma
En helada sangre tinta
Ni en el vestíbulo obscuro,
El que tiene en la cornisa
De los reyes los retratos,
El que en columnas estriba,
Al que adornan azulejos
Abajo, y esmalte arriba,
El que muestra en cada muro
Un rico balcón, y encima
El hondo artesón dorado,
Que lo corona y atrista,
Sin ver en tierra un cadáver.
Aun en las losas se mira
Una tenaz mancha obscura…
¡Ni las edades la limpian!…
¡Sangre! ¡Sangre!… ¡Oh cielos, cuántos
Sin saber lo que es la pisan!

Romance II

Quinientos años más joven
Era el magnífico Alcázar,
Aun lustrosas sus paredes,
Su alto almenaje sin faltas,
Y lucientes los esmaltes
De las techumbres doradas,
Mansión del rey de Castilla
Orgulloso se ostentaba,
Cuando del Mayo florido
Una. apacible mañana,
En aquel salón que tiene
Los balcones a la plaza,
Dos ilustres personajes
En grande silencio estaban:
Un caballero era el uno,
El otro una hermosa, dama.
* * *
Rica berberisca alfombra,
Del Rey moro de Granada
Don o tributo, cubría
Las losas de aquella cuadra.
Un cortinaje de seda
Con listas y flores varias
Matizado en el Oriente,
Que galeras venecianas
(Tal vez de su Dux regalo)
Trajeron a nuestra España,
Del abierto balconaje
El radiante sol templaba.
En el testero de enfrente,
De maderas cinceladas,
Un rico oratorio había
Con embutidos de nácar,
Y en él la imagen devota
De la Virgen soberana,
Escultura harto mezquina,
Mas no de atractivos falta,
De la cual era el adorno
Una corona, de plata,
Reverberando en. su cerco
Amatistas y esmeraldas.
Un manuscrito precioso
Con las oraciones santas,
Ornatos de miniatura,
Y de oro y marfil las tapas,
Colocado se veía
Sobre un atril, que formaban
De un ángel mal esculpido,
aunque con primor, las alas;
Y de brocado de oro
En el suelo una almohada,
Mostrando, por medio hundida,
De dos rodillas la marca,
En los muros blanqueados
Con cal de Morón, de caza
Pendían varios trofeos,
Banderas y limpias armas;
Y en una mesa o bufete,
Puesta en medio le la estancia,
Con un tapete cubierta,
Cuyos picos arrastraban,
Un templado laúd había,
Un rico juego de tablas,
Búcaros llenos de flores
Y un cofre de filigrana.
De un balcón sentóse cerca,
Muy pensativa la dama,
En un gran sillón dorado,
Cuyo respaldo formaba
Un dosel o guardapolvo
En una curva gallarda,
De castillos, de leones
Y de corona adornada.
Un vistoso brial de seda
Verde, y con labores varias
De sirgo y perlas, y en torno
De oro recamos y franjas,
Era su traje; una toca,
Muy más que la nieve blanca,
Y un claro cendal cubrían
Sus trenzas negras y largas.
Celestial era su rostro
Y divina su garganta,
Pero del color de cera,
Que miedo y penas retrata;
Dos soles eran sus ojos
Bajo las luengas pestañas,
Donde dos perlas preciosas,
Prontas a correr, brillaban.
Eva una fresca azucena,
A quien cruda muerte amaga,
Porque un corroedor gusano
Ya su hondo cáliz desgarra.
Ora un blanco pañizuelo,
Con puntas bordado y randas,
Revolvía con las manos
Convulsas y deslustradas,
Qra absorta y distraída,
Agitaba en torno el aura
Con un precioso abanico
De ricas plumas de Arabia.
Delgado era el caballero,
De estatura no muy alta,
Vivaces ojos, la boca
Inquieta, roja la barba,
Pálido y enjuto el rostro,
Nariz corva y afilada,
Noble su porte y siniestras
Y terribles sus miradas.
Envuelto en un rojo manto,
De oro bordado y con chapas,
Y una gorra en la cabeza
Puesta de lado con gracia,
De largo a largo medía
Con pasos lentos la estancia,
Y pasiones diferentes
Su mudo rostro mostraba.
A veces se enrojecía,
Arrojando fieras llamas
Por los encendidos ojos,
Hechos del infierno brasas;
Luego extendían los labios
Sonrisa feroz y amarga,
O en las doradas techumbres
Fijaba atroces miradas,
Bien apresurando el curso
De pie a cabeza temblaba,
Bien repuesto proseguía
Su paso noble con calma.
Así he visto al tigre fiero,
Ya tranquilo, ya con rabia,
Revolverse a todos lados
Dentro de la estrecha jaula.
Marchando sobre la alfombra,
No se oían sus pisadas,
Pero sordas le crujían,
Siempre que se meneaba,
Canillas y choquezuelas.
Diz que el cielo (¡cosa rara!)
De igual rumor ha dotado,
Allá en tierras muy lejanas,
Para que la evite el hombre,
A una serpiente que llaman
De cascabel, y que al punto
Que se acerca, pica y mata.
Doña María Padilla
Era la llorosa dama,
Y el callado caballero
El rey Don Pedro de España.

Romance III

Cual de solitaria torre
En torno están revolando
Fieras aves de rapiña,
Cuando el sol baja al ocaso,
Así en torno de Don Pedro
Vuelan pensamientos varios,
Cuyas sombras ofuscaban
De su semblante los rasgos.
Ya ocupa su airada mente
El poder de sus hermanos,
A los que mató la madre,
Y a quienes llama bastardos;
Ya de los grandes inquietos
La insolencia y desacato,
O la mengua del tesoro
Sin medios de repararlo;
Ya la linda Doña Aldonza,
A quien tiene a buen recaudo;
O las sangrientas fantasmas
De inocentes que ha matado;
Ya una proyectada empresa
Rompiendo la fe de un pacto,
Contra el moro granadino,
O una traición o un engaño.
Mas, como las mismas aves
Se van escondiendo al cabo,
Entre las almenas rotas
Del castillo solitario,
Y sólo constante queda,
En torno de él volteando,
La más voraz, la más fuerte,
La que no admite descanso,
Así aquel tropel confuso
De pensamientos extraños,
En que se encontró Don Pedro
Envuelto pequeño rato,
En su pecho y su cabeza
Fueron nidos encontrando,
Y quedó despierta y viva,
Dándole gran sobresalto,
La imagen de Don Fadrique,
El mejor de sus hermanos,
Norma de los caballeros
Y Maestre de Santiago.
* * *
Del rey de Aragón acaba
Don Fadrigue el esforzado
De conquistar a Jumilla,
Con noble denuedo y brazo;
Deja, en lugar de las barras,
Los castillos tremolando,
Y viene a entregar las llaves
A su Rey, señor y hermano.
Sabe el Rey que no es rebelde,
Que es su amigo y partidario,
Y más que a Tello y a Enrique
Lo está embravecido odiando.
Don Fadrique fué el que tuvo
De venir a Francia encargo
Por la reina doña Blanca,
Mas tardó en llevarla un año.
Con ella en Narbona estuvo…
Y un rumor corrió entre tanto
De aquellos que son ponzoña,
Ora ciertos, ora falsos.
Doña, Blanca está en Medina,
Y en una torre pagando
Las tardanzas del viaje,
Las hablillas de palacio;
Y el cuello de Don Fadrique
Está en los hombros intacto,
Porque tiene gran valía,
Poder mucho y nombre claro.
Mas ¡ay de él!… Es de las damas
El ídolo por su trato,
Por su gallarda presencia
Y por su esfuerzo bizarro;
Y si no da sombra al trono,
Porque es fiel, da, ¡mal pecado!
Al corazón duros celos,
Y esto es peor, si aquello es malo.
Doña María Padilla,
Cuyo entendimiento claro
Del regio amante penetra
Los más ocultos arcanos,
Y en quien la bondad del alma
Sobrepuja a los encantos
De su peregrino rostro
Y de su cuerpo gallardo,
Vive víctima infelice
De continuo sobresalto,
Porque al Rey ama, y le mira
A mal fin tender el paso.
Conoce que sobre sangre,
Persecuciones y llantos
No está nunca firme un trono,
Nunca seguro un palacio,
Y tiene dos tiernas niñas
Que con otro padre acaso,
Aunque ilegítimo fruto,
Pudieran todo esperarlo,
Ve en el insigne Fadrique
Un apoyo, un partidario;
Sabe que llega a Sevilla,
Y a voces le está indicando
De su fiero amante el rostro,
Que viene en momento aciago;
Y por aquietar sospechas,
O darles punto más alto,
Al fin, rompiendo el silencio,
Aunque con trémulos labios,
Osó hablar, y estas palabras
Entre los dos se mezclaron:
«Con que hoy llegará triunfante
Don Fadrique, vuestro hermano?»
«Y por cierto que ya tarda
En llegar aquí el bastardo.
¡Bien os sirve…!» «Sí; en Jumilla
Como un héroe se ha portado».
«De su lealtad os da prueba;
Es muy valiente». «Lo es harto».
«Ya estaréis, señor, seguro
De su pecho noble y franco».
«Aun más lo estaré mañana».
Enmudecieron entrambos.

Romance IV

Grande rumor se alza, y cunde
De armas, caballos y pueblo
De Sevilla por las calles,
Al Maestre recibiendo.
Suenan los vivas, unidos
Con los retumbantes ecos,
Que en la altísima Giralda
Esparce el bronce hasta el cielo,
Vase acercando la turba,
Pero se la escucha menos;
Ya a la plaza de palacio
Llega y párase en silencio;
Que la vista del Alcázar
Gozaba del privilegio
De apagar todo entusiasmo,
De convertir todo en miedo.
Quedó, pues, mudo el gentío,
Falto de acción y de aliento,
Para pisar la gran plaza
Con un mágico respeto;
Y el Maestre de Santiago,
Con algunos caballeros
De su Orden, entra, seguido
De corto acompañamiento.
Dirígese hacia la puerta,
Como aquel que va derecho
A encontrar de un buen hermano
El alma y brazos abiertos,
O como noble caudillo,
Que por sus gloriosos hechos
De un Rey a recibir llega
Los elogios y los premios.
Sobre un morcillo lozano,
Que espuma respira y fuego,
Y a quien contiene la brida
Si ensoberbece el arreo,
Muéstrase el noble Fadrique
Con el blanco manto suelto,
En que el collar y cruz roja
Van su dignidad diciendo;
Y una, toca de velludo
Carmesí lleva, do el viento
Agita un. blanco penacho
Con borlas de oro sujeto.
* * *
Pálido como la muerte,
El iracundo Don Pedro,
En cuanto entrar en la plaza
Vió al hermano desde lejos,
Como si de mármol fuera
Quedó del salón en medio,
Y en sus furibundos ojos
Ardió un relámpago horrendo,
Pero pronto en sí tornando,
Salióse del aposento,
Cual si del huésped quisiera
Buscar afable el encuentro.
Así que volver la espalda
Le vió la Padilla, lleno
El corazón de amargura
Y de llanto el rostro bello,
Alzase y sale turbada
Del balcón al antepecho,
Al gallardo Maestre indica,
Con actitudes y gesto,
Que llega en mal hora, y mueve
Por el aire el pañizuelo,
Diciéndole en mudas señas
Que se ponga en salvo luego.
Nada comprende Fadrique,
Y por saludos teniendo
Los avisos, corresponde
Cual galán y cual discreto.
Y a la ancha portada llega,
Do guardias y ballesteros
le dejan el paso libre,
Mas no entrada a su cortejo.
Si no conoció las señas
De la Padilla, Don Pedro
Las conoció, pues paróse,
Aun indeciso y suspenso,
De la cámara en la puerta
Un breve instante, y volviendo
Los ojos, vió que la dama
Agitaba el blanco lienzo.
¡ Oh Dios! ¿Fué esta acción tan noble,
De tan puro y santo intento,
La que 1lamó a los verdugos,
Y la que firmó el decreto?
* * *
Apenas puso el Maestre,
De dos solos escuderos
Seguido, el pie, confiado,
En el vestíbulo regio,
Donde varios hombres de armas,
Vestidos de doble hierro,
Paseándose guardaban
De la escalera el ingreso,
Cuando a uno de los balcones,
Como aparición de infierno,
El Rey se asoma, gritando:
Matad al maestre, maceros.
Siguió como en la tormenta
El súbito rayo al trueno,
Y seis refornidas mazas
Sobre Fadrique cayeron.
Llevó la mano al estoque,
Pero en el tabardo envuelto
Halló el puño, y fué imposible
Desenredarlo tan presto.
Cayó en tierra, un mar de sangre
Del roto cráneo vertiendo,
Y lanzando un alarido
Que llegó, sin duda, al cielo.
Voló al instante la nueva
De tan horrible suceso;
Apelaron a la fuga
Los frailes y caballeros;
Huyó a esconderse en sus casas,
Temblando de horror, el pueblo,
Y del Alcázar quedaron
Los alrededores desiertos.
* * *
Diz que el ver sangre embravece
Al tigre con tanto extremo,
Que prosigue los destrozos,
Aunque ya esté satisfecho
Su vientre, porque se goza
En teñir de rojo el suelo.
Sin duda, al Rey de Castilla
Le sucedía lo mesmo.
En cuanto vió a Don Fadrique
Desplomarse en tierra yerto,
Corrió por palacio todo
Buscando a, sus escuderos,
Que, trémulos y amarillos,
De aposento en aposento,
Huyen, sin hallar amparo,
Corren, sin hallar un puerto.
Por dicha logró fugarse
O esconderse el uno de ellos;
Sancho Villegas, el otro,
No fué tan feliz o diestro.
Viendo que el Rey le persigue,
Entróse de espanto muerto,
Donde estaba la Padilla
Desmayada y en su lecho,
Asistida por sus damas
Que están temblando de miedo,
Y con sus niñas al lado,
Angeles en alma y cuerpo.
Mirando allí el infelice
Aun perseguirle el espectro,
Que en asilos no repara,
Coge en sus brazos de presto
A Doña Beatriz, que apenas
Cuenta seis años completos,
Hija por quien el Rey tiene
El más cariñoso extremo.
Pero ¡ay! de nada le sirve…
En vano allá en el desierto
Con la cruz santa se abraza
El peregrino, si recio
Brama el Sur, si arde el espacio,
Si olas de arena, creciendo
Mar espantoso, confunden
La baja tierra y el cielo.
Con la niña entre los brazos,
Y de rodillas, el pecho
Traspasóle furibunda
La daga del rey Don Pedro.
Cual si no hubiese en palacio
Nada ocurrido de nuevo,
Se asentó el Rey a la mesa,
Como acostumbra, comiendo.
Jugó en seguida a las tabias,
Salió después a paseo,
Fué a ver. armar las galeras
Que han de ir a Vizcaya luego;
Y en cuanto cubrió la noche
Con, su manto el hemisferio,
Entró en la Torre del Oro,
Donde tiene en un encierro
A la linda doña Aldonza,
A la cual del monasterio
De Santa Clara ha sacado,
Y a la que idolatra ciego.
Fué un rato a hablar en seguida
Con Leví, su tesorero,
En quien tiene su privanza
Aunque es un infame hebreo,
Y muy tarde retiróse,
Sin más acompañaniento
Que un moro, su favorito,
Hombre bajo, por supuesto.
Entró en el tranquilo Alcázar,
Llegó al vestíbulo excelso,
Y en él paróse un instante
La vista en torno moviendo.
Una lámpara pendiente
Del artesonado techo
En derredor derramaba
Ya sombras, y ya reflejos.
Entre las tersas columnas
Dos hombres de armas, dos negros
Bultos paseaban solos,
Vigilantes y en silencio;
Y en tierra aun tendido estaba,
De un lago de sangre en medio,
El maestre Don Fadrigue
En su roto manto envuelto.
Se acercó el Rey, contemplóle
Con atención un momento,
Y notando que no estaba
Del todo su hermano muerto,
Pues aun respiraba acaso
Palpitante el hondo pecho,
Le dió con. el pie un empuje
Que hizo estremecer el cuerpo;
Desnudó la aguda daga,
Al moro la dió, diciendo:
«Acábalo», y, sosegado,
Subió y entregóse al sueño.

 Duque de Rivas

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  • Reply Bitacoras.com junio 21, 2010 at 8:28 pm

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