Pintura

Antonio del Castillo y Saavedra: El barroco en la Escuela de Córdoba

enero 25, 2018

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Antonio del Castillo y Saavedra

Nació en Córdoba en 1616
Considerado el mejor exponente de la escuela cordobesa, dentro del barroco en el Siglo de Oro español.

Era hijo del pintor extremeño, natural de Llerena, Agustín del Castillo, de quien apenas se tienen datos pero al que Palomino llama “pintor excelente” y de ilustre familia,​ y de Ana de Guerra.

Se formó inicialmente en el taller paterno, y tras quedar huérfano en 1626 y pasó a educarse con otro pintor, del que no hay tampoco documentación, Ignacio Aedo Calderón.

No se sabe fecha, pero es probable viajase a Sevilla ─aunque no se puede asegurar─, donde Palomino posiblemente lo hizo pupilo de Zurbarán, a la vista de la influencia del estilo del maestro extremeño en su obra.

Sí está comprobado que en 1635 está en Córdoba, donde se casa y se instala de forma definitiva, convirtiéndose en el artista más importante de la ciudad.

En 1638 se le menciona como pintor de imaginería en el primer documento que se refiere a él como maestro pintor: el contrato para la pintura de una imagen de San José esculpida por el cordobés Bernabé Gómez del Río para la iglesia parroquial de Montoro, por el que había de cobrar 21 ducados. Aun así, la mayor parte de sus ingresos en esta primera etapa provenían de las obras vendidas en la tienda que había sido de su padre.

La huella del posible aprendizaje en ambientes zurbaranescos se puede observar en algunas de sus composiciones de tema religioso, como pueden ser el “Calvario de la Inquisición”, que pintó para el salón del Santo Oficio en el Alcázar de los reyes cristianos, albergado actualmente en el Museo de Bellas Artes de Córdoba.

Igualmente en la “Adoración de los Pastores”, depositada en el Museo de Bellas Artes de Málaga, o el “Nacimiento” de la Hispanic Society.

Todas ellas tratadas con solemne monumentalidad e iluminación tenebrista.
Fue muy notable la composición y el realismo de sus retratos, puede apreciarse en el “Bautismo de San Francisco de Asís” del Museo de Bellas Artes de Córdoba, pintado en 1663 para el claustro del convento franciscano de San Pedro el Real.

En 1666, cuenta Palomino que viajó a Sevilla, a la que no había vuelto desde los años de estudio, donde descubrió la pintura de Murillo y la belleza de sus colores, “que a él le faltaba, sobrándole tanto el dibujo“, lo que le hizo exclamar: “¡Ya murió Castillo!”.​

Su producción fue fundamentalmente de temática religiosa de altar, retratos y varias series de pequeño formato con escenas de género.

Su estilo, sin apenas evolución en la órbita del naturalismo, se mantuvo ajeno a las nuevas corrientes más barrocas.
Mantuvo el naturalismo en los retratos de santos, introduciendo en sus escenas, paisajes que ornamentaban las figuras centrales.

Es por esto, que el historiador de arte Lázaro Díaz del Valle, lo encuadra ya entre los paisajistas, y Palomino alabó su capacidad para la captación de la naturaleza, calificándolo como “excelente paisajista”, se sabe que solía salir algunos días a pasear a realizar dibujos y copiar y copiaba algunos lugares del natural; que también decía que el pintor estaba “especialmente interesado en la plasmación del natural, tanto en los paisajes como en personajes cotidianos y animales”.

Pintó también al fresco, siendo suyas las imágenes de los apóstoles Pedro y Pablo con los santos patronos de la ciudad en la Puerta del Perdón de la catedral de Córdoba.

Realizó numerosos trabajos para los franciscanos y para los dominicos, llevando su firma obras en la monumental escalera del Colegio de San Pablo de la Orden de Predicadores, de la que procede el cuadro de la Aparición de san Pablo al rey Fernando III, actualmente en el Museo de Bellas Artes de Córdoba.

Una muestra muy importante de su obra están albergadas en el Museo de Bellas Artes de Córdoba, otra muy notable se puede ver en el Museo del Prado de Madrid, especialmente la serie sobre José.
Murió sin descendencia en su casa de la calle Muñices, el 2 de febrero de 1668.

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