Luis Cernuda es uno de mis poetas imprescindibles y el autor de una de las obras poéticas que más veces quizá he leído, pasear por las paginas de “Ocnos” es como pasear por las calles y plazas de mi Sevilla amada, tan amada como así mismo la amó el poeta que murió muy lejos de ella, el 5 de Noviembre de 1963 en el D. F. de México.
Siempre presente en mi vida, como todos los de su generación, la del 27.
Hay varias entradas en este blog con Luis Cernuda como protagonista:
“Luis Cernuda “Ocnos su Sevilla”"
“La Universidad. Luis Cernuda en Ocnos”
“Luis Cernuda, nació el 21 de septiembe de 1902″
Dos capitulos de “Ocnos” y un poema de “Las nubes”
“El vicio”
“Camino del colegio, por aquella calle de casas señoriales, a través de cuyo zaguán se entreveía en el patio anchuroso, entre la blancura del mármol, verde, fina, solitaria, una palma, cierta casa de persianas siempre corridas y cancela cerrada por un portón, conventual y enigmática, me intrigaba. ¿Qué familia, qué comunidad recatada podía habitarla? Jamás, en mis diarias idas y venidas por delante de ella, pude ver un balcón abierto, y rara vez el verdulero detenía allí su borriquillo para pasar a través de una reja, la celosía apenas entreabierta, su fresca y brillante mercancía de tomates, pepinos y lechugas.
Una mañana de invierno, camino yo del colegio más temprano, roja aún la luz eléctrica en algún cristal, luchando con el vago amanecer, al cruzar aquella calle vi parado un coche ante la casa; un coche de punto, viejo y maltratado, echada la capota, y el cochero de pañolillo blanco anudado al cuello, gorra de hule ladeada en la cabeza y una pierna sobre la otra en actitud jacarandosa, como quien espera. Por la acera, una mujer alta vestida de amarillo, el abrigo de piel derribado sobre un hombro, paseaba dando voces coléricas junto a la puerta de la casa, al fin abierta.
Un temor infantil me impidió pasar junto a ella, y desde la otra acera vi su cara pálida y deslucida, cubierta de pesados afeites, el pelo estoposo teñido, negreando a ambos lados de la raya que lo dividía sobre la frente, terrible y risible, con algo de muñeca flácida cuyo relleno se desinfla. Por la cancela abierta de la casa venía un relente de perfume rancio, de vicio que la ley pasa por alto y ante el cual la religión cierra los ojos. El cochero, en su pescante, reía de los gritos de la mujer, y recostado de mala gana en el quicio de la puerta, un policía contemplaba abstraído y soñoliento”
De “Ocnos”
“El tiempo”
Llega un momento en la vida cuando el tiempo nos alcanza. (No sé si expreso esto bien.) Quiero decir que a partir de tal edad nos vemos sujetos al tiempo y obligados a contar con él, como si alguna colérica visión con espada centelleante nos arrojara del paraíso primero, donde todo hombre ha vivido una vez libre del aguijón de la muerte. ¡Años de niñez en que el tiempo no existe! Un día, unas horas son entonces cifra de la eternidad. ¿Cuántos siglos caben en las horas de un niño?
Recuerdo aquel rincón del patio en la casa natal, yo a solas y sentado en el primer peldaño de la escalera de mármol. La vela estaba echada, sumiendo el ambiente en una fresca penumbra, y sobre la lona, por donde se filtraba tamizada la luz del mediodía, una estrella destacaba sus seis puntas de paño rojo. Subían hasta los balcones abiertos, por el hueco del patio, las hojas anchas de las latanias, de un verde oscuro y brillante, y abajo, en torno de la fuente, agrupadas, las matas floridas de adelfas y azaleas. Sonaba el agua al caer con un ritmo igual, adormecedor, y allá en el fondo del agua unos peces escarlata nadaban con inquieto movimiento, centelleando sus escamas en un relámpago de oro. Disuelta en el ambiente había una languidez que lentamente iba invadiendo mi cuerpo.
Allí, en el absoluto silencio estival, subrayado por el rumor del agua, los ojos abiertos a una clara penumbra que realzaba la vida misteriosa de las cosas, he visto cómo las horas quedaban inmóviles, suspensas en el aire, tal la nube que oculta un dios, puras y aéreas, sin pasar”
En “Ocnos”
De: “Las nubes” (1937-1940)
Lamento y esperanza
Soñábamos algunos cuando niños, caídos
En una vasta hora de ocio solitario
Bajo la lámpara, ante las estampas de un libro,
Con la revolución. Y vimos su ala fúlgida
Plegar como una mies los cuerpos poderosos.
Jóvenes luego, el sueño quedó lejos
De un mundo donde desorden e injusticia,
Hinchando oscuramente la ávidas ciudades,
Se alzaban hasta el aire absorto de los campos.
Y en la revolución pensábamos: un mar
Cuya ira azul tragase tanta fría miseria.
El hombre es una nube de la que el sueño es viento.
¿Quién podrá al pensamiento separarlo del sueño?
Sabedlo bien vosotros, los que envidiéis mañana
En la calma este soplo de muerte que nos lleva
Pisando entre ruinas un fango con rocío de sangre.
Un continente de mercaderes y de histriones,
Al acecho de este loco país, está esperando
Que vencido se hunda, solo ante su destino,
Para arrancar jirones de su esplendor antiguo.
Le alienta únicamente su propia gran historia dolorida.
Si con el dolor el alma se ha templado, es invencible;
Pero, como el amor, debe el dolor ser mudo:
No lo digáis, sufridlo en esperanza. Así este pueblo iluso
Agonizará antes, presa ya de la muerte,
Y vedle luego abierto, rosa eterna en los mares.”
Luis Cernuda
Etiquetas: Efemerides, Poesia, Poetas andaluces





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