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    “Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algo­dón, que no lleva hue­sos. Sólo los espe­jos de azabache de sus ojos son duros cual dos escaraba­jos de cristal negro”.

    Juan Ramón Jiménez Mantecón, nació en Moguer (Huelva) el día 23 de diciembre de 1881.

       Hay dos poemas que están guardados y grabados a fuego en el rincón más antiguo de mi memoria, uno “A Margarita Debayle” de Rubén Darío (en otra entrada de este blog : AQUI) y el otro “Platero y yo”, los dos los podía recitar de memoria, creo que antes de saber leer, me dormía casi cada noche mientras mi abuelo sentado en mi cama me leía poemas y algún cuento…
     
       La biografía de Juan Ramón Jiménez, Premio Nobel de Literatura en 1956, está ampliamente difundida por la red, por eso dejo bajo estas líneas con mi homenaje y mi recuerdo:

    Platero y yo (fragmento)

    ” En el arroyo grande que la lluvia había dilatado hasta la viña, nos encontramos, atascada, una vieja carretilla, perdida toda bajo su carga de hierba y de naranjas. Una niña, rota y sucia, lloraba sobre una rueda, queriendo ayudar con el empuje de su pechillo en flor al borricuelo, más pequeño, ¡ay!, y más flaco que Platero. Y el borriquillo se despachaba contra el viento, intentando, inútilmente, arrancar del fango la carreta, al grito sollozante de la chiquilla. Era vano su esfuerzo, como el de los niños valientes, como el vuelo de esas brisas cansadas del verano que se caen, en un desmayo, entre las flores. Acaricié a Platero y, como pude, lo enganché a la carretilla, delante del borrico miserable. Lo obligué, entonces, con un cariñoso imperio, y Platero, de un tirón, sacó carretilla y rucio del atolladero y les subió la cuesta. ¡Qué sonreír el de la chiquilla! Fue como si el sol de la tarde, que se quebraba, al ponerse entre las nubes de agua, en amarillos cristales, le encendiese una aurora tras sus tiznadas lágrimas. Con su llorosa alegría, me ofreció dos escogidas naranjas, finas, pesadas, redondas. Las tomé, agradecido, y le di una al borriquillo débil, como dulce consuelo; otra a Platero, como premio áureo. ”

    Y algunos de sus más bellos poemas:

     “Anteprimavera”

    Llueve sobre el río…

    El agua estremece
    los fragantes juncos
    de la orilla verde…
    ¡Ay, qué ansioso olor
    a pétalo frío!

    Llueve sobre el río…

    Mi barca parece
    mi sueño, en un vago
    mundo. ¡Orilla verde!
    ¡Ay, barca sin junco!
    ¡Ay, corazón frío!

    Llueve sobre el río…

    “Las tardes de enero”

    Va cayendo la noche: La bruma
    ha bajado a los montes el cielo:
    Una lluvia menuda y monótona
    humedece los árboles secos.
    El rumor de sus gotas penetra
    hasta el fondo sagrado del pecho,
    donde el alma, dulcísima, esconde
    su perfume de amor y recuerdos.
    ¡Cómo cae la bruma en en alma!
    ¡Qué tristeza de vagos misterios
    en sus nieblas heladas esconden
    esas tardes sin sol ni luceros!
    En las tardes de rosas y brisas
    los dolores se olvidan, riendo,
    y las penas glaciales se ocultan
    tras los ojos radiantes de fuego.
    Cuando el frío desciende a la tierra,
    inundando las frentes de invierno,
    se reflejan las almas marchitas
    a través de los pálidos cuerpos.
    Y hay un algo de pena insondable
    en los ojos sin lumbre del cielo,
    y las largas miradas se pierden
    en la nada sin fe de los sueños.
    La nostalgia, tristísima, arroja
    en las almas su amargo silencio,
    Y los niños se duermen soñando
    con ladrones y lobos hambrientos.
    Los jardines se mueren de frío;
    en sus largos caminos desiertos
    no hay rosales cubiertos de rosas,
    no hay sonrisas, suspiros ni besos.
    ¡Como cae la bruma en el alma
    perfumada de amor y recuerdos!
    ¡Cuantas almas se van de la vida
    estas tardes sin sol ni luceros!

     
    “Nocturno”

    A G. Martínez Sierra

    Aun soñaba en las dulzuras de esta tarde.
    Estoy solo; mis amores están lejos;
    y mi alma que se muere de tristeza,
    de nostalgia y de recuerdos,
    se sumía fatigada
    en la bruma de los sueños.

    Esta tarde han florecido
    los vergeles de los cielos;
    los crepúsculos pasados fueron grises
    cual monótonos crepúsculos de invierno.
    Esta tarde renació la primavera:
    los velados horizontes descubrieron
    sus aldeas indecisas;
    hubo rosas y violetas en lo azul del firmamento,
    hubo magia fabulosa de colores y de esencias;
    fue un crepúsculo de aquellos
    de las dulces primaveras que mi alma
    ve vagar en sus recuerdos.

    En la nada flotó un algo de profundas transparencias
    y los giros de las brisas, un momento
    dibujáronse temblando;
    una onda ensombrecía los misterios
    de la tarde…
    En el cielo religioso
    las estrellas del crepúsculo entreabrieron;
    y mi alma se perdió en la vaga bruma
    de los últimos jardines melancólicos y quietos…

    Aun soñaba en las dulzuras de esta tarde.
    Estoy solo; mis amores están lejos.

    He entreabierto mi balcón:
    por oriente ya la luna va naciendo;
    las fragantes madreselvas
    dan al aire de la noche las unciones de sus frescos
    y balsámicos perfumes;
    están tristes los luceros.
    En mi oído vibra el ritmo de las voces que se aman.
    Me da horror de estar a solas con mi cuerpo…
    El silencio me contagia;
    estoy mudo…, en mis labios no hay acentos…
    Me parece que no hay nadie sobre el mundo,
    Me parece que mi cuerpo
    se agiganta; siento frío, tengo fiebre,
    en la sombra me amenazan mil espectros…

    He sentido que la vida se ha apagado
    sólo viven los latidos de mi pecho:
    es que el mundo está en mi alma;
    las ciudades son ensueños…

    Sólo turba la quietud solemne y honda
    el temblor de los diamantes de los cielos.
    Estoy solo con mi alma
    que se muere de tristeza, de nostalgia y de recuerdos.

    ¿A quién cuento mis pesares?
    Me da miedo de turbar este silencio
    con sollozos. ¡Si escuchara algún suspiro!
    ¡Mis amores están lejos!

    Por los árboles henchidos de negruras
    hay terrores de unos monstruos soñolientos,
    de culebras colosales arrolladas
    y alacranes gigantescos;
    y parece que del fondo de las sendas
    unos hombres enlutados van saliendo…
    Los jardines están llenos de visiones;
    hay visiones en mi alma…, siento frío,
    estoy solo, tengo sueño…
    Los recuerdos se amontonan en mi mente,
    los suavísimos recuerdos
    de las tardes que me dieron sus colores,
    sus esencias y sus besos.
    ¡Son tan dulces esas tardes de la tierra!,
    (¡ah, las tardes de los cielos!)

    Ya la luna amarillenta
    va subiendo.
    Mis pupilas, anegadas por el llanto,
    se han cuajado de luceros.
    Siento frío…¡Quién pudiera
    dormitar eternamente en su ensueño,
    olvidarse de la tierra
    y perderse en lo infinito de los cielos!
    Llega un aire perfumado, caen mis lágrimas;
    estoy solo; mis amores están lejos…

    “Canción de invierno”

    Cantan. Cantan.
    ¿Dónde cantan los pájaros que cantan?

    Ha llovido. Aún las ramas
    están sin hojas nuevas. Cantan. Cantan
    los pájaros. ¿En dónde cantan
    los pájaros que cantan?

    No tengo pájaros en jaulas.
    No hay niños que los vendan. Cantan.
    El valle está muy lejos. Nada…

    Yo no sé dónde cantan
    los pájaros -cantan, cantan-
    los pájaros que cantan.

    “El viaje definitivo”

    Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando;
    y se quedará mi huerto con su verde árbol,
    y con su pozo blanco.

    Todas las tardes el cielo será azul y plácido;
    y tocarán, como esta tarde están tocando,
    las campanas del campanario.

    Se morirán aquellos que me amaron;
    y el pueblo se hará nuevo cada año;
    y en el rincón de aquel mi huerto florido y encalado,
    mi espíritu errará, nostálgico.

    Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
    verde, sin pozo blanco,
    sin cielo azul y plácido…
    Y se quedarán los pájaros cantando.

    “Otoño”

    Esparce octubre, al blando movimiento
    del sur, las hojas áureas y las rojas,
    y, en la caída clara de sus hojas,
    se lleva al infinito el pensamiento.

    Qué noble paz en este alejamiento
    de todo; oh prado bello que deshojas
    tus flores; oh agua fría ya, que mojas
    con tu cristal estremecido el viento!

    ¡Encantamiento de oro! Cárcel pura,
    en que el cuerpo, hecho alma, se enternece,
    echado en el verdor de una colina!

    En una decadencia de hermosura,
    la vida se desnuda, y resplandece
    la excelsitud de su verdad divina.

    “Tal como estabas”

    En el recuerdo estás tal como estabas.
    Mi conciencia ya era esta conciencia,
    pero yo estaba triste, siempre triste,
    porque aún mi presencia no era la semejante
    de esta final conciencia

    Entre aquellos geranios, bajo aquel limón,
    junto a aquel pozo, con aquella niña,
    tu luz estaba allí, dios deseante;
    tú estabas a mi lado,
    dios deseado,
    pero no habías entrado todavía en mí.

    El sol, el azul, el oro eran,
    como la luna y las estrellas,
    tu chispear y tu coloración completa,
    pero yo no podía cogerte con tu esencia,
    la esencia se me iba
    (como la mariposa de la forma)
    porque la forma estaba en mí
    y al correr tras lo otro la dejaba;
    tanto, tan fiel que la llevaba,
    que no me parecía lo que era.

    Y hoy, así, sin yo saber por qué,
    la tengo entera, entera.
    No sé qué día fue ni con qué luz
    vino a un jardín, tal vez, casa, mar, monte,
    y vi que era mi nombre sin mi nombre,
    sin mi sombra, mi nombre,
    el nombre que yo tuve antes de ser
    oculto en este ser que me cansaba,
    porque no era este ser que hoy he fijado
    (que pude no fijar)
    para todo el futuro iluminado
    iluminante,
    dios deseado y deseante.

    “Yo no soy yo”

    Soy este
    que va a mi lado sin yo verlo;
    que, a veces, voy a ver,
    y que, a veces, olvido.
    El que calla, sereno, cuando hablo,
    el que perdona, dulce, cuando odio,
    el que pasea por donde no estoy,
    el que quedará en pié cuando yo muera.

    “Te deshojé como una rosa”

    Te deshojé, como una rosa,
    para verte tu alma,
    y no la vi.

    Mas todo en torno
    –horizontes de tierras y de mares–,
    todo, hasta el infinito,
    se colmó de una esencia
    inmensa y viva.

     ”Lluvia de otoño”

    (Llueve, llueve dulcemente…)

    … El agua lava la yedra;
    rompe el agua verdinegra;
    el agua lava la piedra…
    Y en mi corazón ardiente,
    llueve, llueve dulcemente

    Esté el horizonte triste;
    ¿el paisaje ya no existe?;
    un dia rosa persiste
    en el pálido poniente…
    Llueve, llueve dulcemente.

    Mi frente cae en mi mano
    ¡Ni una mujer, ni un hermano!
    ¡Mi juventud pasa en vano!
    – Mi mano deja mi frente… –
    ¡Llueve, llueve dulcemente!

    ¡Tarde, llueve; tarde, llora;
    que, aunque hubiera un sol de aurora
    no llegará mi hora
    luminosa y floreciente!
    ¡Llueve, llora dulcemente!

    “Remordimiento”

    La tarde será un sueño de colores…
    Tu fantástica risa de oro y plata
    derramará en la gracia de las flores
    su leve y cristalina catarata.

    Tu cuerpo, ya sin mis amantes huellas,
    errará por los grises olivares,
    cuando la brisa mueva las estrellas
    allá sobre la calma de los mares…

    ¡Sí, tú, tú misma…! irás por los caminos
    y el naciente rosado de la luna
    te evocará, subiendo entre los pinos,
    mis tardes de pasión y de fortuna.

    Y mirarás, en pálido embeleso,
    sombras en pena, ronda de martirios,
    allí donde el amor, beso tras beso,
    fue como un agua plácida entre lirios…

    ¡Agua, beso que no dejó una gota
    para el retorno de la primavera;
    música sin sentido, seca y rota;
    pájaro muerto en lírica pradera!

    ¡Te sentirás, tal vez, dulce, transida,
    y verás, al pasar, en un abismo
    al que pobló las frondas de tu vida
    de flores de ilusión y de lirismo!

     ”Nostalgia

    Al fin nos hallaremos. Las temblorosas manos
    apretarán, suaves, la dicha conseguida,
    por un sendero solo, muy lejos de los vanos
    cuidados que ahora inquietan la fe de nuestra vida.

    Las ramas de los sauces mojados y amarillos
    nos rozarán las frentes. En la arena perlada,
    verbenas llenas de agua, de cálices sencillos,
    ornarán la indolente paz de nuestra pisada.

    Mi brazo rodeará tu mimosa cintura,
    tú dejarás caer en mi hombro tu cabeza,
    ¡y el ideal vendrá entre la tarde pura,
    a envolver nuestro amor en su eterna belleza!

    “El poeta a caballo”

    ¡Qué tranquilidad violeta,
    por el sendero, a la tarde!
    A caballo va el poeta…
    ¡Qué tranquilidad violeta!

    La dulce brisa del río,
    olorosa a junco y agua,
    le refresca el señorío…
    La brisa leve del río…

    A caballo va el poeta…
    ¡Qué tranquilidad violeta!

    Y el corazón se le pierde,
    doliente y embalsamado,
    en la madreselva verde…
    Y el corazón se le pierde…

    A caballo va el poeta…
    ¡Qué tranquilidad violeta!

    Se esté la orilla dorando…
    El último pensamiento
    del sol la deja soñando…
    Se está la orilla dorando…

    ¡Qué tranquilidad violeta,
    por el sendero, a la tarde!
    A caballo va el poeta…
    ¡Qué tranquilidad violeta!

    Juan Ramón Jimenez

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    This entry was posted on Miércoles, diciembre 23rd, 2009 at 0:00 and is filed under Efemerides, Poesia. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.
  • 2 Comments

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    1. Posted on diciembre 23rd

      Hola Triana..

      Buenos días, paso a darte un gran besote y desearte a ti y los tuyos unas muy entrañables navidades y un estelar 2010..

      Pásalo estelar niña .. feliz día

    2. Posted on diciembre 23rd

      Muchas gracias Balo, igual para ti.
      Feliz Navidad.

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