Poesia

Thomas Gray: Elegía sobre un cementerio de aldea

mayo 17, 2018

“… El viento duerme; en derredor impera
Quietud solemne, funeral reposo…”

TG

“Elegía sobre un cementerio de aldea”

El toque de campana dobla al caer la tarde,
y el balar del rebaño cruza tranquilo el prado;
vuelve a casa el labriego con su paso cansado,
dejándonos el mundo a la noche y a mí.

El desvaído paisaje va perdiendo colores
y en todo el aire flota una solemne calma,
que sólo rompe el ruido del moscardón volando
y el cencerreo monótono de lejanos rebaños;

de la torre a lo lejos recubierta de hiedra
la afligida lechuza a la luna se queja
de los que merodean por sus íntimas ramas,
perturbando su antiguo y desierto dominio.

Bajo estos toscos olmos, a la sombra del tejo,
donde la hierba crece en sinuosos montones,
yaciendo para siempre, en sus angostas celdas,
los sencillos ancestros de la aldea reposan.

Ni el alegre reclamo del alba perfumada,
el vencejo gorjeando sobre los cobertizos,
el gallo cantarín o el eco de las cuernas
podrán ya levantarlos de sus humildes lechos.

Para ellos nunca más calentará ya el fuego,
ni la ajetreada esposa le ofrecerá sus mimos:
no habrá niños que corran gangueando a su regreso
trepando a sus rodillas para el deseado beso.

Con frecuencia a su hoz se rendían las cosechas
y su surco ya ha roto la endurecida tierra.
¡Cuán felices guiaban sus yuntas por el campo!
¡Cómo ante su firme hacha se rendían los bosques!

Que la Ambición respete su provechoso esfuerzo,
sus gozos hogareños y su destino oscuro;
que la Grandeza escuche sin risa desdeñosa
las sencillas y simples historias de los pobres.

La gloria de la heráldica, la pompa del poder,
y todo lo que aportan la riqueza y belleza
aguardan por igual la inevitable hora:
los senderos de gloria conducen a la tumba.

Y vosotros, altivos, no los culpéis del hecho
de que en sus tumbas no haya trofeos a la Memoria,
mientras que en los pasillos largos, de rancias criptas,
el sonoro motete aumenta la alabanza.

¿Pueden urnas grabadas o bustos animados
hacer volver a casa el efímero hálito?
¿Puede la voz altruista retar al mudo polvo
o ablandar los halagos a la fría y sorda muerte?

En este sitio ausente, quizá puede que duerma
algún alma insuflada de fuego celestial
o unas manos que asieran el cetro del imperio,
o que a la eterna lira al éxtasis llamaran.

Pero el Conocimiento a sus ojos jamás
desplegó su amplia página con el saber del tiempo;
la gélida Penuria reprimió su noble ira,
helando en esas almas su torrente genial.

Muchas piedras preciosas del más puro color
soportan sombrías cuevas del insondable océano:
muchas flores se abren sin que nadie las vea
y malgastan su aroma en el aire desierto.

Algún Hampden aldeano, que con corazón bravo
soportó al tiranuelo que mandaba en sus campos;
algún callado Milton o algún Cromwell sin culpa
de la sangre en su tierra, puede que aquí descansen.

Ordenar el aplauso del paciente senado,
despreciar la miseria y el reto del dolor,
distribuir la abundancia sobre risueñas tierras
y contar sus historias a ojos de la nación
prohibióselo la suerte: no sólo limitando
sus crecientes virtudes sino también sus crímenes;

prohibióles alcanzar con masacres el trono
y cerrarles las puertas de la piedad a los hombres,
ocultar las punzadas de la verdad consciente,
sofocar los rubores de la ingenua vergüenza
o colmar los altares del Orgullo y Lujuria
con incienso prendido en llamas de la Musa.

Lejos de las refriegas de las turbas febriles
sus sensatos deseos nunca fueron erróneos;
junto al frío y recluido páramo de la vida
transcurrió silencioso el curso de su viaje.

Y así, por proteger estos huesos de ultrajes
muy cerca se erigieron frágiles monumentos
adornados con toscas esculturas y versos,
implorando al transeúnte la ofrenda de un suspiro.

Sus nombres y sus años la inculta musa enuncia,
la causa de su fama y la razón del poema:
y siembra junto a ellos muchos textos sagrados
que enseñan a morir al moralista aldeano.

¿Quién sintiéndose presa del estúpido olvido
renunció a una existencia ávida y agradable
dejando atrás lo cálido de los días felices,
sin mirar hacia atrás con tenaz añoranza?

El alma que se marcha confía en un cuerpo amado,
los ojos que se cierran requieren llanto amigo;
desde la tumba incluso la Natura nos llama
y hasta en nuestras cenizas sus anhelos habitan.

A ti, que te preocupas por los muertos anónimos
estas líneas te narran sus sencillas historias;
si alguna vez guiada por su retraída vida
se acercara algún alma a conocer tu sino,
podría un zagal granado decir alegremente:
“Con frecuencia lo vimos al despuntar el alba
con paso presuroso evitando el rocío
para el sol descubrir en los prados del valle.

Allí, al pie de aquella combada y lejana haya
que ascendiendo retuerce sus míticas raíces,
su longitud indolente al mediodía alargaba
y en sonoros arroyos fijaba la mirada.

Junto a aquel bosque estaba sonriendo desdeñoso,
vagaba murmurando veleidosas quimeras,
cabizbajo, afligido, cual niño abandonado,
de preocupación loco o por amor herido.

Un día noté su ausencia por la colina amiga,
al lado de los brezos, junto a su árbol querido;
y transcurrió otro día: mas ya no lo encontraron
ni al lado del arroyo, en el bosque o el prado;
Al siguiente, con cánticos y vestidos de luto,
lentamente a la iglesia vimos que lo llevaban.

Acércate (tú puedes) y lee esta inscripción
grabada aquí en la lápida bajo el vetusto espino”.

Epitafio

Aquí yacen los restos, en la tierra materna,
de un joven ignorado por la Fama y Fortuna;
bien aceptó la Ciencia su humilde nacimiento,
Melancolía marcólo como si fuera suyo.

Tan grande fue su entrega como su alma sincera,
por eso envióle el Cielo una gran recompensa:
su fortuna (una lágrima) se la dio a la Miseria,
un amigo (su anhelo) arrebatóle al cielo.

Para poder contarlos no examines sus méritos
ni saques sus flaquezas de su feroz morada:
allí también reposan con trémula esperanza
el seno de su Padre y el seno de su Dios.

Thomas Gray – 1751

Traducción de Ángel Rupérez
En: “Antología esencial de la poesía inglesa”
Ed. Espasa Calpe – Col. Austral 2000©
ISBN: 978-84-239-7489-4

Original en inglés:

“Elegy Written in a Country Churchyard”

The curfew tolls the knell of parting day,
The lowing herd wind slowly o’er the lea,
The plowman homeward plods his weary way,
And leaves the world to darkness and to me.

Now fades the glimm’ring landscape on the sight,
And all the air a solemn stillness holds,
Save where the beetle wheels his droning flight,
And drowsy tinklings lull the distant folds;

Save that from yonder ivy-mantled tow’r
The moping owl does to the moon complain
Of such, as wand’ring near her secret bow’r,
Molest her ancient solitary reign.

Beneath those rugged elms, that yew-tree’s shade,
Where heaves the turf in many a mould’ring heap,
Each in his narrow cell for ever laid,
The rude forefathers of the hamlet sleep.

The breezy call of incense-breathing Morn,
The swallow twitt’ring from the straw-built shed,
The cock’s shrill clarion, or the echoing horn,
No more shall rouse them from their lowly bed.

For them no more the blazing hearth shall burn,
Or busy housewife ply her evening care:
No children run to lisp their sire’s return,
Or climb his knees the envied kiss to share.

Oft did the harvest to their sickle yield,
Their furrow oft the stubborn glebe has broke;
How jocund did they drive their team afield!
How bow’d the woods beneath their sturdy stroke!

Let not Ambition mock their useful toil,
Their homely joys, and destiny obscure;
Nor Grandeur hear with a disdainful smile
The short and simple annals of the poor.

The boast of heraldry, the pomp of pow’r,
And all that beauty, all that wealth e’er gave,
Awaits alike th’ inevitable hour.
The paths of glory lead but to the grave.

Nor you, ye proud, impute to these the fault,
If Mem’ry o’er their tomb no trophies raise,
Where thro’ the long-drawn aisle and fretted vault
The pealing anthem swells the note of praise.

Can storied urn or animated bust
Back to its mansion call the fleeting breath?
Can Honour’s voice provoke the silent dust,
Or Flatt’ry soothe the dull cold ear of Death?

Perhaps in this neglected spot is laid
Some heart once pregnant with celestial fire;
Hands, that the rod of empire might have sway’d,
Or wak’d to ecstasy the living lyre.

But Knowledge to their eyes her ample page
Rich with the spoils of time did ne’er unroll;
Chill Penury repress’d their noble rage,
And froze the genial current of the soul.

Full many a gem of purest ray serene,
The dark unfathom’d caves of ocean bear:
Full many a flow’r is born to blush unseen,
And waste its sweetness on the desert air.

Some village-Hampden, that with dauntless breast
The little tyrant of his fields withstood;
Some mute inglorious Milton here may rest,
Some Cromwell guiltless of his country’s blood.

Th’ applause of list’ning senates to command,
The threats of pain and ruin to despise,
To scatter plenty o’er a smiling land,
And read their hist’ry in a nation’s eyes,

Their lot forbade: nor circumscrib’d alone
Their growing virtues, but their crimes confin’d;
Forbade to wade through slaughter to a throne,
And shut the gates of mercy on mankind,

The struggling pangs of conscious truth to hide,
To quench the blushes of ingenuous shame,
Or heap the shrine of Luxury and Pride
With incense kindled at the Muse’s flame.

Far from the madding crowd’s ignoble strife,
Their sober wishes never learn’d to stray;
Along the cool sequester’d vale of life
They kept the noiseless tenor of their way.

Yet ev’n these bones from insult to protect,
Some frail memorial still erected nigh,
With uncouth rhymes and shapeless sculpture deck’d,
Implores the passing tribute of a sigh.

Their name, their years, spelt by th’ unletter’d muse,
The place of fame and elegy supply:
And many a holy text around she strews,
That teach the rustic moralist to die.

For who to dumb Forgetfulness a prey,
This pleasing anxious being e’er resign’d,
Left the warm precincts of the cheerful day,
Nor cast one longing, ling’ring look behind?

On some fond breast the parting soul relies,
Some pious drops the closing eye requires;
Ev’n from the tomb the voice of Nature cries,
Ev’n in our ashes live their wonted fires.

For thee, who mindful of th’ unhonour’d Dead
Dost in these lines their artless tale relate;
If chance, by lonely contemplation led,
Some kindred spirit shall inquire thy fate,

Haply some hoary-headed swain may say,
“Oft have we seen him at the peep of dawn
Brushing with hasty steps the dews away
To meet the sun upon the upland lawn.

“There at the foot of yonder nodding beech
That wreathes its old fantastic roots so high,
His listless length at noontide would he stretch,
And pore upon the brook that babbles by.

“Hard by yon wood, now smiling as in scorn,
Mutt’ring his wayward fancies he would rove,
Now drooping, woeful wan, like one forlorn,
Or craz’d with care, or cross’d in hopeless love.

“One morn I miss’d him on the custom’d hill,
Along the heath and near his fav’rite tree;
Another came; nor yet beside the rill,
Nor up the lawn, nor at the wood was he;

“The next with dirges due in sad array
Slow thro’ the church-way path we saw him borne.

“The epitaph”

Here rests his head upon the lap of Earth
A youth to Fortune and to Fame unknown.
Fair Science frown’d not on his humble birth,
And Melancholy mark’d him for her own.

Large was his bounty, and his soul sincere,
Heav’n did a recompense as largely send:
He gave to Mis’ry all he had, a tear,
He gain’d from Heav’n (‘twas all he wish’d) a friend.

No farther seek his merits to disclose,
Or draw his frailties from their dread abode,
(There they alike in trembling hope repose)
The bosom of his Father and his God.

Approach and read (for thou canst read) the lay,
Grav’d on the stone beneath yon aged thorn.”

Thomas Gray1751

Thomas Gray nació en Londres, Reino Unido, el 26 de diciembre de 1716.
Fue un poeta erudito clásico y profesor de Historia en la Universidad de Cambridge, además de uno de llamados “Poeta de cementerios”.
Su obra aunque no es extensa, es en cambio muy selecta.
La más conocida de entre toda su producción es “Elegía sobre un cementerio de aldea”, de 1751, creyéndose que fue escrita en el cementerio de Stoke Poges, en Buckinghamshire.
De entre sus otras obras, destacan “El bardo” y “Progreso de la poesía.”
Murió en Cambridge, el 30 de julio de 1771.

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1 Comment

  • Reply Bitacoras.com julio 29, 2016 at 11:30 pm

    Información Bitacoras.com

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