Poesia

Juan Gil-Albert: El lujo

enero 31, 2014

“Un día el hombre vio llorar al ángel.
Algo había pasado en los espacios,
algo muy tierno o algo muy terrible…”

JGA

“El lujo”

Balada

«¿Dónde estás, dónde, en qué país extraño
has ido a hundir el rostro venerable
en el agua que aniña y que refresca
los insignes harapos? ¿A qué tierra

ignorada del hombre te volviste,
llorando los caudales misteriosos
de una gran deserción, de una congoja
de algo viejo y pesado que se hunde?

¿Por qué caminos fuiste abandonando
el gran oro del sol, cuando mirabas
temblar la tierra, llena del reflejo
de tus antiguos ojos de esmeralda?»

Pocos recuerdan ya tus esplendores,
algún anciano amable, alguna dama
que acaba de expirar te sonreía
en su dichoso espejo. Y eso es todo.

Tus huellas más recientes se han perdido
entre la ciudadana indiferencia
de este gran malestar, y algún objeto
sale a veces cual lívido fantasma

hasta el ceño y encono de unos ojos
endurecidos. Polvo y terciopelo
son hoy tristes hermanos que se aman.
Mas nosotros seguimos el camino.

Y sin embargo yo te recordaba,
porque de niño pude vislumbrarte
cuando, tus equipajes preparados,
brilló una extraña cola tras la puerta

del dorado salón. Yo nunca supe
si eras hombre o mujer, porque fue un goce
tan cálido aquel soplo amarillento
que tenía delante, que confieso

me perdió, cual trastorno, una molicie
fría y severa en torno a unos modales
cuyo recuerdo guardo como un santo
la verdad revelada. Ví un sombrero

tan hermoso, posado en la cabeza
de un ser extraordinario, con sus plumas
de bengala caídas con un dejo
de tal inolvidable negligencia,

que me rendí a la sombra de su influjo
ceremonioso. En una mesa antigua
vi unos guantes en tono de canela
escarchados de perlas diminutas.

Ajetreadas gentes se movían
sobre un musgo de púrpura, y abajo
de los anchos balcones esperaban
los landeaux, entre un humo delicioso

de caballos que piafan impacientes
con sus sombrías riendas perfumadas,
y el primitivo fuego en las antorchas
de los ujieres, pálidos de muerte.

La voz timbrada de una dulce amiga
me dijo adiós, y al ir con reverencia
a besarle la mano en que oprimía
un haz de violetas como el cetro

de una divinidad, vi tras los velos
espesos que cubrían su semblante
como un tigre que enfunda su fiereza
con felina elegancia. Nunca supe

si era hombre o mujer. Salieron todos
con un frou-frou radiante de festines
y bailes, algo lúgubres en cambio.
Oí que los cocheros repetían:

«¡Hacia San Petersburgo!» En poco tiempo
todo había pasado. Y estas luces,
que alumbran como estrellas en el cielo
el tétrico paisaje de la Historia

se irán helando en siglos y distancias,
en silencioso polvo diamantino,
cual una nebulosa diadema
inalcanzable al ansia del arqueólogo.

Juan Gil-Albert

Juan de Mata Gil Simón, nombre real de Juan Gil-Albert Simón, nació en Alcoy, Alicante, el 1 de abril de 1904.
Poeta y ensayista, vanguardista y surrealista en sus inicios, poseedor de un gran y cuidado estilo, se muestró más comprometido con la realidad de su tiempo a raíz de su experiencia durante la Guerra Civil española y el exilio, de 1939 a 1947 en México y Argentina.
Regresó a Valencia en 1947, viviendo un exilio interior, por lo que algunos críticos lo consideran un miembro descolgado y aislado de la Generación del 27′.
Murió en Valencia, el 4 de julio de 1994.

Otros poemas de Juan Gil-Albert en este blog:

“Juan Gil-Albert: Las lágrimas”: AQUÍ

“Juan Gil-Albert: Sobre unos lirios, de Las ilusiones”: AQUÍ

“Juan Gil-Albert: Las violetas”: AQUÍ

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  • Reply Bitacoras.com enero 31, 2014 at 3:18 pm

    Información Bitacoras.com

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  • Reply Recordando a Juan Gil-Albert: Los muchachos | Trianarts abril 2, 2014 at 11:51 am

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  • Reply Mi recuerdo a Juan Gil-Albert: Las mentiras » Trianarts abril 1, 2015 at 12:12 am

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