Literatura, Narrativa, Novela, Poesia

Miguel Veyrat en la Feria del libro de Madrid con Paulino y Poniente

junio 6, 2013

Miguel Veyrat firma en la Feria del Libro de Madrid 2013

Dado el éxito de “Poniente” entre los lectores y los críticos, Bartleby Editores ha planeado una nueva firma de ejemplares por su autor. Será en la caseta 323 de la Feria del Libro de Madrid, Parque del Retiro, el próximo sábado día 8, a pesar de su presencia activa en la de 2012, durante dos años consecutivos. El horario previsto es de 12 a 14 horas.

Una pequeña muestra de Poniente:

“Soy de alma mestiza pero ardo muy bien
en las laderas cuando el sol
me agosta, pronto a resucitar en rocío
con los vientos de poniente
que flamean en la sombra. El cierzo
estercola los pastos y los puebla
dentro del cuerpo corrompido de esta vieja
puta de Occidente —que agita
sus mil lenguas remendadas
con trapos de colores…”

Miguel Veyrat

De: “Poniente” – (Fragmento de “Io venni in luogo d’ogni luce muto”, del cápitulo “Soy yo quien arde ahí”)
Bartleby Editores, 2012©
ISBN: 978-84-92799-46-6

Pero además nuestro querido poeta, presenta en estos días una de sus pocas, y sin embargo brillantes, obras en prosa: “Paulino y la joven muerte” publicado en 2004 y que Izana Editores ha reeditado con gran acierto, dada la actualidad que la temática del libro posee y que aseguro, os atrapará nada más comenzar a leerlo.
Dado que Izana, por razones administrativas, no dispone este año de caseta propia y por gentileza de Bartleby lo firmará junto con Poniente.

Así comienza la increíble historia de Paulino, el viejo limpiabotas y de un periodista que poco podía imaginar de qué forma sus vidas estaban unidas por unos hechos acaecidos muchos años atrás, y que aún se verían mucho más, por un gran secreto de tiempos de la Guerra Civil del año 1936…

“Paulino y la joven muerte”

(Fragmento)

“Mi nombre, señores, es Andrés Rosseta. Nací en Segovia como el buscón don Pablos.
Tuve de padre a un periodista chileno, Andrés Pérez-Russell, llegado a España con las
Brigadas Internacionales para cubrir ese aspecto solidario de la última guerra civil. Mi
madre fue una miliciana de las juventudes libertarias, garrida moza aragonesa a quien el
plumilla sudaca se apresuró a dejar preñada antes de regresar a su país, tan largo y estrecho
como el puñal al que quedó asociado su recuerdo. Roseta Blesa, mi madre, adaptó las dos
eses del apellido del amante a su nombre propio, convirtiéndolo así en exótico sustantivo
para inscribirme en recuerdo de aquél reptil que la abandonara.
Mi propia vida también ha tenido mucho que ver con el carácter y entraña de aquél
buscón que inmortalizó Quevedo, el patrono laico, non sancto, de los periodistas españoles.
Por eso lo traigo a las mientes pues no fueron ni la nostalgia ni los genes los que me
llevaron a emular a mi desconocido padre en el oficio de periodista, sino los deseos, las
ansias mejor dicho de buscar líos y malvivir del cuento. Aunque sin dejar de lado que en
todo ello mi aliviado progenitor hubiera sido un auténtico maestro, según me contaron y
repito con orgullo. Lo confieso ahora cuando las sienes me platean como en un mal tango y
va llegando el momento de rendir cuentas, de contar verdades.
Y ya sin más zarandajas ni presentaciones diré que voy a relatarles una historia
verdadera, sucedida hace bien poco tiempo, entrando ya con holgura el Siglo XXI, que he
decidido contar por encargo de una persona a quien quiero mucho y que llegó hasta mi vida
inopinadamente, a lomos del más puro azar. Mi intención no es otra sino que este relato
pueda servir de guía y consuelo a los que puedan encontrarse en avatares semejantes a los
que envolvieron a su protagonista, sin él comerlo ni beberlo como suele decirse,
rememorando los hechos que le hicieron ganarse una nueva vida y entender de paso algo de
lo que llaman la eterna.
La memoria es la inmortalidad en sí misma decía el filósofo Bergson, y esa persona
entrañable que pronto van a conocer y aprender a amar, al menos eso espero, no tenía
pensado morirse pero no podía recordar. Aunque al final de esta historia aprendió a hacerlo,
a la fuerza, aceptando además que el acto supremo de amor < stelle>> es fundamento imprescindible de la vida humana y se realiza precisamente en la
muerte.
Esa persona es mi amigo Paulino Lafrenta Acebedo. Como no hay misterio en ello
prefiero cantar enseguida los datos fundamentales de su identidad, antes de comenzar con
los hechos completamente reales que como digo nos han traído hasta aquí. Muchas
distancias culturales, sociales, económicas, incluso políticas han separado a Paulino de un
servidor a lo largo de nuestras vidas respectivas. Pero las duras vivencias y penalidades
compartidas hasta hoy por los diez millones escasos de compatriotas que nacidos entre los
años treinta y cuarenta quedaremos aún con vida, añadidas a los hechos que protagonizó
Paulino teniéndome por testigo, lograron unirnos en una estrechísima fraternidad de lazos
más fuertes que la sangre.
Conocí a Paulino en los años sesenta, cuando yo cubría la crónica cultural, es un decir,
para un viejo periódico de la tarde hoy desaparecido, “El Heraldo de la Villa”, alternándola
con la sección de Sucesos que hoy en día se llama de “Sociedad”. Era yo por entonces un
jovencísimo reportero, gran cantamañanas muy aficionado al teatro y sobre todo a las
damitas también jóvenes, con las que intentaba ligar al final de cada función,
convenciéndolas con engaños y vanas promesas de una próxima frase elogiosa en mi
columna, a publicar algún día tampoco muy preciso. Los asientos y respaldos de gastado
cuero verdinegro del café del Teatro Talía, el que más en boga estaba entre los que abrían
sus puertas por aquella época en la capital, no me dejarán mentir, pues más de una aceptó
sobre aquellos crujientes, duros muelles, el paso a palabras mayores en mi apartamento de
la calle Miguel Ángel.
Paulino era el limpiabotas titular del café del teatro Talía, aunque alternaba su trabajo
junto a su colega del Gijón en los días de mucho agobio de clientela, trapicheando además
en “lo que salía” por los aledaños del paseo de Recoletos, en previsión de peores tiempos,
ya que era el suyo un oficio —pobre, pero libre como el viento— en vías de extinción. Y su
categoría social, una especie cada vez menos protegida.
Durante mucho tiempo, Paulino y yo intercambiamos pequeños servicios. Yo le
pagaba religiosamente el brillo oloroso a cera fresca que propinaba a mis zapatos, siempre
al final de un duro día, sucios de patear comisarías, hospitales, retenes de bomberos… o la
mismísima morgue del Instituto Anatómico Forense, allá por la Universitaria, si se había
dado el caso. Pero era Paulino quien me daba a mí rumbosamente la propina, pagando así,
como solía decir, mi fidelidad demostrada durante años al no “irme” con otro limpia: Esta
consistía en pequeños datos o informaciones útiles acerca de las actrices que me gustaban,
alternándolos con chismecillos picantes que podían alimentar en cotilleos más que sabrosos
mi sección del Heraldo.
Así pasaron los años. Yo me convertí en un periodista conocido, además de escritor
pasable de relatos o novelitas cortas, con alguna que otra incursión en la poesía. Me casé,
tuve hijos, cubrí plaza de corresponsal para algún medio, en fin, lo de siempre en la
aburrida vida cotidiana de la interminable, tediosa dictadura franquista donde sucedía
siempre lo establecido de antemano. Aunque a veces cortaba la galvana en que sesteaban
los españoles, la aparición de algún enviado de los partidos políticos que intrigaban también
cansinamente en París, México o Moscú, para informarse de cómo iba “el rápido deterioro
del Régimen, que acabaría provocando un levantamiento popular y la restauración de la
legalidad republicana”. Lo que producía gran hilaridad en los adictos al Régimen, que se
sentían muy seguros, como propietarios de la fuerza, sobre todo.
O bien se le iba la larga mano a la brigada político-social, cayendo casualmente por
una ventana de la dirección general de Seguridad algún estudiante pillado in fraganti
mientras repartía propaganda subversiva —por no decir militantes clandestinos, como fue el
caso de Julián Grimau, denunciado por algún maldito infiltrado y defenestrado más tarde.
Podía también caer acribillado a tiros “el último” maqui vivo y escondido en el monte,
como Facerías o El Sabater, asesinados en plena calle, en Cataluña, por la guardia civil.
Pero tras la hipócrita, falsa cobertura de los medios bienpensantes —el resto simplemente
no existía— hoy entusiastas partidarios de la democracia en curso, todo volvía enseguida a
la aparente calma anterior.
Puede decirse pues que la rutina, aunque siniestra, gobernaba en general la plácida
vida de los periódicos y de los gacetilleros españoles. Las folklóricas, sus toreros
macarrillas, igual que ahora en las televisiones públicas y privadas, eran a todas horas las
reinas sin competencia de las portadas en “cuatricromía” de las revistas, de las páginas
especiales en “huecograbado” impresas en tinta sepia de los diarios de la tarde. Sólo las
sustituían las princesas casaderas, reinas en mal de amores o de parto, peludos futbolistas,
príncipes sinvergüenzas. Aunque con algo más de recato, eso sí. El Régimen no toleraba
destapes.
Nada de política y políticos que no fueran los auténticos, los propios, hijos de Falange
o Democracia Cristiana, más adelante el Opus, que se aparecían periódicamente al público
en trance de inaugurar “realizaciones”, como Cristos en Majestad rodeados de incienso y
cera ardiendo. Nada tampoco de científicos, escritores, pensadores o artistas que no
estuvieran bien alineados: Pulcros, adictos, católicos, de fidelidad probada, de sangre pura,
comprobada. Larga noche de piedra, como calificara el poeta gallego Celso Emilio Ferreiro
a ese mezquino período de nuestra historia —ni el único ni el más cruel. Y quizás tampoco
el último.
Paulino como es natural también envejeció en ese ambiente, cambiando poco de
aspecto, de carácter, de modo de vida, siempre con retraso al ritmo en que evolucionaba su
propio barrio de Centro, poblado por una sociedad ansiosa por mejorar y en busca de
oportunidades y a la que nuestro amigo pertenecía sólo de modo rutinario, sin tener
demasiada conciencia de quién era él entre los demás, ni implicarse en nada que tuviera
carácter colectivo. Así como el deshielo se preparaba junto a la primavera del cambio de los
años ochenta, Paulino llevaba dentro de si un reloj paralizado que le mantenía, como a
España en los años de oprobio, congelado en el tiempo.
En los días que se dieron los sucesos que conforman este relato, ya en plena
democracia, lo encontramos como siempre de ida y vuelta a sus asuntos de cepillo, betún y
tráfico de tabaco. Cuenta ya setenta y cinco años bastante bien llevados, luciendo su aspecto
habitual de hombre alto, seco y flaco, como de rocín hambriento, con la color cetrina
heredada de su padre, maragato de nación. Su salud en general tampoco es mala, aunque se
le han podrido los tejidos del pecho a fuerza de meterles humo de picadura rezumando
nicotina marrón. Una mala bronquitis asmática le asesta de tanto en cuando violentos
accesos de tos, que sólo calma el aguardiente de orujo.
La costumbre de inclinarse sobre las botas de los clientes ha encorvado notablemente
su columna. Camina con las piernas algo abiertas, siempre vacilantes, mientras otea el
camino que ha de recorrer alzando la cabeza de abajo arriba desde el lugar donde la colocó
la humillación laboral, con sus ojos redondos, negrísimos, algo juntos. Avanzando hacia lo
desconocido como proa inquisitiva, luce una ganchuda nariz en descenso sobre los labios
pálidos, sobrios, que también se curvan ligeramente al llegar hasta las comisuras de la boca.
El gesto amargo que esa inclinación da al rostro de Paulino se ha acentuado con los años.
La verdad es que su carácter nunca tuvo nada de lo que los chulos madrileños llaman
con retintín “la alegría de la huerta”, sino todo lo contrario, a buen seguro por el recuerdo
dormido de algunas escenas vividas en la niñez, que permanecen guardadas en su adusta
memoria y que sólo relata parcialmente en muy contados momentos, aunque a borbotones,
ansiosamente, sólo cuando se encuentra borracho perdido, para olvidarlas de inmediato
junto con la resaca del día siguiente.
Los únicos chispazos de locuacidad de su existencia se los debe sobre todo al vino de
Valdepeñas y al coñac Veterano, que le proporcionan el aliento necesario para pronunciar
periódicamente largas peroratas dirigidas a los parroquianos del “Desván”, que se agrupan
como moscas de bar para escucharle, impartidas con un dedo flaco agitado en diapasón
como si dirigiese una orquesta imaginaria mientras chapotea, siempre a punto de perder el
equilibrio, en el suelo maloliente y encharcado de sidra barata.
Sus retahílas terminan, sin compasión alguna por su audiencia, con una muletilla
adquirida tras ver la única función completa que ha presenciado, hace ya muchos años,
invitado por su amigo Rodrigo, acomodador en el Talía, una noche de escasa entrada. A
Paulino le impresionó entonces de modo imborrable el personaje del príncipe Hamlet, con
cuya figura se identificó inmediatamente, aprendiendo de memoria varias de las sonoras
frases que recitaban con pasión los afectados actores de la época….

Miguel Veyrat

De “Paulino y la Joven muerte”.

1ª Edición en 2004 – Ed. Tempora
2ª Edición 2013 – Izana Editores

Miguel Veyrat nació en Valencia en 1938.

Página de Miguel Veyrat en Facebook: AQUÍ

Biografía de Miguel Veyrat: AQUÍ

Otros poemas de Miguel Veyrat en este blog:

“Miguel Veyrat: Mut ca o lebada, de Antítesis primaria”: AQUÍ

“Miguel Veyrat: Introducción a la soledad, de Aproximatica”: AQUÍ

“Miguel Veyrat: Espacio vital, de El incendiario”: AQUÍ

“Miguel Veyrat: Desconcierto de las mareas, de Instrucciones para amanecer”: AQUÍ

“Miguel Veyrat: Mañana de sangre, de El incendiario”: AQUÍ 

“Miguel Veyrat: Fiesta, de La voz de los poetas”: AQUÍ

“Miguel Veyrat: Muda paloma, de La voz de los poetas”: AQUÍ 

“Miguel Veyrat: Sobre las vías del regreso, de Adagio Desolato”: AQUÍ 

“Miguel Veyrat: Chamán, de Babel bajo la luna”: AQUÍ

“Miguel Veyrat: Nuevos viajes, de La voz de los poetas”: AQUÍ

“Miguel Veyrat: Diritta é la via, de La voz de los poetas”: AQUÍ 

“Miguel Veyrat: Pie de luz en la ceniza, en Instrucciones para amanecer”: AQUÍ

“Miguel Veyrat: Tiempo, en Adagio Desolato”: AQUÍ   

“Miguel Veyrat: Súplica”: AQUÍ 

“Miguel Veyrat: Esperanza en tierra de Poniente”: AQUÍ

“Miguel Veyrat: A pesar de los dioses en El corazón del glaciar”: AQUÍ

“Miguel Veyrat: Se esconde el fuego, de Contraluz”: AQUÍ   

“Miguel Veyrat y Paul Celan en Poniente”: AQUÍ

“Miguel Veyrat: Viaje infinito a Tebas en Poniente”: AQUÍ

“Miguel Veyrat: Sexto conocimiento en Aproximatica”: AQUÍ

“Europa republicana y estoica de Miguel Veyrat”: AQUÍ

“Et in arcadia ego de Miguel Veyrat”: AQUÍ

“Ítaca de Miguel Veyrat” AQUÍ

“Día Mundial de la Poesía: Mis Poetas”: AQUÍ

“Miguel Veyrat: Poniente fértil”: AQUÍ

“Miguel Veyrat: Mapas y pecios”: AQUÍ

“Miguel Veyrat: Códigos perdidos, de Conocimiento de la llama”: AQUÍ 

“Miguel Veyrat: A través de la puerta blanca, de La voz de los poetas”: AQUÍ

“Miguel Veyrat: Invocación, de El corazón del glaciar” AQUÍ

“Miguel Veyrat: Resistencia al desastre”: AQUÍ

“Miguel Veyrat: Tu látigo, de Antítesis primaria”: AQUÍ

“Miguel Veyrat: ¿Y si la muerte…?”: AQUÍ

“Javier Egea y Miguel Veyrat en la Feria del Libro de Sevilla”: AQUÍ

Bibliografía poetica de Miguel Veyrat:

Antítesis primaria, Madrid, Adonais, 1975.
Aproximática, Madrid, Endymion, 1978.
Adagio desolato, Madrid, Endymion, 1985.
Edipo en Chelsea, Madrid, Libertarias, 1989.
El corazón del glaciar, Málaga, Ángel Caffarena (El Guadalhorce), 1990.
Última línea rerum, Madrid, Libertarias, 1993.
Elogio del incendiario, Madrid, Libertarias, 1993. Segunda edición, titulada El incendiario, Palma de Mallorca, La Lucerna, 2007.
Contraluz. Once poemas en memoria de Paul Celan, Móstoles, Cuadernos del Céfiro, 1996.
Conocimiento de la llama, Valencia, col. «Escritores Valencianos», 1996.
La voz de los poetas, Palma de Mallorca, Calima, 2002. Comprende: Mysterium, La puerta mágica y El cielo vacío.
El cielo vacío, Valencia, Alfons el Magnànim, 2003. Traducciones al francés, italiano, catalán y portugués.
Babel bajo la luna, Palma de Mallorca, Calima, 2005. Comprende: Nadir, Más allá de Babel y Babelia liberata.
Instrucciones para amanecer, Palma de Mallorca, Calima, 2007.
Razón del mirlo, Sevilla, Renacimiento, 2009.
Poniente, Bartleby Editores, S.L. 2012

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No Comments

  • Reply Bitacoras.com junio 6, 2013 at 6:28 pm

    Información Bitacoras.com…

    Valora en Bitacoras.com: Miguel Veyrat firma en la Feria del Libro de Madrid 2013 Dado el éxito de “Poniente” entre los lectores y los críticos, Bartleby Editores ha planeado una nueva firma de ejemplares por su autor. Será en la caseta 323 de……

  • Reply Miguel Veyrat: Ya bajas… | Trianarts agosto 19, 2014 at 4:10 am

    […] “Miguel Veyrat en la Feria del libro de Madrid 2013, con Paulino y Poniente – Paulino y … […]

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