Poesia

Gustavo Adolfo Becquer: Cerraron sus ojos…

noviembre 2, 2017

“… A mi lado sin miedo los reptiles
se movían a rastras;
hasta los mudos santos de granito
creo que me saludaban.”

GAB

“Cerraron sus ojos…”

Rima LXXIII

Cerraron sus ojos
que aún tenía abiertos,
taparon su cara
con un blanco lienzo,
y unos sollozando,
otros en silencio,
de la triste alcoba
todos se salieron.

La luz que en un vaso
ardía en el suelo,
al muro arrojaba
la sombra del lecho;
y entre aquella sombra
veíase a intervalos
dibujarse rígida
la forma del cuerpo.

Despertaba el día,
y, a su albor primero,
con sus mil ruidos
despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste
de vida y misterio,
de luz y tinieblas,
yo pensé un momento:

—¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!

De la casa, en hombros,
lleváronla al templo
y en una capilla
dejaron el féretro.
Allí rodearon
sus pálidos restos
de amarillas velas
y de paños negros.

Al dar de las Ánimas
el toque postrero,
acabó una vieja
sus últimos rezos,
cruzó la ancha nave,
las puertas gimieron,
y el santo recinto
quedóse desierto.

De un reloj se oía
compasado el péndulo,
y de algunos cirios
el chisporroteo.
Tan medroso y triste,
tan oscuro y yerto
todo se encontraba
que pensé un momento:

—¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!

De la alta campana
la lengua de hierro
le dio volteando
su adiós lastimero.
El luto en las ropas,
amigos y deudos
cruzaron en fila
formando el cortejo.

Del último asilo,
oscuro y estrecho,
abrió la piqueta
el nicho a un extremo.
Allí la acostaron,
tapiáronle luego,
y con un saludo
despidióse el duelo.

La piqueta al hombro
el sepulturero,
cantando entre dientes,
se perdió a lo lejos.
La noche se entraba,
el sol se había puesto:
perdido en las sombras
yo pensé un momento:

—¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!

En las largas noches
del helado invierno,
cuando las maderas
crujir hace el viento
y azota los vidrios
el fuerte aguacero,
de la pobre niña
a veces me acuerdo.

Allí cae la lluvia
con un son eterno;
allí la combate
el soplo del cierzo.
Del húmedo muro
tendida en el hueco,
¡acaso de frío
se hielan sus huesos…!

¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuela el alma al cielo?
¿Todo es sin espíritu,
podredumbre y cieno?
No sé; pero hay algo
que explicar no puedo,
algo que repugna
aunque es fuerza hacerlo,
el dejar tan tristes,
tan solos los muertos.

Gustavo Adolfo Becquer

Gustavo Adolfo Becquer, nació en Sevilla, a escasos metros de la Plaza de San Lorenzo, el 17 de Febero de 1836. Fue bautizado como no podía ser de otra forma en su Parroquia, la de San Lorenzo, Sede canónica del Gran Poder. Su padre era un conocido pintor costumbrista que murió cuando é tenía solo cinco años, a los nueve años quedó también huérfano de madre y fue acogido por su madrina de bautismo, hasta que a los 17 años, viaja a Madrid en busca de fortuna.
Vivir de la literatura, nunca fue fácil, por lo que se vio obligado a servir de escribiente en la Dirección de Bienes Nacionales, donde su habilidad para el dibujo era admirada por sus compañeros, pero fue motivo de que fuera cesado al ser sorprendido por el Director haciendo dibujos de escenas de Shakespeare. De este modo volvió Gustavo a vivir de sus artículos literarios que eran entonces de poca demanda por lo que alternó esta actividad con la elaboración de pinturas al fresco. Tiempo después encontró una plaza en la redacción de “El Contemporáneo” y fue entonces que escribió la mayoría de sus leyendas y las “Cartas desde mi celda”.
En 1862 llegó a vivir con Bécquer su hermano Valeriano Becquer, célebre en Sevilla por su producción pictórica pero no por eso más afortunado que Gustavo, y juntos vivieron al día uno traduciendo novelas o escribiendo artículos y el otro dibujando y pintando por destajo; mucho les costó a los hermanos salir adelante de su infortunio y con el tiempo lograron juntos una modesta estabilidad que les permitía a uno retratar por obsequio y al otro escribir una oda por entusiasmo.
En septiembre de 1870 dejó de existir Valeriano, duro golpe para Gustavo, que pronto enfermó sin ningún síntoma preciso, de pulmonía que se convirtió luego en hepatitis para tornarse en una pericarditis que pronto había terminar su vida el 22 de diciembre de ese mismo año.

También de Gustavo Adolfo Becquer en este blog:

“Gustavo Adolfo Becquer: De lo poco de vida que me resta…”: AQUÍ

“Gustavo Adolfo Becquer: Rima LXVI ¿De donde vengo?”: AQUÍ

“Gustavo Adolfo Becquer: Cuántas veces, al pie de las musgosas paredes…”: AQUÍ

“Gustavo Adolfo Becquer: El Rayo de Luna”: AQUÍ

“Gustavo Adolfo Becquer: Maese Perez el Organista”: AQUÍ

“Gustavo Adolfo Becquer: Como en un libro abierto…”:AQUÍ

“Gustavo A. Becquer: El monte de las ánimas”: AQUÍ

“Gustavo Adolfo Becquer y sus Musas: El amor que pasa, Rima X”: AQUÍ

“Gustavo Adolfo Bécquer: Rimas IV – VII XIV – LII – LXX y LXXVIII”: AQUÍ

“Sevilla: La glorieta de Becquer en el Parque de María Luisa”: AQUÍ

“Sevilla: también llueve en la Glorieta de Becquer”: AQUÍ

“Homenaje a Gustavo Adolfo Becquer en el Parque de María Luisa: 14 de Febrero”: AQUÍ

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