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    Pedro Salinas Serrano, nació en Madrid el 27 de noviembre de 1891
    Murió en Boston, 4 de diciembre de 19

    Estudió la carrera de Filosofía y Letras y dedicó toda su vida a la docencía en la Universidad, actividad que comenzó como lector en la de La Soborna, en la que se doctoró.
      En 1915 se casó con la alicantina Margarita Bonmatí a la que Salinas le escribió una carta de amor todos los días, epistolario recopilado en “Cartas de amor a Margarita” por su hija Soledad. Su hijo Jaime, tambien es escritor.
      En 1918 ganó una cátedra en la Universidad de Sevilla en la que tuvo de alumno a Luis Cernuda…  la biografía de Luis Salinas, está ampliamente difundida en la red, hoy solo quiero recordar como homenaje al aniversario de su nacimiento, algunos de sus versos, algunos de la primera obra que conocí de él siendo adoslecente y que contribuyó en gran manera en despertar el enorme amor que siento por la poesía: “La voz a ti debida

    De “La Voz a ti debida

    Versos 102 a 126

    ¡Si me llamaras, sí;
    si me llamaras!
    Lo dejaría todo,
    todo lo tiraría:
    los precios, los catálogos,
    el azul del océano en los mapas,
    los días y sus noches,
    los telegramas viejos
    y un amor.
    Tú, que no eres mi amor,
    ¡si me llamaras!
    Y aún espero tu voz:
    telescopios abajo,
    desde la estrella,
    por espejos, por túneles,
    por los años bisiestos
    puede venir. No sé por dónde.
    Desde el prodigio, siempre.
    Porque si tú me llamas
    «¡si me llamaras, sí, si me llamaras!»
    será desde un milagro,
    incógnito, sin verlo.
    Nunca desde los labios que te beso,
    nunca
    desde la voz que dice: «No te vayas».

    Versos 201 a 236

    “Mañana”. La palabra
    iba suelta, vacante,
    ingrávida, en el aire,
    tan sin alma y sin cuerpo,
    tan sin color ni beso,
    que la dejé pasar
    por mi lado, en mi hoy.
    Pero de pronto tú
    dijiste: «Yo, mañana…»
    Y todo se pobló
    de carne y de banderas.
    Se me precipitaban
    encima las promesas
    de seiscientos colores,
    con vestidos de moda,
    desnudas, pero todas
    cargadas de caricias.
    En trenes o en gacelas
    me llegaban —agudas,
    sones de violines—
    esperanzas delgadas
    de bocas virginales.
    O veloces y grandes
    como buques, de lejos,
    como ballenas
    desde mares distantes,
    inmensas esperanzas
    de un amor sin final.
    ¡Mañana! Qué palabra
    toda vibrante, tensa
    de alma y carne rosada,
    cuerda del arco donde
    tú pusiste, agudísima,
    arma de veinte años,
    la flecha más segura
    cuando dijiste: “Yo…”

    Versos 388 a 424

    Yo no necesito tiempo
    para saber cómo eres:
    conocerse es el relámpago.
    ¿Quién te va a ti a conocer
    en lo que callas, o en esas
    palabras con que lo callas?
    El que te busque en la vida
    que estás viviendo, no sabe
    mas que alusiones de ti,
    pretextos donde te escondes.
    Ir siguiéndote hacia atrás
    en lo que tú has hecho, antes,
    sumar acción con sonrisa,
    años con nombres, será
    ir perdiéndote. Yo no.
    Te conocí en la tormenta.
    Te conocí, repentina,
    en ese desgarramiento
    brutal de tiniebla y luz,
    donde se revela el fondo
    que escapa al día y la noche.
    Te vi, me has visto, y ahora,
    desnuda ya del equívoco,
    de la historia, del pasado,
    tú, amazona en la centella,
    palpitante de recién
    llegada sin esperarte,
    eres tan antigua mía,
    te conozco tan de tiempo,
    que en tu amor cierro los ojos,
    y camino sin errar,
    a ciegas, sin pedir nada
    a esa luz lenta y segura
    con que se conocen letras
    y formas y se echan cuentas
    y se cree que se ve
    quién eres tú, mi invisible.

    Versos 494 a 521

    Para vivir no quiero
    islas, palacios, torres.
    ¡Qué alegría más alta:
    vivir en los pronombres!

    Quítate ya los trajes,
    las señas, los retratos;
    yo no te quiero así,
    disfrazada de otra,
    hija siempre de algo.
    Te quiero pura, libre,
    irreductible: tú.
    Sé que cuando te llame
    entre todas las gentes
    del mundo,
    sólo tú serás tú.
    Y cuando me preguntes
    quién es el que te llama,
    el que te quiere suya,
    enterraré los nombres,
    los rótulos, la historia.
    Iré rompiendo todo
    lo que encima me echaron
    desde antes de nacer.
    Y vuelto ya al anónimo
    eterno del desnudo,
    de la piedra, del mundo,
    te diré:
    “Yo te quiero, soy yo”

    Versos 567 a 610

    Todo dice que sí.
    Sí del cielo, lo azul,
    y sí, lo azul del mar;
    mares, cielos, azules
    con espumas y brisas,
    júbilos monosílabos
    repiten sin parar.
    Un sí contesta sí
    a otro sí. Grandes diálogos
    repetidos se oyen
    por encima del mar
    de mundo a mundo: sí.
    Se leen por el aire
    largos síes, relámpagos
    de plumas de cigüeña,
    tan de nieve, que caen,
    copo a copo, cubriendo
    la tierra de un enorme,
    blanco sí. Es el gran día.
    Podemos acercarnos
    hoy a lo que no habla:
    a la peña, al amor,
    al hueso tras la frente:
    son esclavos del sí.
    Es la sola palabra
    que hoy les concede el mundo.
    Alma, pronto, a pedir,
    a aprovechar la máxima
    locura momentánea,
    a pedir esas cosas
    imposibles, pedidas,
    calladas, tantas veces,
    tanto tiempo, y que hoy
    pediremos a gritos.
    Seguros por un día
    —hoy, nada más que hoy—
    de que los «no» eran falsos,
    apariencias, retrasos,
    cortezas inocentes.
     Y que estaba detrás,
    despacio, madurándose,
    al compás de este ansia
    que lo pedía en vano,
    la gran delicia: el sí.
     

    Versos 702 a 739

    ¡Sí, todo con exceso:
    la luz, la vida, el mar!
    Plural todo, plural,
    luces, vidas y mares.
    A subir, a ascender
    de docenas a cientos,
    de cientos a millar,
    en una jubilosa
    repetición sin fin,
    de tu amor, unidad.
    Tablas, plumas y máquinas,
    todo a multiplicar,
    caricia por caricia,
    abrazo por volcán.
    Hay que cansar los números.
    Que cuenten sin parar,
    que se embriaguen contando,
    y que no sepan ya
    cuál de ellos será el último:
    ¡qué vivir sin final!
    Que un gran tropel de ceros
    asalte nuestras dichas
    esbeltas, al pasar,
    y las lleve a su cima.
    Que se rompan las cifras,
    sin poder calcular
    ni el tiempo ni los besos.
    Y al otro lado ya
    de cómputos, de sinos,
    entregamos a ciegas
    —¡exceso, qué penúltimo!—
    a un gran fondo azaroso
    que irresistiblemente
    está
    cantándonos a gritos
    fúlgidos de futuro:
    «”so no es nada, aún.
    Buscaos bien, hay más”

    Pedro Salinas

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    1. Posted on noviembre 27th

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