
Aquí cambia en mujer toda su nieve
la cordillera inmaculada…
EDC
Mi recuerdo al escritor pacense en el aniversario de su muerte.
«Han venido los húngaros»
Han venido los húngaros, hermana,
osos de tardo andar, monos ladinos
lleva la miserable caravana.
Son los hombres esbeltos y cetrinos.
Fuman pipas enormes. Llevan rojos
casquetes, de los cuales se desborda
la maraña de pelo, y en sus ojos
brilla el destino de la errante horda.
Son flacas las mujeres. En harapos
van desnudos los pies bajo las faldas
en jirones. Envuelto en sucios trapos
una conduce un chico en las espaldas.
Tañen los hombres grandes panderetas,
canturrean tonadas melancólicas,
y hacen dar a los monos volteretas
y ágilmente bailar danzas diabólicas.
Y amaestran al oso torpe y grave
de floja piel, que humildemente fiero
danza, y pasando a la ronda, sabe
las limosnas recoger en el pandero.
Han venido los húngaros, me gusta
ver su arrogancia en su mirar osado,
y, en lo moreno de su faz adusta,
los soles de las tierras que han cruzado.
Amo danzas, combates, aventuras
pero soy hombre débil y pequeño
y he recorrido solo las llanuras
del país arbitrario del ensueño.
Y he vivido en mi hogar burgués y oscuro
y el vasto mar y el alto monte ignoro,
las tierras que repulsa el hielo duro
y las que halaga un regio sol de oro;
y languidezco en un rincón de olvido,
y engarzo en él paciente, verso y verso,
sin azares que me hayan conducido
por la diversidad del Universo…
Húngaros, hoy ha roto vuestro paso
mis horas de tristeza, de fastidio.
Desde mi quieto bienestar, acaso
vuestra inquietud, vuestra pobreza, envidio.
(¡Corazón, corazón!, ¡qué no te atrevas
cada día a buscar extrañas gentes,
costumbres no sabidas, hablas nuevas,
cielos varios, paisajes diferentes!)
Cuando vosotros pobres peregrinos,
lejos del suelo avaro que os destierra,
peregrináis por todos los caminos,
por todos los caminos de la tierra.
Mi espíritu lleváis en compañía:
vuestras faces morenas le son tratas,
ama vuestra tenaz melancolía
vuestras noches, que alumbran las fogatas
y vuestro caminar por entre hogares
tibios, morada de los hombres vanos,
de esos duros, inhóspitos lugares,
en que os ladran los perros aldeanos…
Enrique Díez-Canedo
De: La visita del sol, 1907
Enrique Díez Canedo nació en Badajoz, el 7 de enero, de 1879.
Poeta postmodernista, traductor y crítico literario, además de diplomático, fue embajador de España en Uruguay y en Argentina.
Simpatizante del institucionismo krausista, fue así mismo un asiduo del Ateneo, donde organizó numerosos actos, entre ellos: homenajes a Rubén Darío, Benito Pérez Galdós, y Mariano de Cavia; y presentaciones, como la de José María Gabriel y Galán.
Frecuentó la tertulia del Café Regina, donde entabló amistad con Manuel Azaña, e inició su trayectoria poética publicando sus primeras poesías en el libro «Versos de las horas», de 1906.
Residió en París entre los años 1909 y 1911 como secretario del embajador de Ecuador.
En 1921 colaboró con Juan Ramón Jiménez en la realización de la revista «Índice».
Publicó los primeros poemas de León Felipe en la revista «España», y ayudó a Juan Ramón Jiménez para que los suyos se publicaran en «El Sol».
En 1935 fue elegido miembro de número de la Real Academia de la Lengua Española, en la que ingresó con un discurso sobre la «Unidad y diversidad de las Letras Hispánicas», que fue contestado por Tomás Navarro.
En plena Guerra Civil, colaboró en Hora de España y participó en el Segundo Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura; así mismo, dirigió la revista Madrid.
Tradujo entre otros a Paul Verlaine, Francis Jammes, Michel de Montaigne, John Webster, H. G. Wells, Heinrich Heine, Eugenio d’Ors y Walt Whitman.
En 1938 se instaló con su familia en México, donde colaboró con La Casa de España, la UNAM y otras instancias de la intelectualidad del país.
Murió en Ciudad de México, el 7 de junio de 1944.
También de Enrique Díez-Canedo en este blog:
«Enrique Díez-Canedo: Han venido los húngaros»: AQUÍ
«Enrique Díez-Canedo: Oración en el jardín»: AQUÍ
«Enrique Díez-Canedo: El desterrado»: AQUÍ

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