Pintura

Antonio Fabrés: Realismo duro

junio 27, 2020


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Antonio Fabrés

Antonio María Fabrés y Costa nació en Barcelona, el 27 de junio de 1854.


Acuarelista, pintor y escultor, se formó en la Escuela de La Lonja de Barcelona, desde los 21 años, en la que estudió escultura.


En 1875 fue becado a Roma, ciudad en la que pronto dejó de realizar esculturas y se centró en la pintura casi exclusivamente.


En la capital italiana comenzó a practicar la acuarela, influenciado por Mariano Fortuny, que había muerto un año antes, técnica con la que rápidamente logró el éxito haciendo ilustraciones preciosistas para libros y revistas.


Su fama aumentó gracias a la burguesía italiana, con su imágenes exóticas orientalistas.


Volvió a Barcelona en 1886 y al año siguiente obtuvo segunda medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes con la acuarela «Por ladrón».
En 1894 viajó a París.


Su popularidad fue tan grande, que en 1904 fue reclamado por el presidente de México para ocupar el cargo de Inspector General de Bellas Artes.


Una de sus últimas obras en México fue la decoración de un pasillo en la casa de Porfirio Díaz, donde principalmente practicó el Art Nouveau,


En 1908 su fama decayó y volvió a Roma, fue entonces cuando el rey Alfonso XII adquirió «La esclava», que más tarde cedió al Museo de Arte Moderno, y posteriormente al Museo del Prado.


Dejó en México una gran amagalma de opiniones en sus alumnos; no obstante les legó un conocimiento profundo del dibujo, una gran capacidad para resolver escenas pictóricas complejas, y un gusto por lo exótico, armas que fueron decisivas para el nacimiento de la Escuela Mexicana y del muralismo.


La popularidad conseguida durante su década en Italia, le hizo posible abrir un estudio grande donde crear escenas complejas para las clases altas.


Su prestigio a nivel internacional aumentó, gracias al apoyo de su marchante Adolphe Goupil y los numerosos premios ganados.


Fue reconocido en toda Europa, siendo aclamado en Barcelona, Londres, París, Viena y Lyon.


El naturalismo y la denuncia de las diferencias sociales tuvieron en él un defensor acérrimo.


Fue un gran retratista que buscó, sobre todo, la mirada del retratado como elemento principal. Su preocupación por la luz le llevó a investigar su incidencia en los colores, tanto de interiores como de paisajes.


Al final de su vida fue duramente criticado cuando en 1926 decidió donar una importante cantidad de su obra al a la Junta de Museos de Cataluña.


A cambio de esta generosa donación pidió, que a un pasillo le fuera dado su nombre en el Museo Municipal de Bellas Artes de Barcelona, pero la institución nunca construyó ese pasillo, y aunque él protestara en numerosas ocasiones, nunca se cumplió lo pactado.


Actualmente estas obras se conservan en el Museo Nacional de Arte de Cataluña y en la antigua Casa del Comú, en Les Corts.


El Museo del Prado de Madrid alberga varias obras del pintor.


Murió en Roma, en 1936.


El inexorable paso del tiempo, y con él las diferentes generaciones historiográficas, le han ido olvidando.

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