Poesia

Luis Rosales: Desde un umbral de sueño me llamaron

octubre 12, 2026


[…] que cuando Dios lo quiere se nos cansa el cuerpo,
se nos lleva,
se nos duerme a morir…

LR

«Desde un umbral de sueño me llamaron»

LA PALABRA DEL ALMA ES LA MEMORIA
y en el bosque donde vuelve a ser árbol cada huella
la sustancia del alma es la palabra;
la palabra donde todas las cosas extensas y reales
se encienden mutuamente y de nosotros,
se encienden mutuamente y conviviéndose desvarían
lo mismo que un espejo, que algunas veces, cuando lo
quiere Dios,
tiene unas décimas de fiebre,
porque todo es distinto y tú lo sabes.

HE LLEGADO A MI CUARTO, IGUAL QUE SIEMPRE, Y AL DESNUDARSE
me siento entumecido de alegría,
como si el cuerpo me sirviera de venda y me cegara,
y yo estuviera siendo
de una materia casi cristal de niño,
casi nieve de niño alucinado,
porque todo es distinto y tú lo sabes.
Sí, allí estaban los muebles,
allí estaba el armario,
allí estaba el perchero, manteniendo en el aire, como un acróbata,
los trajes, los silencios y los sombreros sucesivos;
allí estaba aquel lecho,
que desde hace varios años
viene siendo, generalmente, utilizado por mí como un desván
para arrumbar los sueños,
para arrumbar todos los sueños que se me quedan largos,
para arrumbar todos los cuerpos que se me quedan cortos
y demasiado usados,
todos los cuerpos míos que no me sirven ya para vivir;
y allí estaban los muros
por los cuales se escucha, durante todo el día, gotear la voz de las criadas,
gotear la humedad femenina,
la palabra que se resiente un poco de cojera,
la palabra insistente e ineludible,
frente a la cual, a veces, quisiéramos quedarnos sordos hasta los huesos,
y ahora no están aquí, no están conmigo,
¡y ahora ya no hay perchero, ni armario, ni lecho, ni humedad femenina en el muro!

HAY SÓLO UNA VENTANA —UNA VENTANA SOLA SOBRE EL AIRE—
y tras de la ventana veo encendida la habitación de enfrente,
la habitación que yo pensé que habitarían mis hijos.
No puedo comprenderlo;
desde que habito en esta casa no se ha encendido nunca —estoy seguro de ello—
no la he encendido nunca, y ahora ha llegado allí la luz
no sé de dónde,
no sé de cuándo,
y resplandece;
y como toda luz está diciendo un nombre,
y como en toda luz se siente una llamada,
me he vestido de prisa, me he vestido correctamente,
me he vestido como si estuviera situando un pelotón de soldados en la frontera,
en la misma frontera de mi alma,
para estar prevenido, para tener la seguridad de que había hecho
cuanto era necesario para vivir,
y salgo, y voy corriendo por el pasillo ciego,
y voy corriendo hacia la luz,
hacia la habitación que está encendida,
y rompiendo a callar mientras dice mi nombre.

—Hola, Luis, ¿cómo estás?—

Y ERA VERDAD, ERA VERDAD COMO UNA CALLE QUE NOS LLEVA A LA INFANCIA
como una calle que nos duerme, y que después de nieve puede volver aún…
y todavía,
puede hacerse real, y estar allí contigo, estar allí conmigo, tendiéndome la mano,
como el libro de música sobre el atril sigue esperando que alguien
pase la hoja que ya tiene cantada;
sí, era real, y por lo tanto era un milagro,
y estaba allí, mirándome
con aquella mirada suya, tan suave y tan honda, que parecía que iba
quemándose mientras miraba;
era como un milagro entre las mesas de oficina,
y las revistas que se escribieron como oficios que nunca han sido tramitados,
y los libros irreparables y caídos,
que ya no pueden ser abiertos, y están doblando entre sus hojas algo,
que vuelve a ser materia…

Y Juan estaba allí,
como había estado aquellos años que convivimos juntos,
como había estado siempre que yo pensaba en él,
desde aquel día
en que dejé de verle;
y estaba siempre igual, pero viviendo,
viviendo en aquel cuarto donde duermen mis hijos,
donde duermen los hijos que yo espero tener,
que yo quiero tener,
y estaba allí meciéndoles el sueño,
meciéndoles ya el sueño,
entre todos los objetos inútiles:
los archivadores de la botánica comercial,
los ficheros, la descolocación y los sillones basculantes,
levantándolo todo hacia la vida.

—Hola Luis, ¿cómo estás?—

Es Juan Panero quien me habla; murió y era mi amigo.
Y ahora,
después de nieve,
después de siempre,
ha venido, ha venido.

(¡Sí, tú también tendrás calle, tú siempre la tuviste, tú
siempre tienes calle para llegar a mí!)

Sí, ha sido Juan Panero quien me ha puesto en camino,
ha sido Juan Panero que murió hace diez años
y que ahora está conmigo porque siempre volvía.
Siempre era puntual;
hablaba poco,
hablaba muy despacio,
parecía que estuviera escribiendo,
parecía como un niño que pensaba escribiendo,
parecía como un niño que nos llevaba a todos de la mano.
Era proporcionado de sueño y estatura,
y no podía cambiar
porque estrenaba su vigoroso corazón a todas horas,
y ahora he vuelto a encontrarle,
ahora se encuentra aquí porque siempre volvía.

—TÚ TIENES UNA LUZ; TÚ SI LA TIENES; TÚ SIEMPRE LA HAS TENIDO;
callábamos los dos,
callábamos los dos para abrazarnos dentro de aquella parte de nuestro corazón,
donde no hubiera ruido,
donde no hubiera nieve amontonada que cegara la puerta,
donde no hubiera ya, sino una sola cosa.
Tenía que ser así; tenía que ser de esta manera,
llegando de este modo,

—Y tú Juan, ¿cómo estás? Y tú allí, ¿cómo estás?—

y tú seguías callado,
y tú callabas de una manera extraña como diciendo tu silencio,
y tú callabas volviéndote a morir para decirlo.

QUIZÁ PASABA EL TIEMPO; QUIZÁ VOLVÍA; QUIZÁ ESTABA ALLÍ, CON NOSOTROS, SENTADO
Está mucho mejor —pensaba yo—, ha crecido hacia el Cielo,
ha crecido hacia mí,
igual que una palabra convencida que se dice entre dos,
igual que un muerto que se siente crecer,
igual que un muerto «bueno» que continúa creciendo,
que puja y crece dentro de varios corazones
y en cada uno de ellos sigue cumpliendo, al mismo tiempo, distinta edad,
la edad de esta palabra mía,
de esta palabra que no he vuelto a escribir hasta verte de nuevo,
hasta poder hablarte como te estoy hablando ahora.
Quizá pasaba el tiempo; quizá volvía.

—¿Recuerdas a Piedad?
¿recuerdas que decías que ella no había nacido para cumplir
tus mismos años?—

Y tú sigues callado,
sigues callado ahora porque no puedes recordar,
porque tú lo ves todo al mismo tiempo,
lo estás viviendo todo ya junto y encendido.

—Y aún lo sigues viviendo, ¿no es verdad?—

Volvíamos de la clase
donde nosotros nos sentábamos entre el latín y entre el silencio de ella;
yo te había dicho: —Espera en el pasillo, ¡no seas tonto!,
no es preciso dar clase para estar a su lado.
Y tú me respondiste:
—No es eso, ¿sabes? Debo entrar, me es necesario entrar;
estoy acostumbrándome,
y aprendiendo a callar junto a ella.
Y lo aprendiste para siempre
porque tú tienes una luz; tú sí la tienes; tú siempre la tuviste,
una luz que era la que alumbraba esta habitación cuando yo la miré desde mi cuarto,
una luz que era una de las cosas que tú ya estabas siendo,
igual que estabas siendo marinero,
igual que estabas siendo una salida al campo,
igual que estabas siendo hombre;
y era una luz que tú podías vivir, que tú podías hablar, que tú decías,
que tú decías
con una voz tan quieta que se iba haciendo igual que un árbol,
que se iba haciendo árbol,
para repartirse de rama en rama entre aquellos que la escuchábamos,
y a cada uno nos hablaba de manera distinta,
nos hablaba quedándose en nosotros
como si no supiera ya volver contigo,
como si no siguiera siendo tuya, caritativamente tuya,
como si hubieras olvidado que vivías mientras que nos hablabas,
como si hubieras olvidado que nosotros te llamábamos Juan.

Tú lo sigues viviendo como entonces.
Volvíamos de clase
y el Guadarrama estaba allí,
haciéndose más alto cada día, más de nieve y tan alto
que era preciso crecer para mirarle.
En aquel tiempo
las compañeras no jugaban apenas,
no conocían su oficio
porque se tramitaban en latín durante todo el día,
y después
—ya después— y a la hora de acostarse,
se lloraban durmiendo,
se lloraban las unas a las otras, destituyéndose a sí mismas,
cristalizando todas sobre una sola lágrima,
llorándose entre todas
y entre todas igual.

Y la mañana aquella
era más dulce
que una sonrisa que se ha quedado quieta y ya no es tuya;
íbamos todos juntos; ¿iríamos todos juntos?:
Pilar, María Josefa, Concha, Piedad,
acaso Lola,
Luis Felipe y nosotros.
¿Recuerdas? María Josefa era muy tristemente,
muy hondamente verdadera,
tenía la boca joven como una huella recién pisada,
tenía la pena única,
tenía la pena de esos niños que se han quedado solos en la cocina de la casa cuando todos se van,
tenía la pena de esos niños que nunca son «mayores» cuando llega un viaje;
Concha era siempre alegre, siempre después de alegre,
y por este bautismo
era difícil contemplarla de tan clara que era;
pero más tarde, algo de su alegría
se nos quedaba como sal en los ojos,
se nos quedaba dentro y desvelándonos,
porque tenía una indeleble continuidad,
y cuando no soñaba al acostarse, se entristecía y enviudaba un poquito sobre su corazón,
porque pensaba que había perdido para siempre la noche.
Y Pilar, la dulcísima, la bendiciente,
la dolorosamente intransitable;
Y Lola;
y Luis Felipe que ya entonces vivía
con una vida proyectada, difícil y ejemplar,
y Piedad, que iba en medio del grupo y nos centraba a todos en la muerte
y era pequeña y cereal y terminantemente rubia…

Y AHORA JUAN SE REÍA, Y SEGUÍA HABLANDO Y SE REÍA,
tropezando un poquito en las palabras,
tropezando en la risa,
como cuando los niños bajan, saltando
alegremente de dos en dos, los peldaños de una escalera.
—No es rubia, Luis,
si tú supieras hasta cuándo no es rubia,
si tú supieras hasta cuándo no ha sido nunca así,
sino trigueña y candeal y oliendo a madera,
y humildemente alta porque era tímida de estatura;
si tú supieras, Luis, cómo sigue escondiéndose aún en los ojos que tiene,
en los ojos que son como una herida que mana sangre nuestra,
y por eso nos duelen cuando miran—.

ESTABA HABLANDO PARA SIEMPRE,
VIVIENDO PARA SIEMPRE, ARDIENDO PARA SIEMPRE,
y como me extrañaba su ardentía,
y como hablaba de tal modo,
que sus palabras, después de dichas, se quedaban inmóviles,
se quedaban completamente siendo
y se me convertían ante los ojos en cosas verdaderas,
yo le dije:

—Y sabes, Juan, que hablas
como si todavía la siguieras queriendo—;

pero anochece
cuando la luz termina de decir su palabra sobre el mundo,
cuando la luz

—Hasta mañana, Luis—

y ahora
la nieve de empezar a ser bastante
sigue cayendo,
y siento sus palabras que van haciendo un nudo con mi sangre
un nudo en aquel tiempo

—No lo olvides;
la muerte no interrumpe nada—

y
como empieza a latir el pulso de un enfermo,
se fue haciendo la niebla,
se fue haciendo el silencio cuando te fuiste, Juan.
y yo seguí contigo,
y yo seguí callado entre la sombra,
y yo seguí callando,
callando hasta nacer y hasta nacerte.

Luis Rosales

De: La casa encendida, II, 1949
Recogido en: La casa encendida, 1949  y Rimas, 1951 
Ed, Vitrubio 2010
ISBN: 978-84-92770-42-7
Recogido en: Luis Rosales – Poesía (Obras completas)
Ed. Trotta 1996©
ISBN: 978-84-8164-113-4

Luis Rosales Camacho nació en Granada, el 31 de mayo de 1910.
Poeta perteneciente a la Generación del 36′, enlazado al estilo de la generación anterior (27′), por su búsqueda estética y por la importancia de las imágenes, aunque sin pretensiones vanguardistas.
A grandes rasgos, el estilo literario de Rosales se caracteriza por:
El dominio de la técnica poética.
La construcción del poema bajo presupuestos de sencillez espiritual y sentimental.
El dominio y facilidad de uso del verso rimado o libre, según le convenga al tono del poema o al tema tratado.
La ausencia de adjetivos, resaltando la sustancia de las cosas.
En cuanto al contenido, se ha hablado de la poesía de Rosales como la «poesía de lo cotidiano». El amor aparece en toda su obra de forma sosegada y tranquila, así como la memoria y el recuerdo. El periodo de posguerra se caracteriza, además, por el sentimiento religioso.
Fue miembro de la Real Academia Española y de la Hispanic Society of America.
Obtuvo el Premio Cervantes en 1982, por el conjunto de su obra literaria.
Además recibió entre otros galardones:
Premio Nacional de Poesía 1951.
Premio Mariano de Cavia 1962.
Premio de la Crítica 1970 por El contenido del corazón.
Premio Miguel de Unamuno 1972.
Premio Nacional de Ensayo 1973.
Premio José Lacalle 1975.
Premio Ciudad de Melilla de Poesía 1981.
Premio Cátedra de Poesía Fray Luis de León – Ciudad de Salamanca 1982.
Medalla de honor de la Fundación Rodríguez Acosta 1986.
Murió en Madrid, el 24 de octubre de 1992.

También de Luis Rosales en este blog:

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«Luis Rosales: La tarde va a morir en los caminos»: AQUÍ

«Luis Rosales: ¿En donde empieza nuestra sombra?»: AQUÍ

«Luis Rosales: Día de la poesía»: AQUÍ

Bibliografía poética:

Abril – 1935
La mejor reina de España. (Figuración en prosa y verso) – 1939.
Retablo Sacro Del Nacimiento Del Señor – 1940
La Casa Encendida – 1949 (Premio Nacional de Poesía)
Rimas – 1951
El Contenido Del Corazón – 1969
Segundo abril – 1972
Canciones – 1973
Como El Corte Hace La Sangre 1974
Las puertas comunicantes (Antología) – 1976
Pintura escrita – 1978
Diario De Una Resurrección – 1979
La Carta Entera I – La almadraba – 1980
Verso Libre (Antología) 1980
Poesía reunida – 1981
La carta entera, II – Un Rostro En Cada Ola – 1982
Poesía reunida, Vol 2. 1975-1982 – 1983
Antología breve – 1983
La carta entera, III. Oigo el silencio universal del miedo – 1984
Poesía – Obra completa – 1996

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