• Pnero2.jpg picture by TrianaTubes

     
    Leopoldo María Panero Blanc, nació en Madrid el 16 de Junio de 1948.

    Hijo del poeta Leopoldo Panero  y Felicidad Blanc, sobrino del poeta Juan Panero (1908-1937) y hermano del también poeta Juan Luis Panero y Michi Panero.

    Panero es el arquetipo de un malditismo cultivado tanto como repudiado,  cuenta con una espléndida biografía de J. Benito Fernández (El contorno del abismo, Tusquets, 1999) y se inserta en la historia literaria, las antologías y los programas académicos.

    El joven Leopoldo María, al igual que tantos descendientes de los prohombres del régimen franquista, se siente fascinado por la izquierda radical. Su militancia antifranquista constituirá el primero de sus grandes desastres y le valdrá su primera estancia en prisión”

    Precoz y maldito. A la edad de cinco años sorprendía a Dámaso Alonso con sus composiciones poéticas. En los ’60 debió ser internado varias veces en hospitales psiquiátricos, por excesos de drogas e intentos de suicidio. Más tarde diría: “Me autodestruyo para saber que soy yo y no todos los demás”. Pertenece, en España, a la generación del ’70, donde figuran autores como Pere Gimferrer, Manuel Vázquez Montalbán, José Miguel Ullán y Félix de Azúa, entre otros. En 2001 la Editorial Visor de España publicó su Poesía Completa 1970 -2000, bajo la edición de Túa Blesa.

    Panero tiene más de 14 libros de poemas publicados, algunos ensayos, traducciones y relatos.

    Actualmente y tras una vida llena de excesos y circunstancias adversas, reside en el Psiquiatrico de
    Mondragón

     
    Pavane Pour Un Enfant Défunt

    Se diría que está aún en la balaustra del balcón
    mirando a nadie, llorando,
    Se diría que eres aún visto como siempre
    que eres aún en la tierra un niño difunto.
    Se diría, se arriesga
    el poema por alguien
    como un disparo de pistola,
    en la noche, en la noche sembrada
    de ojos desiertos, los ojos solos
    de monstruos. Todos nosotros somos
    niños muertos, clavados en la balaustra como por encanto,
    como sólo saben esperar los muertos.
    Se diría que has muerto y eres alguien por fin,
    un retrato en la pared de los muertos,
    un retrato de cumpleaños con velas para los muertos.
    Pero a nadie le importan los niños, los muertos,
    a nadie los niños que viajan solos por el país de los muertos,
    y para qué, te dices, abrir los ojos al país de los ciegos,
    abrir los ojos hoy,
    mañana, para siempre. Era mejor Oeste, tierras vírgenes,
    héroes en los ojos
    de un cine desesperado, y los dioses que matan a los
    hombres feroces,
    los dioses más feroces que los hombres
    los dioses crueles de la infancia, los dioses
    de la inocente crueldad, pensabas que se alimentan de ciegos
    y de quienes mendigan su ser en una picaresca sórdida,
    si hombres hay, homicida. Pero aventura no hay, lo sabes,
    más que por alguien, para alguien, como un poema,
    como el riesgo de un vuelo en el aire sin tránsito. Y es por ello
    por lo que no hay infancia en el país desierto. Por ello también
    por lo que nadie podría jamás sospechar que conservas esa
    belleza demente de la infancia, ese furor contra lo útil de tu cuerpo,
    y esa mudez en los ojos, esa belleza
    sólo vendible al cielo del suicidio, sólo a esos ojos: esa existencia.
    Pero la vida sigue como el puente de Eliot,
    como un puente de muertos o un flujo
    de sombras que se cogen
    de la mano ciega en el lodo para saber que están muertos y viven.
    Esa vida de la que hablan
    en el infierno, entre sí los muertos, los alucinados, los absurdos,
    los orgullosos sonámbulos disputando con sangre
    una certeza alucinante; es un fuerte dios pardo.
    Una basta tragedia que hacen
    por navidades, los viejecitos, los difuntos,
    con personas de olvido, con máscaras y ritos de otros tiempos,
    rótulos de neón y fuegos fatuos: así obra desde entonces,
    desde entonces, esa raza
    misteriosa que pasa a tu lado sin mirarte o mirarse,
    desde entonces, desde el día primero
    en que te asomaste con pánico a su delirio. Desde que viven, quizá,
    desde que no hay tiempo sino destino y trazo
    de vida invulnerable a la decisión de una mirada fuerte.
    Quien es visto o quien cae en ese río sordo
    es lo mismo, es un muerto
    que se levanta día tras día para
    mendigar la mirada.
    Porque todos llevamos dentro un niño muerto, llorando,
    que espera también esta mañana, esta tarde como siempre
    festejar con los Otros, los invisibles, los lejanos
    algún día por fin su cumpleaños

    Leopoldo Maria Panero

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    This entry was posted on Miércoles, junio 16th, 2010 at 0:00 and is filed under Poesia. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.
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    1. Posted on junio 16th

      Información Bitacoras.com…

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    2. Posted on junio 17th

      Una biograf´´ia maldita vertida en poemas extrordinarios. La mente humana todo un misterio.
      Gracias por tus extraordinarias informaciones, querida Triana.
      UN beso.

    3. Posted on junio 18th

      Sabes Izaskun que Panero me llegó al alma hace mucho tiempo, resurge de sus miserias con como tu dices “peomas extraordinarios”

      Gracias a ti por estar aquí Izaskun.
      Un abrazo muy furte.

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